Margarita Rosa de Francisco se quitó el karma de la belleza

Viernes 10 de septiembre de 2010

La actriz quiere dejar atrás las sombras de La Mencha y de Gaviota para mostrar en el teatro sus propias emociones. Ya no quiere ser esclava de su propia imagen.

22

Compartido
Compartir:

Contenidos Relacionados

Ya entendí lo que es un mánager: una persona que hace complejo lo simple. Bueno, la verdad, ya lo sabía, pero no lo había experimentado en carne propia. No los culpo. Al fin de cuentas su oficio es hacer intocable al artista, imaginarse sus problemas, adelantarse a ellos para que su protegido ni siquiera los presienta, decirle a su jefe lo que tiene que hacer como si él fuera el jefe, intuir el estado de ánimo de su cliente, ser el aviso de alerta que grita en neón rojo ¡Cuidado! Artista en reposo. ¡Despacio! Bella en la vía. ¡Alerta! Genio nervioso. Ser, en últimas, la avanzada que hace las preguntas, la sombra que desconfía de todo. Así que su verbo es dudar: del fotógrafo, del lugar de la cita, del maquillador, del aire, de la luz, de todo. Pero si por teléfono son incómodos, frente a frente son sólo atenciones, llega uno a pensar que no son la misma persona.

Ahí está, con una sonrisa eterna mientras habla con uno, habla por el celular, habla con la del servicio, que un tinto para la visita, que Margarita ya llega, que fotógrafo para la entrevista tal vez no, que mejor sólo con la sesión fotográfica para la portada, que ponte cómodo, que tal vez no poner la cámara de video, pero que de pronto sí, que ese maquillaje no me gusta, que estamos listos para la entrevista, que hablen tranquilos, que yo me siento a prudente distancia –con la naturalidad del que llega a su propio palco para no perderse un detalle del espectáculo–. Silencio. Se percibe en el aire ese nerviosismo que siente en la infancia el que saca a bailar a una niña frente al sofá repleto de papás. Pero con una ventaja y es que la niña se llama Margarita Rosa de Francisco, y tiene unos ojos a veces verdes, a veces azules, que hacen olvidar hasta a un condenado que su silla es eléctrica. Bastan unas palabras para bajar la persiana y dejar por fuera al resto del mundo. Estamos a solas.

A medida que habla y sonríe caen como porcelanas sus sombras de la Señorita Valle, la Niña Mencha y Gaviota, y sólo queda intacta la propia, la de la mujer caleña que no se quita ni uno de sus 45 años, la que prefiere vestirse de negro, la que le echa sal hasta a la sandía, la “bloguera” empedernida, la hija de Merceditas, la que dice que no le da miedo envejecer pero en el fondo le duele, la que ahora quiere mostrar sus emociones en su propio monólogo teatral. La que de vez en cuando le gusta esconderse. La que vive dentro, muy adentro de ella.

Para Sofía Loren sex-appeal es un cincuenta por ciento lo que tiene una mujer y el otro cincuenta por ciento lo que las demás personas creen que tiene. ¿Usted cómo lo define?

Yo siempre he creído que tiene que ver con una comodidad que la mujer siente dentro de su propio cuerpo. Y si se siente cómoda necesariamente es sexy al ciento por ciento.

¿Qué quería ser cuando pequeña?

Quería ser cantante y quería ser actriz. Primero quería ser cantante porque crecí oyendo cantar a mi papá en las fiestas en mi casa, y hacía muchas, hasta que se me pegó también ese amorío con la música.

¿Cómo quién quería ser?

Elis Regina fue, digamos, mi primera fantasía. Me parecía tan grandiosa esa mujer, tan grandiosa su voz, su modo de cantar, que yo decía ‘bueno, me encantaría ser como esta mujer’. Ahora, lo de la actuación se me iba dando sin darme mucha cuenta, entonces también veía que ser actriz o que actuar se me daba, yo no sé si fácil pero como muy naturalmente.

¿Y lo del ballet no iba en serio?

Me metí a clases de ballet clásico en el Conservatorio, con mucha disciplina y con profesores rusos y cubanos.

¿Qué edad tenía?

