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"El feo", una obra de belleza irónica

Con la obra El feo, la Compañía Estable critica los cánones estéticos de la sociedad actual. El montaje, que va del drama al humor negro, es dirigido por Pedro Salazar.

Cuando Lette, un inventor de piezas tecnológicas, descubre que su jefe le ha prohibido presentar un nuevo conector por feo, queda sorprendido. Ni siquiera su esposa se lo había dicho. Vacilante e incómoda, ella resuelve el reclamo de su marido con una frase políticamente correcta: “No te había dicho nada porque eres una excelente persona”.

Así comienza El feo, la nueva obra de la Compañía Estable dirigida por Pedro Salazar, que profundiza en la obsesión de la sociedad por la belleza. La obra fue escrita por Marius von Mayenburg, uno de los dramaturgos alemanes más importantes del teatro contemporáneo, quien aquí muestra una mirada sarcástica a las concepciones estéticas que le dan a la fealdad una condición casi de discapacidad.

Por eso Lette se concentra después en superar su recién descubierta limitación, la de tener una cara que no vende nada. La solución está a la mano: una cirugía plástica para tener una nueva apariencia, que satisfaga a su entorno. “Firme aquí para confirmar que renuncia por completo a su cara. El seguro corre con todos los gastos, ha asumido casos peores que el suyo”, le dice el médico antes de la intervención.

Con una parodia médica, con instrumentos exagerados que semejan piezas de taller de carros, la cirugía comienza por la nariz, “la parte más prominente de la cara”. Una descripción que se recalca durante toda la obra y que hace referencia a los moldes que terminan repitiéndose en las personas, como si fueran partes de un mecanismo y no del cuerpo.

Cuando Lette se quite la venda de su cara su vida cambiará drásticamente. De feo pasará a ser un adonis, con una apariencia tan opuesta que no sabe si su esposa podrá reconocerlo. “Pero si era feísimo”, dice alguien. “Hoy en día no se puede dar por sentado nada”, responde el médico.

El personaje de Lette es interpretado por Felipe Botero, conocido por su papel en la película Bluff y quien trabajó en la obra The pillowman. Ahora será un hombre exitoso en el trabajo, vanidoso y arrogante, pero que después luchará por tener una identidad cuando se convierta en el modelo y en el caso más exitoso del cirujano, que lo exhibirá y multiplicará para satisfacer el narcisismo colectivo. “Es la dictadura de la belleza a través de los medios y la tecnología”, afirma Pedro Salazar.

El montaje de esta obra, que va del humor cruel al drama de enfrentarse a un mundo donde hay mejores condiciones para los bellos, ha sido un reto para el director y los actores. “Está escrita sin monólogos largos ni una gran frase, es como un juguete sin instrucciones, no hay división de escenas y muestra un gran drama enmarcado en lo absurdo y el humor con algo de remordimiento”, afirma Felipe Botero.

Junto a Botero actúan Víctor Hugo Morant, como el jefe y el cirujano; Marcela Benjumea, como la esposa y la mujer mayor y millonaria que queda fascinada con la belleza de Lette; y Juan Manuel Lenis, como el compañero envidioso de la oficina y el hijo gay de la millonaria.

“Lo más interesante fue descubrir los personajes pues no hay acotaciones, no hay guías. En esta obra no hay tiempo para ser interesante, en el buen sentido. Toca explorar rápido y descartar también rápido”, dice Marcela Benjumea, cuyo más reciente papel fue el de la mamá de Marbelle, en la telenovela Amor sincero.

Para Juan Manuel Lenis, que viene de un personaje exagerado de travesti en Chepe Fortuna y de un trabajo realista en la obra El autor intelectual, el reto también fue grande, pues el trabajo actoral casi siempre es fiel a las sensaciones y para este montaje le tocó hacer una especie de descontaminación. “Esta obra no es drama, no es farsa, no es naturalista y no es denuncia social”, dice, pues podría ser mucho de esto.

La acción de los siete personajes transcurre en un espacio blanco que abarca todo el escenario, dividido en dos pantallas gigantes de fondos de colores cambiantes, con una mesa y dos sillas. Un montaje salido del lenguaje convencional y de alguna manera acorde con el texto, pues una escena se une con otra sutilmente, y también en consonancia con la intención del director: “No quería hacer teatro que se asemejara a un dramatizado de televisión”.

Por eso no hay juicios, solo un Lette que termina viviendo en un mundo de duplicados, de personas que se enfrentaron al espejo y luego al médico que les cambió la vida con una cirugía y una frase: “Comencemos por la nariz, la parte más prominente de la cara”.

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