Se encuentra usted aquí

Angie Sanclemente, la reina prófuga

Angie Sanclemente Valencia es la ex reina del Café que terminó sindicada en Argentina de manejar una red de mulas del narcotráfico y que hoy huye de las autoridades.

Pasan los días y los detectives argentinos no logran dar con ella. “Es como si se la hubiese tragado la tierra”, se quejan. A ciencia cierta, ni siquiera saben si todavía está en el país. Hace casi tres meses la modelo bogotana está prófuga.

Por segunda vez en su vida, Angie Jeaneth Sanclemente Valencia consigue ser famosa por la imbatible combinación de belleza y escándalo que parece ser su marca registrada. Diez años han pasado desde su primer salto a la fama, cuando en el año 2000 obtuvo el Reinado Nacional del Café en Calarcá y a las 48 horas fue destronada por ocultar que había estado casada. Para entonces ya había pasado por cuanto reinado se le atravesara: Chica Med, Niña Bogotá, Rostro Más Lindo, Miss Tanga… En estos días se la acusa de algo bastante más grave. La justicia argentina cree que es el cerebro de una organización criminal que reclutaba jóvenes lindas para contrabandear desde Buenos Aires maletas repletas de paquetes de cocaína con destino a Cancún, México.

Esta vez la repercusión que obtuvo la muchacha excedió ampliamente las fronteras colombianas. La apodaron “la reina narco-hot” y en todos los rincones del globo su historia (y su figura, claro) generaron un interés inusitado. Ella ya lo sabe, y lo dijo cuando perdió la corona en Calarcá: los traspiés pueden implicar una oportunidad.

“Paciencia. El baile de los malentendidos recién empieza. La vida pública es ferocidad pura”, aconsejó premonitoriamente a la madre de la muchacha el poeta Eduardo Escobar en una mordaz crónica que publicó hace una década en CROMOS, después del episodio con el que concluyó el fugaz reinado del Café. La recomendación cobra plena vigencia.

Jeaneth Valencia ha salido –una vez más– a defender la inocencia de su hija y a quejarse del amarillismo de los medios. En un reportaje que concedió en su humilde vivienda a Nadia Nájera Ricardo, de El Heraldo, la sufrida mujer denunció “un montaje” contra Angie y dijo que la estaban estigmatizando por colombiana. Pese a su escasez de recursos, anunció que juntará dinero para venir a Argentina y aclarar el asunto ante la justicia.

“Estoy dispuesto a recibirla con mucho gusto”, dijo el juez en lo Penal Económico Marcelo Aguinsky, un letrado con años de experiencia en investigaciones sobre narcotráfico. “La señora tiene que saber que no estamos prejuzgando a la imputada por su nacionalidad ni por ningún otro motivo –explicó–. Hay varios testimonios que indican con firmeza que ella estaba presente en la habitación en donde se planificaban los envíos de droga y que tenía un rol importante en la organización.” La duda es la misma en todas partes: ¿Cómo la niña que a comienzos del milenio soñaba con ser reina de belleza y conductora de televisión llegó a ser una fugitiva?

Con base en los testimonios de los detenidos y de sus propias pesquisas, los detectives han logrado armar el cuadro completo. El hilo de la madeja comenzó a desenredarse el 13 de diciembre, cuando una rubia de 21 años, de buenas curvas, llamada María, fue detenida en el aeropuerto de Ezeiza con 55 kilos de cocaína entre la maleta, que debía llevar a Cancún. Iba vestida con pantalones blancos, tacones altos y una camisa a rayas que hacía que las miradas no se concentraran en su equipaje. De todos modos, ella ni tocaba la valija. Su acompañante la depositaría en el mostrador y en el aeropuerto de Cancún alguien la recogería para embarcarla a Europa o Estados Unidos. La muchacha sólo tenía que viajar en primera clase, alojarse en un hotel cinco estrellas en la Riviera Maya, conocer a personajes del mundo narco mexicano y finalmente regresar a Buenos Aires como si nada. Le daban 1.000 dólares antes de ir y otros 4.000 al regresar. Pero algo salió mal.