Estaba tarde para entrar, 13 años, pero como tenía un cuerpecito así como un lapicito, me dijeron: “Está tarde pero ella tiene un cuerpo de niña de 10 años, así que entra”. Entonces empiezo a ver que los horarios son muy severos, muy intensos, y no sé qué pasó, pero la columna se me torció. Los médicos dicen que crecí muy rápido en un período muy corto y como que la columna no aguantó y a los 16 años tuvieron que operarme. El ballet me duró tres años.

¿Le gusta mirar hacia atrás?

Hummm, me gusta cuando recuerdo momentos que me inspiran.

¿Su juventud en Cali la inspira?

Sí, total, además creo que A solas tiene que ver mucho con esa mirada hacia atrás, está compuesta de muchos momentos del pasado que han construido a Margarita Rosa como actriz y como persona.

La escritora Emily Dickinson dice que “el remordimiento es el pasado sentado frente al alma e iluminado con un simple fósforo”. ¿Siente remordimiento de algo?

¡Qué buena definición! No, no siento remordimiento, pero arrepentimiento sí. Me arrepiento de muchos momentos de mi vida que creo que no me merecía. No tengo, afortunadamente, ningún resentimiento contra nadie, pero sí momentos en que me he dejado faltar al respeto, momentos en los que no he dicho lo que yo siento en el instante preciso, momentos en que he dejado que otras personas invadan mis espacios. De eso sí me arrepiento.

¿Y ese arrepentimiento tiene algo que ver con su época de reina y de modelo? ¿Ese tiempo lo habría querido gastar en otra cosa?

No, hoy en día los pasos que yo he dado en la historia de mi carrera han sido los necesarios. Lógicamente, hay unos pasos que traen ciertas frustraciones y otros momentos no tan buenos, pero es que eso es lo que finalmente le ayuda a uno a dar la siguiente vuelta, a madurar, no hay otra forma de hacerlo y creo que había que pasar por eso.

En los 80 pasaron muchas cosas en su vida, todas muy mediáticas: fue modelo, reina, protagonista de una novela y de un matrimonio de cuento de hadas con Carlos Vives, fue presentadora de noticias y fue Juanita en Los pecados de Inés de Hinojosa. ¿En ese entonces le gustaba todo eso?

Pues me gustaba porque se me daba naturalmente. Me gustaba que la vida me iba ofreciendo oportunidades de algo que para mí era un juego, pero cuando ya empieza eso a demandar una responsabilidad y, como tú dices, un movimiento mediático fuerte, ahí comienza a no gustarme. Soy una persona de por sí tímida y ahí hice cosas en contra de mi voluntad.

Era esclava de su propia imagen.

Fuera de eso estaba obligada a rendirle cuentas a una cantidad de gente que no tenía nada que ver conmigo. Entonces a la gente también le dio por decir durante larguísimo tiempo que yo estaba muy triste, y yo tenía que responder siempre preguntas con respecto a eso. El hecho de estar apareciendo constantemente en los medios me obligaba a hacer eso… Sufría el éxito que tenía, y mucho. Por ejemplo, Gaviota era algo maravilloso que estaba pasando en mi vida profesional, pero por dentro era una cosa muy desesperante, no me sentía bien.

¿Cuándo se cansó del tema?

Cuando pasa lo de Café con aroma de mujer, porque incluso la canción, cuando la grabé era solamente para el cabezote de la telenovela, yo jamás pensé que eso iba a ser un disco y que después iba tener que ir a conciertos y a otras cosas. Yo quería ser cantante pero esta no era la forma que me había imaginado. Entonces, Gaviota era un personaje con un éxito tremendo, pero Margarita, lo que yo era, estaba detrás de todo. Ahí me empecé a marear.

¿Y cuándo llega el ¡basta!?

Ahí me demoré un poquito porque luego hice otras cosas, pero finalmente lo dije y lo hice porque estuve en la Universidad estudiando música y me escondí bastante.

¿Le gusta esconderse?

Sí, me gusta, claro, hay que hacerlo, y en este caso mucho más.

Pero si le molestaba tanto, ¿por qué terminó haciendo lo que no quería hacer: por dinero, por vanidad, por inercia, por exceso de juventud? ¿Por qué?

