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Andrea Echeverri nos muestra su casa

Sencilla, descomplicada y sin apariencias, así es la vocalista de Aterciopelados. Ceramista de profesión y madre consumada desde hace cinco años, Andrea habló desde su casa.

Si bien el barrio Teusaquillo conserva la elegancia uniforme de sus construcciones inglesas, la casa de Andrea Echeverri, la cantante del grupo Aterciopelados, marca un contraste evidente. Una puerta rodeada con baldosas de colores; dos inmensas materas llenas de verde, azul y amarillo; una imagen de la Virgen María con los brazos cruzados y la cara de dolor y un ángel volando sobre las llamas del infierno, reciben a los transeúntes. Es casi imposible no detenerse frente a ella.

Adentro las cosas no cambian mucho: la casa está llena de cerámicas que ella misma ha fabricado a lo largo de los años (es sabido que Andrea estudió Arte antes de entrar de lleno al mundo de la música); cuadros de la Virgen y el Sagrado Corazón, y un par de portarretratos con los nombres y fotos de sus dos hijos: Milagros y Jacinto. En el segundo piso, luego de una pequeña habitación pintada de rosado, hay un balcón con una gran escultura del planeta Tierra colgando del techo.

La casa es, en cierta forma, un reflejo de Andrea. La vocalista de Aterciopelados –uno de los grupos insignes del rock nacional–, tiene puestos unos pantalones anchos con la imagen de la Virgen estampada, un saco café y tenis. No lleva una gota de maquillaje quizás porque, como dice la canción, “es mejor cuidar la esencia, no las apariencias”. Habla siempre de usted y casi en todas las frases, como un reflejo involuntario, deja salir un “sumercé”.

Y entonces, con un dejo de nostalgia, Andrea confiesa que le gustaría dedicarle más tiempo a la cerámica, una actividad que ha descuidado por cuenta de los múltiples compromisos musicales. “A principios de los noventa tuve un almacén que se llamaba Tierra del fuego, ahí por la calle 87 –dice–. Con el tiempo eso se acabó pero junto a María Teresa Hoyos, una de mis socias y mi mejor amiga, hemos logrado encontrar la forma de que mi taller siga vivo. Ahora tenemos una producción chiquita que es casi toda para regalos; hemos intentado comercializar, pero es muy difícil”.

Aun así la cantante ha encontrado la forma de unir sus dos grandes pasiones: desde hace varios años elabora souvenirs para acompañar cada disco que graba; detalles que el grupo regala a su público en los conciertos. “Es como una forma de devolver tanta energía bonita”, dice. Para su disco Oye (2006), por ejemplo, diseñó unos collares que tenían forma de orejas, mientras que para Río (2008), hizo unas caras sonrientes en las que un ojo era representado por la letra R, la nariz por la I, y el otro ojo, por la O. Los dientes conformaban la palabra Aterciopelados.

No es difícil descubrir que los corazones y la Virgen María son las principales obsesiones de Andrea. “Lo que pasa es que tengo un lado muy kitsch, de cultura popular”, asegura. Y aunque resulte curioso –porque ella misma se declara escéptica– la Virgen juega un papel importante en su vida. “Es raro –dice mientras lo piensa un poco–, pero me gusta porque es una mujer superdigna que en este momento de la historia no existe. ¡Ahora todas se ponen un tubo entre las piernas! En cambio la Virgen tiene una fuerza que va más allá, es un símbolo femenino muy poderoso”. La religión, como es obvio, también le genera muchas dudas: “Yo en la Iglesia no creo; de chiquita me llevaron mucho a misa y no le encontré el ‘swing’. Además, mis hijos no están bautizados porque, ¿quién me va a decir a mí que ellos vienen con el pecado original? ¡Eso sí no se lo creo, sumercé!”, asegura.

Y es que sus hijos la han cambiado, aunque en el fondo, como dice con una carcajada, continúa siendo la misma ‘Florecita rockera’. “Mucha gente cree que yo era una especie de monstruo que apenas nació mi hija se volvió un ángel, pero no es así, son sólo procesos que uno va pasando en la vida”, cuenta mientras se acomoda en un sofá casi pegado al suelo. “Pero tener hijos sí lo cambia a sumercé mucho; hay una cosa de responsabilidad, de amor muy fuerte. ¡Es que uno quiere a esos personajes con una fuerza! Y claro: cambia la forma de ver la vida; sumercé se vuelve más generoso y deja de sentirse el centro de gravedad”.

Por eso, casi todo el tiempo que le queda libre lo dedica a compartir con sus pequeños. Algo que la ha obligado a cambiar sus gustos en materia de cine, una de sus distracciones favoritas: “Antes me gustaba mucho el terror o películas más violentas como Rodrigo D o La virgen de los sicarios, pero desde hace unos años me he dedicado a ver mucho cine infantil”, dice. Y agrega: “Me gustan las películas que no son tanto para niños, sino que un adulto también pueda verlas y gozárselas”. Luego se cruza de piernas y asegura que su director favorito es el japonés Hayao Miyazaki (El viaje de Chihiro) pero que también ha disfrutado Avatar, de James Cameron, y Coraline, una película de animación que salió en el 2002. “Los Aristogatos es un clásico que me encanta”, dice.

Otro placer que disfruta es, por supuesto, la música. “Le va a sonar raro pero la verdad es que no escucho de todo –confiesa–. Me da un poco de horror eso del Ipod con 8.000 canciones; yo no tengo capacidad para tanto, ¡se me llena el disco duro!”. Sin embargo, grupos como Café Tacuba, Los Fabulosos Cadillacs y el uruguayo Jorge Drexler suenan siempre en su casa. “Últimamente oímos mucho a Jack Johnson, un músico hawaiano. Del folclor colombiano me encanta Petrona Martínez, Totó la Momposina y Carlos Vives. Creo que La tierra del olvido marcó un punto importante en la historia de la música colombiana”, dice.

Al final Andrea se levanta, sonríe, y cuenta que en unos meses arrancará una gira con Aterciopelados por varios países. Su agenda está copada. Luego se despide con un “chao, sumercé” y se pierde tras la puerta de baldosas coloridas y figuras de la Virgen.

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