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Carla Giraldo, "Hay que pasar por el infierno para saber cómo es el cielo"

A los 14 años ya era admirada, famosa y deseada. Había cumplido el sueño de cualquier adolescente. Sin embargo, el precio fue muy alto. hoy ha vuelto a la televisión con una alegría desbordada, segura de que lo peor ya quedó atrás.

En su brazo izquierdo tiene una pulsera blanca con letras grandes y negras que dicen: Make a difference. Carla Giraldo no la deja quieta.

-Hola, María -grita al abrir la puerta de su apartamento. Su empleada le contesta desde el segundo piso. Las paredes están llenas de grafitis hechos por Tot, el mismo que pintó los muros de la carrera treinta, en Bogotá. Carla suelta su mochila de colores, prepara un tinto, se despide de María -ya se va, por hoy-, manda mensajes de texto, enciende un Kool Light, se sienta. La grabadora a su lado no la intimida (¿qué la intimida?) y empieza a hablar con una sonrisa, como lo ha hecho desde los 11 años, cuando el país la conoció en el papel de niña inocente y coqueta en la telenovela Me llaman Lolita. Hoy tiene 22, y en estos años no ha dejado de ocupar titulares, ya sea por temas familiares o laborales o sexuales. Ha sido, de su generación, la actriz que más alboroto ha creado. Sus amigos le dicen que es la ‘Lindsay Lohan del parche'.

-La mitad de mi vida ha sido puro ruido. Puede que yo haya dicho cosas, pero lo otro es bullshit -dice Carla. Habla alto, como para asegurarse que es oída. Mueve sus manos, se mueve toda. No recuerda con precisión detalles de su pasado. "Los quise borrar", aclara.

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-Tú vas a ser la protagonista de mis películas -le decía John Bolívar cuando la veía llegar a los estudios de Cenpro. Bolívar era entonces jefe de casting y director asistente de series como La otra mitad del sol y Tiempos difíciles, y Carla una niña de 5 años que pasaba los días con su mamá, Charo Quintero, maquilladora de actores. Era la consentida de todos. Creció entre actores y directores. A John lo llamaba Pa'.

Años después, cuando estaban en el proyecto de Me llaman Lolita, Bolívar buscó a Charo y le dijo: "Necesitamos una actriz de 11 años, igualita a Carla". El sueño inalcanzable de muchas niñas, entrar a la televisión, le llegaba sin pedirlo. Les adelantó que prepararan una escena con llanto. Madre e hija ensayaron frente a un espejo y, en el casting, Carla actuó y lloró como una experta. Al salir del set pisó caca de caballo.

-Eso es buena suerte -le dijo su mamá. Y sí: el papel de Lolita fue suyo.

Hasta ese momento era alumna del colegio distrital Sorrento. Había llegado muy niña de Medellín, con sus papás. Así como iba a las programadoras a acompañar a su mamá, también ayudaba a su papá, Manuel, en el puesto que tenía en Sanandresito. Con su ingreso a la televisión, llegaron los profesores particulares, los premios, los fanáticos. En la calle necesitaba escoltas para esquivar la gente que la rodeaba. A los hombres se les iban los ojos, las mujeres la consentían, los niños le pedían autógrafos. John Bolívar había calculado el riesgo de ese cambio repentino: "Antes de mostrar el casting, llamé a Charo y le pregunté si se sentía preparada para eso. No me hizo caso".

-Disfruté cada día de grabación de Lolita -recuerda Carla-. Era como un desfogue para mí. Me sentía liberada.

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Esa novela -que salió al aire en 1999- le abrió las puertas para otros papeles, en series como Pobre Pablo y Francisco el matemático. En los sets se sentía libre; en su casa era otra cosa. Desde niña supo que era adoptada. Charo le inventó un cuento -"el cuento de la estrellita", se acuerda Carla- que hablaba de una niña con padres adoptivos. Así entendió su adopción como natural. Los problemas venían de otro lado, sobre todo del consumo de alcohol de su mamá. Las peleas de los papás eran frecuentes y, en la mitad, una niña que crecía con energía suficiente para comerse el mundo.

