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Alberto Sepúlveda, la mina de un esmeraldero en el piso 23

Alberto Sepúlveda,  la mina de un esmeraldero en el piso 23
Durante más de 20 años este boyacense alimentó el sueño de tener su propio museo de la esmeralda. Guardó piezas y tocó puertas, hasta que logró abrirlo hace nueve meses.

Hoy su exposición tiene el respaldo de Proexport, entidad que lo promociona en el exterior como destino turístico en Bogotá.  Ha tratado con la realeza de Brunei y de la India, con los jeques árabes, con los hombres más ricos de Taiwán y de Alemania y con los príncipes de otros países europeos que buscan sus exóticas piezas.

La historia de Alberto Sepúlved, además de superación, tiene visos de fantasía. Tendría 26 años cuando, cansado de ejercer como contador de una empresa en Bogotá y alentado por un puñado de amigos que hacía plata fácil en el negocio de las esmeraldas, decidió probar suerte. Reunió sus ahorros y se fue para Muzo (Boyacá) a explorar. Como buen negociante se dio cuenta de que la ganancia era mayor para los intermediarios y con buen ojo compró sus primeras piedritas.

Las llevó a Bogotá y con otros amigos consiguió clientes. Uno de esos compradores resultaría ser el mejor socio de su vida. Era un alemán que había llegado a Colombia a adquirir esmeraldas para venderlas en su país y que descubrió que el margen de ganancia era altísimo. Con la disculpa de ir de vacaciones, Sepúlveda le pidió al alemán –del que ya no recuerda ni el nombre– que lo llevara a Alemania. Gracias a los buenos contactos de su amigo, el contador entró a las grandes ligas: la feria Inhorgenta de Múnich, una de las más grandes en Europa, dedicada a piedras preciosas.

Su primer gran negocio resultó tan bueno que fue la base de lo que es hoy: “Llevé lo que llamamos una ‘ganga’ (una roca compacta con un canutillo de esmeralda de terminaciones perfectas, tallado por la naturaleza). La compré en 3.000 pesos en Muzo. Yo se la había dado al alemán para que la vendiera, pero salió un señor que insistía mucho en comprarla y mi amigo no tenía tiempo de atenderlo, así que yo fui a la cita y por quitármelo de encima le pedí 30.000 dólares. El tipo me pagó de inmediato y en efectivo y me invitó a cenar. Me explicó que esas piedras tienen mucho valor allá y me pidió un recibo por 100.000 dólares. Yo se lo di porque además me descontaban un gran porcentaje de impuestos. La piedra iba para un museo”.

Con semejante ganancia en su primer negocio, don Alberto volvió al país a reinvertir sus jugosos excedentes. Con los contactos que hizo en Munich, se enteró de otras ferias similares en diferentes ciudades del mundo y comenzó a visitarlas, llevando las mejores piedras que encontraba en Boyacá.

Poco a poco hizo amigos y empezó a conocer el gusto de los norteamericanos y europeos por las esmeraldas. Entendió que los coleccionistas pagan lo que sea (¡lo que sea!) por tener aquellas piezas únicas, talladas en las entrañas del territorio colombiano, que son catalogadas como las mejores del mundo por su color, traslucidez y tamaño.

Las piedras colombianas son únicas por el tono de las gemas, por ese proceso de formación que dotó a los berilos (gema incolora) de ese color inconfundible. No sin razón en el mundo existe consenso sobre el “verde esmeralda”, que se logra por la presencia de trazas de cromo y vanadio, materiales escasos en la corteza terrestre. Por ejemplo, las de Zambia, en África, segundo productor mundial después de Colombia, son de un tono más azulado y más pálido. Las de Brasil tienen un verde menos intenso y más opaco.

Todo esto lo aprendió Sepúlveda en sus sucesivas visitas a las ferias más importantes del mundo como las de Hong Kong, Tucson (Arizona), Basilea (Suiza), Vicenza (Italia), Las Vegas, Nueva York, Tailandia, Taiwán y París, donde se codeó con los joyeros y compradores más exclusivos. Durante 10 años fue el único colombiano que exportó directamente las esmeraldas. Se dedicó a complacer el gusto refinado de excéntricos coleccionistas, quienes buscaban “gangas” de gran calidad y verde intenso, que son las que sobreviven a las explosiones de dinamita en las minas de Boyacá. También decidió llevar esmeraldas talladas, a pesar de que costaban menos que aquellas que tomaban la forma caprichosa de la naturaleza.

En uno de esos viajes conoció en Bélgica un museo de diamantes, hace algo más de 20 años. Esa experiencia lo marcó para siempre y le clavó en su cabeza la idea de hacer un museo de esmeraldas en Colombia. Empezó a coleccionar las mejores piezas, las de valor incalculable por sus formas, su pureza, su tamaño: una con una gota de agua incrustada en su interior hace más de 16.000 años; un gran poliedro completo y perfectamente tallado adosado a la piedra; un trapiche, extraña formación generada por el aumento de la temperatura de la tierra, que generó que la esmeralda se incrustara en la piedra hasta adquirir forma de trébol, mariposa, flor o estrella... Estas últimas somás opaco.