Lo que pasa es que sí lo disfrutaba, pero a la vez era como un momento muy contradictorio para mí. Tenía un reconocimiento grande pero, por lo menos en la parte musical, con una música que no me pertenecía, que le pertenecía a un personaje. Tenía que seguir metido en ese personaje mucho más tiempo del que había imaginado. Esta es la hora en que todavía Gaviota es una sombra increíble, zafarse de eso es imposible.

¿Pero, entonces, por qué lo hacía? ¿Ganaba bien?

Sí, claro, muy bien, eso también tiene mucho que ver. Pero cuando tú dices “inercia” yo se lo atribuiría un poco más a eso, que es como cuando uno va metido en una cabalgata y sólo después que se va muy rápido, pero muy rápido, es que uno dice ‘¡Dios mío, y esto cuándo es que va a parar!’.

¿Y paró?

Sólo después de un proceso muy largo, de asumir las cosas que he escrito, de estar en paz ya conmigo misma. Estoy en un momento mucho más sólido como persona y como profesional, y eso me tomó como unos 20 años. Ahora digo: ‘voy a hacer teatro, voy a ir a hablar de mí, no para que la gente conozca lo que sale en las revistas, ahora yo voy a decir un poco lo que soy, voy a regalarles unas cosas que he escrito’.

¿Ahora sí realmente se siente a solas, como en su obra de teatro, con autonomía en su propio mundo?

Creo que A solas tiene que ver con esa palabra que me gusta bastante y que has usado: “autonomía”. Ahora tengo la autonomía de mi vida, de mis pensamientos, de mis emociones y he decidido mostrarlas.

Bueno, pero en esa montaña rusa mediática de la que estamos hablando, mientras todo esto pasaba, ¿dónde andaba la otra Margarita Rosa, la introvertida, la reflexiva, la silenciosa? ¿Dónde?

Peleando y muy angustiada.

¿Peleando con usted misma?

Sí, porque necesitaba ese mundo muy privado que no podía tener porque me encontraba muy a contrapelo.

¿Tiene claro el momento en que su vida le reclama que tiene que ser más discreta?

El primer campanazo se produce con mi separación de Carlos Vives. Ahí cometimos el error de dejar meter mucho a los medios y a la prensa en nuestra vida. Yo creo que desde ahí empiezo a ver que era un monstruo berraco de manejar. Y empiezo a echar de para atrás, como a tratar de no querer trabajar.

Pero terminó trabajando.

No me acuerdo qué vino después de Café. Vino Hombres, vino La madre. Fíjate que con La madre, por ejemplo, en vez de irme a esconder a la casa, me escondí en un personaje completamente introspectivo, un personaje que no debía aparecer hermoso en la pantalla. Eso también me ayudó.

En La madre usted pasó de ser un objeto de deseo a algo así como su negación, como si hubiera decidido dejar de encantar por su apariencia. ¿Fue a propósito?

Sí, claro, esto fue una decisión muy importante en mi carrera. Acababa de salir de Hombres completamente extenuada, no quería nada. Pero cuando me ofrecen este personaje, de pronto Clara María Ochoa me dice: “Valdría la pena que usted volteara 180 grados”. Y lo hice. Y ni siquiera he querido ser mamá, nunca. Tenía en ese momento 32 años y más lejana del personaje no podía estar.

¿Se quitó de encima el karma de la belleza?

Exacto, el karma de la bonita es complicado. Entonces no tenía que estar mirándome al espejo; me miraba la maquilladora para resaltar las cosas que me hacía para envejecerme, ese era un alivio muy grande, delicioso.

¿Y esa temporada de fea cuánto le dura?

Hice La madre como nueve meses, entonces me cansé de estar fea y me dije: ‘Ahora sí quiero estar bonita y ser bien pizpireta y bien chévere; entonces después de eso vino La Caponera, muy coqueta. Lo que digo es que la belleza tiene que ser una opción. Bacano estar bonita de pronto y de pronto no.

Pero la belleza todavía le preocupa.

No te lo voy a negar. Yo soy fanática del ejercicio, entreno como una burra y soy obsesiva con la alimentación, con estar flaca, con estar así marcadita, mis cremitas, mis pastillas, mis pepas de vitaminas y minerales. Claro que yo quiero estar joven, pero la edad que tengo, esa sí no la puedo negar.