Con 13 años se fue de su casa. Los dejó a ellos en medio de una discusión y cogió camino con algo de ropa y dos mil pesos en el bolsillo. "Teníamos diferencias normales, como las de todo adolescente -dice Carla, que hoy parece dispuesta a bajarle la intensidad a sus historias pasadas-. Peleábamos por cosas como que yo quería salir a rumbear y no me dejaban. De malas. Me fui y nunca volví. Me hice sola. Y mírame", dice. Y cuenta que el apartamento en que hoy vive es suyo, que todas las cosas que hay en él son suyas, que nada es alquilado ni prestado, recalca. Los más cercanos, sin embargo, entienden que no fue una decisión sólo de niña rebelde. "La vida la obligó a eso -opina la actriz Diana Ángel, una de sus íntimas amigas-. No por rebeldía, sino porque la situación se había vuelto insufrible". Bolívar afirma que se equivocan quienes creen que fue la televisión o la fama los causantes de su comportamiento. "Encontró un medio cariñoso. Le faltó fue una mamá a su lado".

Carla sonríe (nunca deja de sonreír) y pregunta:

- ¿Y dónde le enseñan a uno a ser buen hijo o a ser un buen papá?

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Anduvo de casa en casa, con amigos, hasta cuando pudo. Algunas noches las pasó caminando por las calles, sin un destino. "Cuando no hay dónde dormir hay que caminar, distraer la mente -dice-. Por eso no me acuerdo de muchas cosas: porque las borré pensando en otras". Un día llamó a sus papás.

-Hola, les cuento que me fui de la casa.

-¿Y qué quiere que hagamos? -le respondieron.

Adolescente, con dos papeles casi protagónicos (en Francisco y Pobre Pablo), sin casa, sin plata -el sueldo no le llegaba a ella porque era menor de edad, sino a sus padres; y eran varios millones mensuales-, se sentía ahogada. "Toqué un límite -dice-. Necesitaba ayuda". Decidió ir al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar.

-¿Y por qué el Bienestar?

-Pues por aquello de "los niños buscan su hogar".

El 28 junio de 2001 -dos meses antes de sus 15 años- estaba en el Bienestar Familiar hablando de su situación. El Instituto tomó medidas de protección provisional y empezó a buscarle un hogar de paso. Carla vivió unos meses en casa de Manuel Fernando (Ocampo, aquel cantante de los años ochenta), que entonces era su representante musical. Un año atrás, Manuel Fernando le había producido un disco -un dúo, con su novio, el actor John Jairo Jaimes-, que fue un fiasco. Aprovechando la popularidad de Carla, Ocampo les había propuso el negocio a sus papás. Para ella resultó casi una imposición. El grupo se llamó Locos de Atar, pero quien cantaba en el disco era Diana Ángel, a quien llamaron para que salvara el proyecto en vista de la falta de afinación de Carla. "Fue una chiquita explotada, de alguna manera", dice Diana.

John Bolívar llevaba casi dos años sin verla, cuando lo llamó:

-Hola Pa', te voy a pasar a una señora del Bienestar Familiar.

La funcionaria le dijo que Carla necesitaba un hogar y le preguntó si podía recibirla. "Acepté. Alguien debía hacer algo", dice John, que tenía hijas de la misma edad de Carla. Pero la Lolita no hizo más que intentar escaparse. "Se nos volvió un asunto de vida o muerte impedir que huyera. Le pusimos hasta hilos invisibles en la casa para detectar sus movimientos en las noches", recuerda John. Al final se les escapó. La Policía -que Bolívar había llamado- la encontró en un hotel con un amigo cantante.

