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Isabela Santo Domingo, " a mí siempre me quieren cambiar"

Actriz, periodista, libretista, accionista de un bar, mamá y papá de Daniela, su hija de 14 años, y una mujer afortunada por Los caballeros las prefieren brutas.

Sus ojos buscan la cámara, ansiosos como los de Amparo Grisales, pero no se viste ni se contonea como la diva. Tiene el tacto y la diplomacia de Ivonne Nicholls, pero sólo a ratos. Habla duro como Diana Uribe pero sólo cuando está brava y, además, su tema no es la historia. Es obsesionada como Florence Thomas con el tema de la mujer, pero no se lo toma tan en serio como la feminista consumada. Fuma y trasnocha como un libretista pero, en contra del gremio, no está orgullosa de sus ojeras. Actúa como mala en las películas, pero en el fondo quiere ser la buena y abnegada. ¿Cuál de todas me abrirá la puerta?

Detrás de la puerta 303 no aparece ninguna Isabella sino su esencia, su niña decantada, su hija Daniela, faldita gris, blusa blanca, corbata verde suelta, 14 años y una sonrisa luminosa. Daniela, la que aparece en casi todos los portarretratos. Daniela, la que no ve en televisión Los caballeros las prefieren brutas por física fatiga y exceso de convivencia con el tema.

Al fondo suena un secador y debajo del ventarrón está ella. Como escritora parece muy cómoda y como actriz se ve bastante inquieta. Así es esta barranquillera nacida un 28 de marzo de... ¿1968, 1969, 1970?, en eso no se ponen de acuerdo ni ella ni los recortes de prensa.

A la hora de sentarnos, prefiere cambiar de silla por aquello de que su buen ángulo es el izquierdo. Pregunta si puede salir fumando. Al final, se aguanta las ganas.

Si le hubiera hecho caso a su mamá, ¿qué sería Isabella Santo Domingo?

Una mujer casada y con niños, tal vez, yendo a Disney una vez al año. Pero creo que ni siquiera lo dimensionó porque yo desde muy chiquita no tenía nada que ver con ella. Fue raro porque en mi casa mis papás se separaron y la que se fue de la casa fue mi mamá. La que se volvió a casar fue mi mamá. La que venía una vez al año a visitarnos con regalos era mi mamá.

¿Hoy sigue siendo su mamá medio extraña?

Es extraña porque hay muchas cosas que no he compartido con ella, pero te repito: yo tuve un papá mamá, y yo ahora soy mamá papá. La primera vez que a mí me vino la menstruación eso me lo explicó mi papá y yo me quería morir. Mi mamá me llamó a los tres días y me dijo: “felicitaciones”. En mi casa era todo al revés.

¿En qué tema no se ha podido poner de acuerdo con su mamá?

En ninguno; tenemos una pésima relación.

¿Cómo es su familia?, ¿cuántos hermanos?

Soy la oveja negra, y soy la segunda de cuatro. Mi mamá tuvo dos antes de mi papá y mi papá tuvo dos antes de mi mamá. Y ambos tuvieron cuatro más. Una familia bastante grande y curiosamente dispersa.

Los hermanos directos entonces son…

Luis, mi hermano mayor con quien me llevo muy bien, es administrador; Mara, que vive en Santa Marta y es ama de casa, y Ana María, que vive en Estados Unidos y trabaja en una empresa de carga internacional, es soltera. Yo era la del sándwich.

Cuando era pequeña, ¿qué quería ser? ¿Jugadora profesional de raquetball? ¿Patinadora? ¿Voleibolista?

No, cero. Así me divertía, pero yo de verdad quería ser diseñadora de modas.

¿Cuál era el ídolo que tenía en la cabeza?

En esa época yo quería ser Givenchy, una cosa así... la diseñadora de las estrellas.

¿Qué pasó?