La sabiduría es quitarse cosas. ¿Qué otras cosas le hace falta quitarse?

La preocupación por agradar, la preocupación de ser maravillosa para la gente. Creo que lo que también me falta quitarme es esto que quiero enfrentar ahora en el teatro, porque es un poco como una piedra en el zapato, como que yo siempre le he huido a todo lo que tenga que ser en directo y en vivo. Me falta quitarme ese miedo.

¿Es una mujer de miedos?

Sí, claro, de muchos, sí, sí, sí. El miedo a los sitios cerrados no se me ha quitado todavía. Me he curado el miedo a la altura, miedo al avión, ése ya lo superé; a estar en un espacio muy abierto, a estar entre mucha gente, ya no me importa; a envejecer, ese ya se me pasó. Mis miedos son más existenciales.

Hay una generación de creadores caleños en el cine y la televisión que marcó huella no sólo por su trabajo sino por sus excesos y terminaron pagando la cuenta. ¿Usted alcanzó a vivir algo de eso?

Alcancé a vivir a Carlos Mayolo, digamos que fue el único de todo ese tinglado que realmente conocí de cerca.

¿Ha sido una mujer de excesos?

Esa es una pregunta obligada, como la de la depresión y la melancolía. Digamos que fui rumbera en un momento, pero ni siquiera la más, al lado de todo lo que se estaba viviendo. La fama de drogadicta pues no sé de dónde me la he podido ganar. No tengo ni idea, ni me importa porque hoy en día mi vida es tan diferente...

¿Hay algún tema del que le guste hablar que sea como un vicio?

Sí, se podría decir que sí, todo lo que tenga que ver con ejercicio, con entrenamiento, con alimentación, me gusta todo lo que tenga que ver con la existencia, con toda esa cosa filosófica.

¿Y el fútbol no es un tema obligado?

Pero el fútbol cuando ocurre el Mundial, me vuelvo la más fanática, me puedo ver todos los partidos. Cada cuatro años yo estoy ahí pendiente.

¿Cuál era su favorito?

Brasil.

¿Y qué pasó?

Nada, se nos fue la pimienta.

¿Entre Cristiano Ronaldo, Kaká y Messi, con quién se queda? ¿O prefiere a otros?

Espérate, cómo es que se llamaba este… un brasileño, el que hacía los goles, Luis Fabiano, y este puntero que organizaba todas las jugadas, Robinho.

¿Cómo se aficionó al tema de fútbol?

Más que todo por mi hermano Martín, porque cuando comenta de futbol él hace poesía con eso, él utiliza unas palabras divinas y narra esos partidos como si fueran batallas épicas.

Hablemos de las palabras. ¿Una mujer desbocada o muy contenida a la hora de hablar?

Moderada, diría yo, hay días que estoy más locuaz, que la tengo así viva y hablo, hablo, hablo, y otras veces que no. Me gusta tratar de hablar bien el español. Me encantan las conversaciones gruesas.

¿Qué tema es un tema grueso?

El tema de las emociones, de las relaciones humanas, de la psicología.

Debió estudiar psicología.

He podido, pero es que hice psicoanálisis muchos años.

¿Pero de qué lado?

Del que se acuesta en el diván.

La que pagaba.

Años, años y años de diván.

¿Y eso para qué le sirvió?

Para organizar el pensamiento, para saber y reconocer que las cosas pasan es dentro de uno y no por fuera culpando o al tiempo o a la gente o al trancón.

¿Y por qué dejó el diván?

Llega un momento en que necesito el componente espiritual. Yo soy una persona muy mental y creo francamente que la percepción no termina en el cuerpo. Hay más formas de percibir, entonces el psicoanálisis no se mete con eso, con la parte espiritual, la parte del alma, la otra conexión. Yo no recomendaría el psicoanálisis.

¿Cree en Dios?

No me ha quedado más remedio. En Dios no hay que creer, hay que experimentarlo.

¿Por qué?

Porque a veces como que la mente es puro ego ¿no?, y el ego cree que él se maneja solo, que él se inventó solo; y cuando se enfrenta a retos muy pero muy grandes, no alcanza el ego, hay que ir allá arriba a una instancia más amplia, más grande, hay que agachar la cabeza y decir: ‘ahora sí, hermano Dios, ayúdame’.

