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Cristian del Real, del timbal al piano

Cristian del Real pasó de ser el niño genio del timbal a un joven prodigio del piano. Su vocación tardía ya empieza a dar frutos. ¡Y de qué manera!

Parecía tener el destino señalado desde los tres años, cuando empezó a tocar los timbales. Lo hacía tan bien que alcanzó a alternar con el mismísimo Tito Puente, en el Madison Square Garden, de Nueva York. Ni siquiera había cumplido seis años y ya las cámaras de televisión lo perseguían por los escenarios señalando esas manos menudas que ya eran las de un experto.

Su destino parecía sentenciado como timbalero mayor en la orquesta de su padre, Víctor El Nene del Real, hasta que una mañana febril de su adolescencia, el muchacho decidió que su instrumento no eran los timbales sino el piano. Y no el piano salsero sino el clásico. Saltaría de la Sonora Matancera a Beethoven; de la salsa de la Fania a los nocturnos de Chopin.

Su abuela, Catalina Cantillo, una matrona diminuta que hoy suma 96 años, lo puso de pequeño a tocar ollas y cuanto trasto encontrara en la cocina para afinarle el ritmo. Pero también le inculcó el amor por la música clásica: “Mijo, quiero que toques el piano de la misma forma como tocas los timbales”, le dijo. Pero Cristian del Real ya no era un niño. Tenía 16 años y era probable que la hora de comenzar a tocar piano clásico se hubiera pasado.

En un principio asumió el reto de la misma forma en que tomó el de tocar timbal: de manera autodidacta. Solo a fuerza de oído sacaba piezas de Bach en un teclado electrónico que tenía en casa pero que no era el ideal para aprender. Luego, ofrecía conciertos esporádicos a los amigos de su padre. Raimundo Angulo, presidente del Concurso Nacional de Belleza y por esa época director del Teatro Heredia (hoy llamado teatro Adolfo Mejía), se interesó en el muchacho y se comprometió a que ejercería una especie de mecenazgo sobre Cristian si éste verdaderamente tenía talento para el piano.

Pilar Leyva, profesora de la Fundación Universitaria Juan N. Corpas, de Bogotá, fue la encargada de hacerle la prueba. “Me interesaba ver no tanto cuánto tocaba sino su disposición y la forma de sus manos”, dice. Entonces le acarició las manos, les palpó la palma y el dorso y luego les separó los dedos para verlos mejor, y anunció que Cristian tenía unas manos suficientemente flexibles para las exigencias de un instrumento como el piano. En apenas tres años, estuvo listo para medirse frente a la academia.

En el Concurso Nacional de Piano de 2009, en Bucaramanga, ocupó un honroso segundo lugar. Luego, en enero de este año, apareció en los escenarios de los jóvenes talentos durante el pasado Festival de Música de Cartagena, y allí, frente a una multitud que lo ovacionó apenas terminó su repertorio, compuesto por baladas de Chopin y danzas argentinas de Ginastera, dejó zanjado el asunto: si era muy bueno con los timbales, para el piano podía ser aún mejor.

En tres años, Cristian del Real había aprendido a leer la música, a entender sus cadencias, a seguir sus compases para explotar su prodigioso oído al máximo. ¿Cómo pudo adelantarse con tanta velocidad a esa vocación tardía que amenazaba con limitarlo a su destreza para la percusión? Pilar Leyva, su profesora durante todo este proceso, tiene la respuesta: “Lo más difícil para un músico tardío no es aprender a tocar el instrumento, sino poder interpretarlo frente al público –explica–. Cuanto más creces, más difícil es que puedas superar el pánico escénico. Cristian se devoraba los escenarios desde que tenía tres años, lleva la concentración en la sangre. Un músico con ese talento y con esa ventaja, puede llegar adonde se proponga”.

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