Se me atravesó el periodismo. Mi afán siempre ha sido comunicar cosas. A través de la actuación uno comunica sentimientos y emociones; a través del periodismo uno comunica información, noticias, y a través de los libros he podido comunicar mis reflexiones y mi sentido del humor. Mi afán fue comunicar y, la verdad, a través del diseño de modas no lo encontraba tan efectivo como a través de todo lo demás. En Atlanta me desvié, vi que no estaba tan interesada en el diseño de modas, averigüé y había un curso de locución de radio y televisión y me metí por ahí.

¿Qué edad tenía en Atlanta?

19 años. En Atlanta viví dos años y estudié ocho meses.

Pero, ¿sabe enhebrar un botón?

Pego botones, hago de todo, pero no más.

Hay entrevistas difíciles porque los personajes no dicen nada, y hay otras entrevistas que son complicadas porque el entrevistado lo ha dicho casi todo… ese es el caso que me tiene aquí. Lo ha dicho casi todo, ¿a veces no le dan ganas de darse un año sabático de silencio?

No es que haya dicho casi todo sino que siempre me preguntan lo mismo. Tengo unos proyectos nuevos, y aunque Los caballeros las prefieren brutas sigue ahí, quiero hablar de otro libro, de otro tema completamente distinto. La frase de que “hay que ser muy inteligente para hacerse la bruta” sale en todas partes y digo que ya no la quiero decir más.

¿Cuál es la pregunta que más se repite?

¿Usted qué tiene que ver con la familia Santo Domingo? Y la respuesta es: ¡nada!

¿Algo que le falte por decir? Porque ha hablado de amor, de sexo, de hombres...

Sí, he hablado de todas esas cosas sarcásticamente, pero a mí nunca me lo han preguntado de verdad: ¿qué es lo que yo siento en serio? Cuando salió la serie me preguntaron: bueno, tu personaje es el de Esther, la mala, o el de Hanna, la zorra, y yo digo: “mi personaje es Cristina”, pero nadie me ve como la buena que también puede sufrir por amor.

¿Cree en el amor o le da risa?

Creo tanto que me río de él.

¿Pero lo ha encontrado?

Yo creo que el amor está en todas partes y no estoy buscándolo, evidentemente, pero las veces que me ha llegado, he querido y me han querido mucho.

¿Por qué no lo está buscando ahora?

Acabo de terminar otra relación tormentosa hace dos meses.

¿Qué falta?

Falta el momento ideal. Cuando yo no estaba lista muchos sí estaban listos, y ahora que siento que me gustaría terminar mi vida con un cómplice, no hay cómplice. Es muy difícil encartarse con una mujer que vuela, que no entiende el concepto de “negociemos”.

¿Y los hombres qué quieren negociar con usted?

Hay una cosa rarísima y es que a mí siempre me quieren cambiar y no entiendo por qué. Hace poquito me dijeron: “eres demasiado independiente”. Era un inglés y me decía que las mujeres tienen que verse un poquito necesitadas. Que tenía que ser menos espontánea. ¡Y yo no tengo que ser menos nada!

A estas alturas, ¿en qué NO da su brazo a torcer?

En la parte de vivir juntos creo que no.

¿Cada uno por su cuenta?

Yo ese cuento de la media naranja nunca me lo comí. Siempre he creído que somos dos mundos completicos, llenos de defectos y cualidades, que en algún momento llegan y comparten cosas.

Su fecha de nacimiento es un 28 de marzo, pero buscando en la prensa, el año oscila entre 1968, 1969 y 1970… ¿La edad le aterra? ¿Se quita años?

No, es que ya dejé de contar. Si me preguntan que cuántos años tengo, yo digo ¿cuántos necesitas que tenga?

¿Para qué le han servido los años?

Me han servido para perfeccionar mi sarcasmo, para que no me dé pena absolutamente nada, para no tener que mirar atrás y arrepentirme sino, al contrario, para sentirme cómoda en el presente y no estar pendiente de qué va a pasar en el futuro.

¿Y para espantar temores?

Yo no sufro de eso.

¿Nunca le ha dado miedo?

Los temores ya no son directos, los que tengo tienen que ver con mi hija, Daniela, por ejemplo, que ojalá no le partan el corazón, que no termine siendo la última del curso. Ya lo mío es distinto.