Cuando estaba por embarcar la llamaron del mostrador de Mexicana de Aviación. “Hay un problema con su equipaje”, le dijeron los agentes de la Policía de Seguridad Aeroportuaria. Ni siquiera se había tomado la molestia de camuflar el cargamento, lo que hace suponer que la banda de traficantes tenía un arreglo con alguien en el aeropuerto internacional de Ezeiza. Algún contacto garantizó algo que no pudo o no quiso cumplir. La muchacha quedó detenida. Desesperada, decidió acogerse a la figura de testigo protegida y declaró todo lo que sabía. Luego quedó en libertad condicional.

El juez Aguinsky decidió allanar esa misma noche un apartamento, en donde se detuvo a tres presuntos traficantes. Antes de ser atrapados, buscaron escapar tirándose por el balcón. El joven Ariel L., también modelo, resultó con varias fracturas. Desde una camilla en un hospital público aceptó hablar.

Pronto, las declaraciones apuntaron hacia una sola cabeza. Los detenidos confesaron que la operación era dirigida por una colombiana de curvas prominentes que iba acompañada por un pequeño y coqueto perrito pomerania blanco. Los investigadores averiguaron quiénes habían entrado al país en el último tiempo registrando a una mascota de esas características. Dieron con el siguiente nombre: Angie Sanselmente Valencia. Luego se supo que en realidad su apellido paterno había sido anotado con un ligero error que subsanaron cuando las autoridades argentinas se contactaron con sus pares colombianos. Cuando la policía federal trató de buscarla en el hotel donde se alojaba, no encontró ni un rastro.

La modelo había ingresado a Buenos Aires el 8 de diciembre, enamorada de Nicolás G., un joven marplatense siete años menor, de ojos color verde y muy apuesto. Juntos, dicen las autoridades, pensaban traficar cotidianamente droga a México en maletas. Pero no pensaban hacerlo ellos en persona, sino reclutando mulas que debían de ser jóvenes, sensuales y discretas. Nicolás fue detenido junto con su tío en el penal porteño de Villa Devoto, pero el muchacho se mantiene en silencio.

La princesa de la cirugía

Quienes la frecuentaron en su última etapa, cuando era formalmente una modelo en México, recuerdan a Angie como una mujer ambiciosa, que le gusta el buen vivir, las fiestas y lucir bien; alguien que no duda en operarse para perfeccionar su aspecto y a la que le fascina que la miren, fotografíen y deseen; una muchacha irresistible que no pasa desapercibida; una geminiana avasallante llena de proyectos; calculadora, pero con mucho amor para dar. Su debilidad son los animales: le encantan los delfines, los monos, pero por sobre todas las cosas, los perros. Ese resultó su talón de Aquiles.

Para quienes la recuerdan de la época en la que fue efímera reina del Café, la mujer está irreconocible. Casi todo su cuerpo pasó por el quirófano. Busto, caderas, nariz, pómulos y labios… prácticamente no quedó ni un centímetro de piel sin ser retocado con siliconas y botox. No usa más lentes de contacto azules con los que lloró cuando descubrieron que había estado casada. Aprendió que sus ojos naturales color café son mucho más atractivos. Eso sí, se aclaró el pelo y cambió su peinado. Su sensualidad permanece intacta.

La ambición y la belleza siempre han sido su fuerte. Nació el 25 de mayo de 1979 en Bogotá, fruto de una relación entre Jeaneth Valencia y Ramiro Sanclemente, un funcionario gubernamental que las abandonó. A los diez años se mudó con su madre a Barranquilla. Allí –dice la mamá– les era más fácil vender las sandalias que ella misma confeccionaba. Si bien nunca pasaron hambre, las cosas no resultaron fáciles para las dos mujeres. La belleza de la hija podía ser un atajo para salir de la pobreza. Ya de niña quería ser reina. Y la mamá la acolitaba. Ni bien se hizo mujer, comenzó a hechizar a sus compañeros de clase y se puso a estudiar para ser modelo. Su sueño era ser como Natalia París. Años más tarde, se convirtió en vendedora de accesorios de automóviles. Pese a ser tímida, sus encantos le ayudaban a mejorar las ventas.