Era una menor en riesgo, consideraba el Bienestar Familiar. La enviaron entonces a un hogar del instituto, Villa Julita, en Mosquera (Cundinamarca). Allá se levantaba a las cuatro de la mañana, se bañaba con agua fría, ayudaba en la cocina y hasta armaba grupos de danza con sus compañeras. Pero también se fue. Muy pronto empezó a incumplir en las grabaciones que mantenía en RCN. Un día vio en los libretos que sus personajes "se iban de viaje". Estaba sin trabajo. Duró un tiempo deambulando hasta que volvió al Bienestar y les dijo dónde quería irse a vivir: a la Fundación La Luz.

*****

Tiempo atrás, en pleno éxito de Lolita, en 1999, Carla había llamado al director de esta fundación, Álvaro Enciso, a decirle que quería colaborar con su trabajo, centrado en el tratamiento de adictos a las drogas y el alcohol. La actriz se volvió la imagen de La Luz. En las entrevistas usaba la camiseta de la fundación, asistía a la inauguración de las sedes, apoyaba a los que estaban en tratamiento, les llevaba regalos. "Era una niña alegre -dice Enciso-. Llegaba con un aerosol y de repente nos pintaba de colores".

Un día dejó de ir. Reapareció a finales de 2001, cuando el Bienestar le dijo a Enciso que Carla quería que la fundación fuera su casa. Y allá llegó, no por adicta, como se rumoró entonces. Se había enamorado de Enciso. "Yo pensaba que era un vacío emocional que quería llenar. Después de tanto maltrato, buscaba un hogar. Pero estaba enamorada, y yo también me enamoré". Carla tenía 16 años, él 40. Su propia historia de Lolita. Allí llegó con sus maletas y con 76 kilos de peso ("por la Bienestarina", dice ella, que mide 1.65). Durante algunos meses recibió asesoría psicológica, pero fue difícil: no había objetividad. "Era una adolescente sin un modelo de identificación -afirma Enciso-. Pero se comportaba como líder".

Ya daba muestras de lo que parece ser uno de sus sellos: sacarle el mejor partido a cualquier situación, sea la que sea. Un día, cuando fue a Sanandresito con algunos funcionarios de la fundación, se topó con un vendedor que ofrecía a gritos "el video porno de Carla Giraldo". Ella se acercó y se puso a su lado. El hombre se entrecortó, pero ella le dijo: "Fresco, siga ofreciendo, que conmigo aquí vende más". Se llevó una copia. Era el video de una actriz porno estadounidense. Las cosas de niña también aparecían de repente: una tarde recogió un perro abandonado que vio en la autopista. Lo subió al carro, le puso ropa, gafas, zapatos, y lo alzaba para cruzar las calles.

*****

Los 18 años los celebró entre amigos, y se puso feliz porque por fin podía gritar a los cuatro vientos que estaba enamorada de un adulto. En una entrevista radial, se desahogó casi sin que se lo preguntaran: "Tengo dieciocho años y un novio de cuarenta".

Poco a poco recuperó el espacio que había dejado quieto en la televisión. Samuel Duque, presidente de Telecolombia, fue de los pocos que le dio la mano. Con esta programadora regresó a actuar en las series Juego limpio y Enigmas del más allá. Mientras tanto, terminó el romance con Enciso.

- ¿Fue que hizo otra embarrada? -pregunta Duque tan pronto oye el nombre de Carla. Recuerda que la buscó porque ella estaba sin trabajo y él pensó que merecía apoyo. "Es una buena actriz", afirma, y cuenta que le dio un consejo: "No te pongas a decir cosas sobre tu vida privada. Lo profesional es lo que debe conocer el televidente".

Poco caso hizo. Meses después de eso posaba desnuda y hablaba de posiciones sexuales, besos negros, orgasmos y vibradores. Hoy ella prefiere no recordar aquellas fotos y aquellas declaraciones, que dio a sus 19 años. "Me gusta desechar las cosas que no quiero que sigan conmigo", explica. Se levanta del sofá, prende otro Kool, y dice:

-Estamos en un país muy moralista. No sé si yo quepa aquí.

Trae a cuento el escándalo que se armó cuando contó que estaba enamorada de una mujer, Natalia Arroyave. "Uno no se enamora del sexo, sino de la persona -afirma-. En este país muchos viven lo mismo, pero lo esconden. Yo hablo y se ensañan conmigo". Sus amigos dicen que le dio duro la ruptura con Natalia. Pero también salió adelante. Carla aprende, prueba, guarda, desecha. No se arrepiente.