¿Son más las ventajas o las desventajas de ser la hija de Isabella Santo Domingo?

Son repartidas. Diría que la ventaja es que yo siento que ella está orgullosa de mí y eso me parece bonito. La desventaja es que por esas mismas razones mucha gente es intolerante, o tiene que aguantarse que los niños del colegio le digan: “es que usted se cree más porque su mamá es una actriz”.

Hay una ecuación y es que las mamás extrovertidas o más liberales tienen hijos muy serios y conservadores. ¿Eso se da con Daniela? ¿Ella termina siendo más adulta que usted?

Por días. Una vez al año nos vamos a Orlando o adonde haya parques y durante cuatro días solamente montamos montañas rusas. Somos muy amigas, muy parceras, ella en su mundo y yo en el mío, pero tenemos inquietudes similares. Yo no estoy tratando de criarla para que sea como yo, al contrario, quiero que sea muy opuesta a mí y que se dé una oportunidad de tener por lo menos una vida estable.

¿A su hija le gusta la serie?

No la ve.

¿Por qué?

Llevo tanto tiempo con este cuento, que ya no le interesa. Ella oye otra vez Los caballeros las prefieren brutas y se tira por el shut de la basura. Ella también está aburrida del tema.

¿Lo del libro de Los caballeros las prefieren brutas empezó con el stand up comedy?

No.

Pero el stand up comedy con Alejandra Azcárate salió primero y se llamaba así.

Sí, pero yo empecé escribiendo el libro, luego nos llamaron de una compañía X para que hiciéramos la presentación de un producto nuevo que iban a lanzar. En medio de lo que íbamos a hacer, que era algo humorístico o algo sobre por qué nos irritaban los hombres, que era nuestro discurso fuerte, tuvimos la brillante idea de unirnos. De allí surgió la idea de hacer el stand up comedy y llamamos a Andrés López, que era nuestro director. Hicimos cinco presentaciones y se llamaba Me irrita eso. Cuando estaba terminando de escribir mi libro, Alejandra me dijo: “nos siguen llamando para que hagamos el stand up”, entonces empezamos a trabajar sobre el material de mi libro e hicimos el stand up. Trabajamos juntas como dos años. Alcanzamos a hacer como 250 presentaciones por todo el país.

La peor mentira que han dicho sobre Isabella.

Esa que tú acabas de decir, que Alejandra Azcárate tuvo algo que ver con mi libro.

¿No hubo reclamos, ni susceptibilidades con Alejandra?

No; nosotras dejamos de hablar porque ella siguió su camino en la actuación y yo seguí el mío, que era el tema editorial.

Una debilidad muy personal.

La verdad me aficiona comprar revistas, tengo millones de revistas por toda la casa y no las quiero botar. Ya he aprendido a arrancar las páginas que me interesan, las grapo y tengo carpetas completas de artículos y cosas que me han llamado la atención.

¿La última página que arrancó de qué era?

Era sobre la ira.

Cuando está iracunda, cuando se sale
de casillas, ¿qué hace?

Grito como una loca y digo estupideces y a los cinco minutos me arrepiento.

Lanzadora de palabras.

Lanzo muchas cosas, sobre todo para provocar reacciones en la gente. Esa es mi especialidad porque soy de las que piensan que la mitad del mundo vive adormilado.

¿Le gusta mirarse al espejo?

Casi nunca lo hago. Generalmente soy de chancletas y camiseta aquí en mi apartamento, con chimenea prendida y la música a todo volumen, súper tranquila, cero maquillaje.

¿Cuando está feliz qué suele hacer?

Me programo para bailar, saco mi mejor pinta y mis mejores accesorios, mis mejores zapatos y armo un parche gigantesco y salgo a bailar.

¿Qué canción le gusta bailar?

Depende del día y de lo que esté tomando. Yo todo lo asocio: si es un mojito entonces vámonos con “son cubano”, cuando es whisky me voy con música americana o rock... voy variando.