En esas andaba cuando conoció a un muchacho de alcurnia, Alejandro Velásquez Rasch, el primer hombre que la ayudó en lo sentimental y en lo económico. Le puso un local de venta de ropas y pagó sus estudios de comunicación social para que cumpliera el proyecto de ser conductora de un programa de televisión. Al cabo de tres años de noviazgo, se casaron. Duró poco: a los tres meses se separaron. Despechada, se dedicó de lleno al modelaje. Decidió agrandarse los senos y volvió a su Bogotá natal, dispuesta a todo. Lo que pasó es conocido por los lectores de esta revista: ganó el reinado y la destronaron al descubrir que había estado casada.

Después de esta fama fugaz, decidió tomar otros rumbos. Tres años más tarde aparecería mostrando sus atributos en una página web que promociona a mujeres latinas como acompañantes para hombres anglosajones. Se veía despampante. Con la intención de insertarse en un plano internacional, se mudó al D. F.

Tiempo de fiesta

Los años mexicanos fueron vertiginosos. Vivía en un apartamento en Polanco, uno de los barrios más elegantes, donde solía tener apasionados encuentros sexuales con un joven modelo llamado Matías D. Al menos eso es lo que dice él: “Éramos muy amigos, nos gustamos y estuvimos varias veces juntos”, dijo. Y tuvo una vida profesional que coronó con unas fotos en el número de agosto de 2007 de H Extremo, una revista erótica mexicana. A Angie se la veía más en las discotecas, siempre rodeada de sus múltiples amistades. Manejaba un New Beetle y un Peugeot 307. Le encantaba comer en los lugares más caros y los relojes costosos. Angie era un tornado. Le encantaba que la miraran cuando llegaba y cuando salía. En pocas palabras, le fascinaba hacerse notar.

Por esos años, la bogotana descubrió el mundo. Tuvo oportunidad de departir íntimamente con personas de múltiples nacionalidades. Pese a la frivolidad del mundo del modelaje, siempre cultivó su lado espiritual. Su madre es cristiana pero ella prefiere adorar a la Santa Muerte, una figura típica de la religiosidad mexicana. Incluso, dicen que carga un colgante de oro con la imagen de la Parca.

En las páginas sociales de internet, Angie ha dejado plasmado sus gustos, tan heterogéneos como su personalidad. Dice que habla español, inglés y hebreo, que le encantan Paulo Coelho, García Márquez, Patrick Süskind y Pablo Neruda. También que le gusta el jazz, Juanes, Bryan Adams y Miguel Bosé, y que su objetivo existencial es “vivir la vida a plenitud, ejercer la misión que me fue impuesta y dar muchísimo amor a todo el mundo”.

En México ha viajado asiduamente a Acapulco y Playa del Carmen, siempre alojándose en los mejores hoteles, moviéndose en los mejores autos y usando la ropa más cara. Las autoridades piensan que en una de las tantas noches de parranda conoció a Eduardo, al que apodan ‘El Flaco’ o ‘El Monstruo’, un colombiano delgado y de cara rara del que se sospecha sus vínculos con el narcotráfico y que, dicen, la sedujo con base en regalos caros. “Es un hombre muy bueno”, lo defendía Angie de sus amistades, a quienes nos les gustaba demasiado su pareja. Al principio, era una relación libre. Hasta que él quiso poseerla por completo y se casaron en 2008. Nuevamente, su matrimonio duró poco. Finalmente se ennovió con Nicolás G., su segundo amante de las pampas, quien se niega a hablar sobre ella desde la cárcel.

El desenlace de esta cinematográfica historia todavía está por escribirse. Mientras las autoridades argentinas la buscan como aguja en un pajar, su madre en Barranquilla insiste en que Angie es totalmente inocente. Incluso las autoridades colombianas apenas saben del caso por la solicitud que hizo la Interpol argentina de confirmar su identidad. De resto, Angie Sanclemente no es requerida en su país por ningún motivo. Sea como fuere, ahora anda escondida. Una ironía terrible para alguien que siempre ha vivido de aparecer entre el público.

Publicidad

Publicidad

Publicidad