*****

Con sus papás no volvió hablar hasta muchos años después. Hoy viven en Antioquia, "alejados nos hemos entendido mejor", y divorciados, "casi que no, se demoraron en separarse". Pero al final cuenta que tiene de ellos muy buenos recuerdos.

Decido buscar a su mamá, quiero preguntarle sobre los primeros años de Carla, sus tiempos de colegio, el cuento que le leía. La llamo y Charo me pide que le timbre en media hora. Lo hago y luego pasa a un hombre que dice ser su actual esposo, Jairo Montoya.

- ¿Y cuánto va a pagar por la entrevista? -me pregunta-. Métase la mano a los bolsillos a ver cuánto encuentra por ahí.

- ¿Cómo? Pero si es un reportaje sobre la hija de ella -le digo.

-Por eso. Ella es la mamá de la protagonista de novela -dice.

- ¿Y cuánto me cobra? -le sigo la charla.

-Puede ser un milloncito -dice-. Mire a ver qué le sobra en el bolsillo.

Le digo que voy a pensarlo. No vuelvo a llamar. No pago por entrevistas. Me quedo con la frase de Carla: lejos es mejor.

*****

Por su apartamento hay regados elfos de trapo que la cuidan, o eso cree ella. Hay una pared llena de fotos con su novio, el director Juan Camilo Pinzón, que conoció en las grabaciones de Verano en Venecia, novela en la que ella actúa. A él le debe el pelo corto, ocho kilos menos y su reducción de senos. "Cuando me llamó para el papel, me dijo que me necesitaba plana. Y de una. Me operé. Yo quería trabajar en un proyecto suyo". Ya van a cumplir el primer año de relación.

A las seis de la mañana, todos los días, está despierta. Se toma un café, sale a hacer ejercicio -está cuidando su peso; en la cocina tiene un letrero hecho a mano que dice "NO grasa, NO azúcar"- y luego, lo que venga. Le gusta más el día que la noche. Es poco rumbera. "Salir de rumba con Carla es regresarse a la casa a las 12 y media de la noche -dice su amiga Paola Macía-. Empieza a bostezar".

Resulta imposible no contagiarse de su entusiasmo tras estar un rato con ella. Es incansable. Se carcajea, grita, se mueve, pregunta, mira. John Bolívar cree que tiene el don del carisma: "Estás con ella dos minutos y te convence de lo que quiera". Su amiga Tuti Mejía lo confirma: "Es un imán poderosísimo, un sol, nosotros giramos alrededor". Diana Ángel la define como "un espíritu libre", y eso que ella es a la única que Carla le escucha consejos. Los oye, por lo menos. Al final hace su voluntad y lo que quiere lo consigue sola. "¿Y por qué agarrarse del culo de alguien para salir adelante?", dice.

Nunca la han visto rendida. Puede estar triste, pero sólo por un rato. "Ella no tiene estrella: tiene a Dios encima. Siempre cae parada, como los gatos", dicen sus amigos cercanos, que conocen bien su lealtad. Hace poco robaron el apartamento de su amigo Alfredo Villaveces, empresario de conciertos. Al día siguiente, a las nueve de la mañana, Carla le llevó de regalo un televisor de plasma de 40 pulgadas. Luego se fue.

- ¿Qué no se sabe de usted?

-Tanto -dice-. ¡Mi segundo nombre!, que no me gusta y es mi gran secreto.

Una lástima, Carla Evelyn.

- ¿Qué no ha hecho todavía?

- ¡Ir a Estados Unidos!

Ya irá, pronto, sin hacer planes. Ya se casará y tendrá hijos, como quiere. Por ahora salta a otra idea: tatuarse en su mano lo mismo que dice en su pulsera: Make a difference. Haz la diferencia. Como si esa frase en su cuerpo no fuera una redundancia.

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