¿Con los años ya tiene su propia definición? Isabella es…

… Machista por conveniencia.

¿Qué espera Isabella?

Nada. Siento que las expectativas lo dañan todo. Lo aprendí ya a mis 40 años. Cada vez que tenía una expectativa de trabajo o de una persona que acababa de conocer o algo, casi nunca era lo que yo me había imaginado. Prefiero querer a través de los defectos y no idealizar.

No espera.

Nada. Te lo voy a poner así: si yo fuera una futbolista, sería la que va y mete el gol, y mientras todo el mundo celebra yo estaría pensando cuál va a hacer mi siguiente jugada; yo no me quedo para celebrar.

Una mujer muy acelerada, ¿no?

De repente lo mío siempre ha sido una carrera contrarreloj. Durante 35 años de mi vida lloré en cada cumpleaños pensando en los que me quedaban, haciendo cálculos porque con esta manera de fumar y de tomar, una cirrosis mal dada… siempre pensé que iba a llegar hasta los cincuenta y pico.

Hablemos de sus personalidades múltiples. Como actriz, ¿cuántas novelas?

Como 12.

Escritora y guionista, ¿cuál es su mayor logro en ese campo?

Los caballeros las prefieren brutas, y la primera vez que me gané un premio Simón Bolívar con la serie Victoria, que escribí para los cuentos de Bernardo Romero Pereiro. Él me hizo el honor de ser mi mentor y mi supervisor.

Otra personalidad, la periodista. ¿Una embarrada?

Creo que la primera edición de la revista Shock. Todo lo que había en los títulos hablaba de sexo o de suicidio o de muerte y fue una cosa nada intencional pero muy impactante. Me acuerdo que me llamó el gerente, Lalo Correa, y me dijo: “Isabella, tenemos problemas, quiero que sepas que la revista ha sido vetada en todos los colegios y acá nos han mandado por lo menos 58 cartas de padres de familia y asociaciones. Somos un fracaso”. Y yo le dije: “¿Cómo así? ¡Somos un éxito! Si a ellos les gustara ningún joven la leería”, y desde ese día empezamos a tener éxito con Shock.

De todas estas Isabellas de las que hemos hablado, ¿a cuál quisiera pensionar más rápido?

Si no me ofrecen papeles diferentes y si la industria del cine de alguna forma no arranca en este país, yo creo que pensiono a la actriz.

Su estado actual.

Felizmente recuperada de una tusa.

Ese es el civil. ¿Y el mental?

Tranquila, entusiasmada, sin afanes. Es raro lo que te estoy diciendo pero es la primera vez en mi vida que estoy tranquila.

Todos tenemos una fecha que nos corrige o nos para. ¿En 1999 tocó fondo?

Sí, pero te voy a explicar por qué toqué fondo en el 99. Era la época del Caguán y yo me sentí por primera vez en mi vida atrapada. Me acuerdo de la imagen de Pastrana sentado en esa mesa de negociación solo y me empecé a ahogar. ¿Por qué nadie protesta, por qué nadie sale a la calle, por qué nadie pide que la televisión sea un poco más avanzada, por qué no hay debates, por qué no hay programas deportivos, por qué vivo acá? Yo no soy política para nada, pero esa imagen de Pastrana solo en esa mesa de negociación fue esa desilusión de decir: esto nunca va a cambiar. Era simplemente como ver un mal programa de televisión.

¿Y cómo se veía en su propio programa como mamá ocupada?

Era una época muy extraña de mi vida, porque estaba haciendo demasiadas cosas al tiempo. Hice la foto desnuda sobre el caballo que fue una controversia gigante y que salió en todas partes; era la villana de Perro Amor, hacía radio, escribía libretos para Bernardo Romero... estaba tan ocupada y mi pobre hijita diciéndole “papá” al camarógrafo. No quise más eso. Por eso me fui a México y Estados Unidos y disfruté la nada, poder irme a leer el periódico a la playa, andar tres días seguidos con el mismo pantalón vuelto nada y a nadie le importaba. ¡Era buenísimo! Perderme fue increíble.