¿Huele las cosas?

No.

¿La afecta el ruido?

No lo soporto. Nací con un oído sensible.

¿Su sentido más desarrollado?

Me encanta el gusto, probar me gusta, me puedo quedar comiendo una cosa así, sin hambre, encarretada con las texturas y los sabores de algo.

Un sabor que le guste mucho.

El chocolate, me gusta mucho, el oscuro, y ahora que vienen con ají y con un poco de sal al final, me encanta.

Y un sabor no dulce que la enloquezca.

El del ají picante. Me encanta que me arda todo y llorar cuando como ají. ¡Ahhh! me gusta combinar azúcar con sal en el mismo plato, es muy caleño, a todas las frutas les hecho sal, incluso a la sandía… Claro que con esta alimentación nueva que tengo pues hay días que como mucha sal y otros que no.

¿Cómo es esa alimentación nueva?

Muchas proteína, vegetales, y cuando estoy comiendo carbohidratos, no les mezclo grasa. Y todo esto es para estar así como si hubieran aspirado la grasa del cuerpo, así (pasa la mano por su abdomen plano) y quedar solo con el musculito ahí bacano.

¿Es su manera de reteñirse en esta vida, como un dibujo?

No, yo siento que es como una lucha contra una pared que se va a derrumbar tarde o temprano, que son los años que vienen. Hay cosas que se le van cayendo a uno, y uno empieza a tener esa pared como pueda.

En un día perfecto, en un día ideal, ¿qué no puede faltar?

Un desayuno grandísimo. Si es un desayuno de domingo pues un omelette de claras o puerros y champiñones y pimienta, unos panes de amaranto, con un sabor anisado raro, y otros con un poquito de guayaba, mi tinto y mi jugo de naranja. Ese desayuno no lo cambio por nada.

¿Guarda fotos de lo que ha hecho en la vida?

No muchas. Me las guardan. Ahora que tengo el blog margaritarosa.net, y un contacto directo con mi gente, hago muchas fotos para ellos.

¿Cuánto lleva de “bloguera”?

Más de un año. Al principio yo no sabía ni siquiera lo que era un blog, empecé y escribí cualquier cosa y después me respondió alguien, después alguien más y ahorita tengo una cantidad. Para el Festival Iberoamericano de Teatro vinieron como cuarenta personas del blog, de diferentes partes del mundo, hice un desayuno para ellos y nos conocimos… Eso es una belleza.

¿Cuál es la Margarita Rosa que no le gusta?

La que pide permiso para ser ella misma.

¿Y cuál es la Margarita Rosa que le encanta?

La Margarita chistosa. En la obra salen muchos momentos así, vas a ver. Cuento las cosas de una forma que yo veo que la gente se ríe.

Por ejemplo…

Estoy en el matrimonio de una amiga de hace muchos años y hay un bailarín impresionante que me saca a bailar y yo estoy matada con ese hombre, el centro de la fiesta, y al otro día todo el mundo se da cuenta de que le falta algo. Resultó ladrón el tipo. Se coló, nos bailó a todas y se fue, y hay una canción que sale de ahí, Salió ladrón, la canción cuenta un poco eso.

¿Qué queda de Margarita frente al espejo?

El corazón, diría yo, ya no miro si es que estoy más o estoy menos, miro el corazón.

¿Y le gusta mirarse al espejo?

Sí, me gusta. Ya no me critico tanto. Hay veces que por lo menos voy al espejo y digo: ‘¡Bien, bien hermana, bien por usted!’.

Y veo que no tiene collares, aretes, pulseras, anillos y similares.

No, tengo épocas en que de pronto me pongo el anillo que me dio mi novio, que es una belleza, pero a veces me da pesar que se me pierda, sobre todo cuando estoy grabando, pero sí, soy un poco sobria.

No sé por qué pienso en usted cuando Rilke dice: “Soy como una bandera rodeada de distancias“.

La gente dice eso, que soy así, como distante. Yo no sé esa distancia qué podría ser. Será que vivo como pensando en temas de iluminados, como en temas de hadas, tal vez ahí pueda haber esa sensación de que estoy flotando.

Jairo Dueñas | Cromos.com.co
Publicidad
Publicidad

Lo más...

.