Todo esto lo aprendió Sepúlveda en sus sucesivas visitas a las ferias más importantes del mundo como las de Hong Kong, Tucson (Arizona), Basilea (Suiza), Vicenza (Italia), Las Vegas, Nueva York, Tailandia, Taiwán y París, donde se codeó con los joyeros y compradores más exclusivos. Durante 10 años fue el único colombiano que exportó directamente las esmeraldas. Se dedicó a complacer el gusto refinado de excéntricos coleccionistas, quienes buscaban “gangas” de gran calidad y verde intenso, que son las que sobreviven a las explosiones de dinamita en las minas de Boyacá. También decidió llevar esmeraldas talladas, a pesar de que costaban menos que aquellas que tomaban la forma caprichosa de la naturaleza.

En uno de esos viajes conoció en Bélgica un museo de diamantes, hace algo más de 20 años. Esa experiencia lo marcó para siempre y le clavó en su cabeza la idea de hacer un museo de esmeraldas en Colombia. Empezó a coleccionar las mejores piezas, las de valor incalculable por sus formas, su pureza, su tamaño: una con una gota de agua incrustada en su interior hace más de 16.000 años; un gran poliedro completo y perfectamente tallado adosado a la piedra; un trapiche, extraña formación generada por el aumento de la temperatura de la tierra, que generó que la esmeralda se incrustara en la piedra hasta adquirir forma de trébol, mariposa, flor o estrella... Estas últimas son piezas costosísimas porque sólo se consiguen en Colombia.

La que más quiere –aunque como buen coleccionista dice que no tiene una pieza preferida– la eligió como imagen del museo. Es una formación escalonada de un verde intenso (210 quilates) que compró hace 20 años en 50.000 dólares y que, según él, no tiene precio. Paradójicamente, la adquirió en Nueva York de manos de unos colombianos.

Esa es la joya de la corona. Para mostrarla, hubo que esperar unos minutos para cumplir con el protocolo de levantar las extremas medidas de seguridad que permitieran abrir las vitrinas blindadas. Cuando la tuvo en sus manos, Sepúlveda ordenó traer una bandeja de plata con una tela blanca. Allí la puso con cuidado extremo tras explicar en detalle por qué esta gema es invaluable.

Este hombre, discreto en su hablar y vestir, cuenta con orgullo que atesoró 3.000 piezas en estos 20 años que duró persiguiendo su sueño, que las guardó en las cajillas de seguridad de diferentes bancos alrededor del mundo y que tocó muchas puertas en el gobierno, en la empresa privada y en los gremios buscando apoyo para su proyecto. “No me pusieron bolas, no me creían. Duré dos años buscando ayuda. Cuando me cansé de rogar, me endeudé y compré el piso 23 del Edificio Avianca y empecé a recoger las piezas para exhibirlas, pero el sitio me quedó chiquito y aquí solo pude poner el 30% de mi colección”.

Por eso, ahora que Proexport decidió apoyarlo e incluir su museo en los sitios de interés que recomienda para hacer turismo cultural en Bogotá, don Alberto sólo pide que le ayuden a conseguir un sitio más amplio, “digno” para mostrar su colección completa.

Aun así, en los 625 metros cuadrados con una vista envidiable de la ciudad, logró montar una estructura que semeja los socavones de las minas de Muzo, Gachalá Coscuez y Chivor. Es un túnel de 15 metros de largo en los que ubicó grandes rocas de más de 10 arrobas de peso, traídas especialmente desde las minas de Boyacá, para mostrarles a sus visitantes el estado natural en el que se encuentra la esmeralda y las dificultades que deben pasar los mineros para extraer una pequeña gema.

En este sitio Sepúlveda tiene sus oficinas y desde allí sigue manejando su negocio de exportación de esmeraldas, pero esta vez asesorado por sus dos hijas, que viajan a las tres más grandes ferias del mundo. Con la tranquilidad que lo caracteriza, menciona que ha tratado con la realeza de Brunei y de la India, con los jeques árabes, con los hombres más ricos de Taiwán y de Alemania, y con los príncipes de otros países europeos que buscan sus exóticas piezas. “Uno ya conoce los gustos de ciertas personas, además tenemos contacto con las joyerías más exclusivas que manejan a los clientes importantes y nos hacen pedidos directos”.

Reconoce que habla poco inglés, pero que así se ha defendido en su negocio durante más de 35 años. “Usted no se imagina cómo lo tratan y lo estiman a uno en el exterior cuando lleva las esmeraldas. Estas piedras son muy apetecidas y la gente tiene una buena imagen del negocio”. Nada que ver con la idea general que existe en Colombia sobre esta actividad.

“Yo quiero acabar con esa imagen negativa”, dice, mientras insiste maravillado en que cada una de estas piedras es única y nunca habrá dos iguales. Para demostrarlo, saca del bolsillo de su camisa un papel blanco. Lo desdobla con cuidado y muestra una piedra traslúcida y de un verde intenso. Tiene 41 quilates, viene de Muzo y cuesta más de un millón de dólares. Esa es sólo una de sus valiosas piedras.

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