¿Cuántos años lleva dándole gusto a su propio espectador y no al público de afuera?

Muchos años, desde que me fui a vivir a Estados Unidos hace 11 años. Cuando según los medios estaba en la cúspide de mi carrera y me fui para Miami y todo el mundo me preguntaba “¿pero por qué no vas a hacer otra novela?”. Simplemente porque después de llegar a cierto punto, ahí no hay nada más. Lo interesante es cranearte cómo llegar ahí, pero cuando se llega ahí, no hay nada; qué cansancio.

¿Qué le harta más rápido: el anonimato o la popularidad?

La popularidad, ciento por ciento.

Eso de tener un bar, aparte de ver a los amigos ebrios, ¿para qué sirve?

Para ponerme toda la ropa bonita que nunca puedo ponerme en Bogotá. También sirve para cumplir uno de mis sueños. Ya sembré el árbol, ya escribí el libro, ya tengo la hija, ya tengo el bar, ya casi todo.

¿Qué sueño queda?

Irme a vivir a Alaska y ser parte de una banda de rock.

Qué prefiere: ¿ir al bar o ir al psiquiatra?

Si el psiquiatra está bueno, el psiquiatra.

¿Va al psiquiatra?

Nunca.

¿El mejor consejo de su vida quién se lo dio y qué le decía?

Luis Alberto Santo Domingo Molina, mi papá, decía: “ve y vive, embárrala, desembárrala que yo soy como la yuca, enterrado doy. Haz lo que te dé la gana que cuando vuelvas aquí estoy yo”.

Isabella dijo: “El libro fue para mí una especie de terapia gracias a la cual me saqué todo”. ¿Qué fue lo que se sacó con ese libro?

Una queja que tenía, porque la gente piensa que simplemente yo estoy tratando de ser chistosa. Una queja grandísima de cómo es posible que entre más nos volvemos nosotras algo de lo que nos sentimos orgullosas, menos oportunidades tenemos de encontrar una verdadera estabilidad emocional. Pero lo que me parece que le gustó a la gente es que no era solamente una crítica de decir que los hombre son unos bobos a quienes les gustan las mujeres brutas, sino también está diciendo que las brutas somos nosotras porque no estamos siendo consecuentes con nuestras propias decisiones. Si lo que quiero ser es una gran profesional y no tengo tiempo para nada más, entonces por qué me quejo de que no hay hombres con quienes salir.

Si el libro fue una terapia, ¿la serie de televisión qué fue?

Ya verlo en la televisión fue un motivo de orgullo grandísimo, grandísimo, de haber podido mostrar la primera serie latinoamericana con esta calidad hecha en Colombia. No permitir que se hiciera en Argentina o en México o en Venezuela, sino aquí, y aferrarme a mi idea. Yo creo que ese fue uno de los logros más grandes.

¿Con Sony ganó muy bien?

Lo mejor es que sigo ganando. Hay una palabra mágica que aprendí hace como ocho años que se llama regalías. Un verdadero regalo.

Si Los caballeros las prefieren brutas se ve en más países, usted sigue en el negocio.

Claro, y no sólo eso, también el libro. Porque están los best sellers que les va muy bien por un espacio corto de tiempo y los “long sellers”, y eso es lo que ha sido este libro de Los caballeros... durante 6 años.

¿Qué dice la editorial? ¿Cuántos han vendido?

Van como 325.000 en el mundo.

Y ahora que el libro se convirtió en una serie exitosa, ¿es feliz?

Inmensamente feliz. No sé si eso tiene que ver con la edad. He hecho cosas y me gusta dónde estoy y lo que me he ganado. Eso nunca lo habría logrado si no hubiera peleado contra mi naturaleza, si no me hubiera largado cuatro años a no hacer nada, a no ser nada.

¿Qué viene ahora para Isabella? ¿Los caballeros las prefieren brutas II?

Prefiero no hablar de eso.

¿Todavía busca a alguien que la mantenga?

Que me mantenga contenta.

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