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Gloria Saldarriaga, "A Juan no le gustaban los adioses"

Entrevista con Gloria Saldarriaga, la viuda de Juan Gallo quien habló del final de la Galería Alcuadrado.

Siete meses no sé si son suficientes para buscarla en Cartagena y decirle que quiero hablar con ella. ¿De qué? No sé… del final de la Galería Alcuadrado, del final de su esposo, de su nuevo comienzo, de la vida, del karma de ser la viuda de Juan Gallo. Soledumbre.  

Ya han pasado siete meses desde que Juan Gallo decidió apartarse de la vida o llamar a la muerte con su propia mano. Siete meses hace ya que dejó de reteñirse esa imagen de hombre emprendedor en sus negocios como asesor de imagen de grandes empresas, especialmente en Inglaterra, y avasallador en el arte como galerista de Alcuadrado y su idea fija de resaltar el arte dentro y fuera de Colombia.

Siete meses han pasado desde que este personaje dejó de sorprendernos con su elegancia y sus exposiciones plásticas en lugares inimaginados. Siete meses van distanciando más y más la noticia del final de un hombre auténtico, dueño de sus actos. Un final que nadie se atreve a calificar con la palabra, la fatídica palabra, que significa quitarse la vida. Luego de siete meses se suma un nuevo final, también voluntario: el cierre de Alcuadrado, por boca de su esposa, socia y cómplice, Gloria Saldarriaga.

Siete meses no sé si son suficientes para buscarla y decirle que quiero hablar con ella. ¿De qué? No sé… del final de la galería, del final de su esposo, de su nuevo comienzo, de la vida, de lo que no se toca por delicadeza pero, a la postre, se inventa y hasta se comenta, del karma de ser la viuda de Juan Gallo, de su nueva situación a propósito de aquella frase de Emerson que sentencia que “una vez que has hablado u obrado con éxito te conviertes en una persona comprometida, vigilada por la simpatía o la antipatía de cientos, cuyo afecto debes tomar en cuenta a partir de ahora”.

Como es inevitable no ser parte de ese rebaño molesto de cientos, es evidente el fastidio y la perplejidad frente a la petición –vía telefónica– de una hora para conversar con ella. Estaba en Cartagena, ejerciendo su soledad, decantando todo lo que la vida le bota, y un periodista aparece para entrevistarla un lunes de fiesta y, para rematar, en su casa, uno de los paraísos de Juan, que acaba de vender en ese proceso de quitarse anclas.

¿De qué vamos a hablar? Me aborda nerviosa, mientras a sus espaldas una foto pequeña dentro de un collage me recuerda el tema: aparece ella con su novio Juan, en una finca, cuando decidieron casarse en el 2003 luego de un noviazgo de 10 años, y ella tuvo que ponerse tres veces su vestido de novia (en Medellín con la familia, en Bogotá con los artistas, y con sus amigos europeos en un castillo en Saint-Emilion, Bordeaux).

Él ya no está, la galería deja de volar y Gloria se esfuerza por quitarse esa adicción a un hombre que ya no existe y que en vida le hizo creer que era una princesa.

¿Se imaginaba una ruptura tan fuerte de Juan con la vida?

¡No, para nada! Pero la acepto.

¿Ya resolvió el porqué?

El porqué es superrespetable del individuo, ni siquiera por mi higiene mental me he hecho esa pregunta.

¿Ese adiós no fue como el extremo de su inconformismo?

No, para nada, creo que fue un acto de generosidad.

¿Con quién?

Con la gente que quiso.

¿Irse es un acto de generosidad?

Sí. Para mí lo que hizo Juan fue un acto de generosidad para todas las personas que estábamos con él.

De la colección de Juan que se exhibe en el MAMM, ¿cuál era su obra preferida?

Una obra de las últimas que compramos de Libia Posada. Unos retratos gigantes de mujeres con sus vestidos y con una iluminación especial que parecen óleos coloniales, aunque son fotografías de mujeres que han sido maltratadas. Cuando uno lleva tanto tiempo con el arte es muy difícil que impresione algo porque el ojo se vuelve superexigente, entonces no te descresta ni te sorprenden muchas cosas, pero con esta obra sí, hacía mucho tiempo no lo veía tan impactado con una obra.

¿Heredó algún gusto de él?

Juan era muy especial, quien se sentara al lado de él en un avión se acordaba de que era Juan Gallo por su “queridura”, por su figura. Para Juan lo que era “no” era “sí”, se volvía como un reto. Y ahora a la hora de viajar, que uno tiene que exigir más de los hoteles, del avión, digo que voy a adoptar una personalidad “juangallesca”, ese es como mi lema, convertir los “noes” en “síes”.

De ese estilo “juangallesco”, una frase que la acompañe todavía.

Sí, “hay que saber llegar y hay que saberse ir”, decía mucho. Fue coherente con lo que hizo. Por eso veo su muerte como algo coherente con su vida y su personalidad, que de pronto para muchos fue muy prematuro pero para él era el momento.

Ni siquiera usted, que estaba tan cerca, lo pudo intuir.

Sí, y ni siquiera me hago la pregunta del porqué.

¿Qué lo ponía triste?

¿Triste? Yo creo que la falta de sensibilidad en todo tipo de cosas, no sólo en el arte sino en el trato con la gente, todo este desequilibrio social. El maltrato, la arrogancia le molestaban mucho. Él era cordial, con todas las personas era igual.

¿Juan era un hombre feliz?

Sí.

¿Qué lo ponía muy feliz?

Creo que yo a veces lo ponía muy feliz. Le gustaba mucho la música, Bob Dylan, las cosas creativas, la moda, todo. No era una persona triste. Dormir en Cartagena lo ponía feliz.

¿Qué siente hoy por Juan?

Lo mismo que siento desde que lo conocí: un amor inmenso, un respeto, un todo, y mucho agradecimiento.

En el 2003 arrancó la galería. ¿Por qué llamarla Alcuadrado?

Nunca nos imaginamos siempre en un mismo espacio, yo detrás de un escritorio colgando y descolgando obras, queríamos algo más activo, más curioso. Queríamos que fuera una galería itinerante y como los espacios se miden en metros cuadrados, de ahí el nombre.

Era un poco como la Casa tomada de Cortázar…

El concepto de la galería era que nos parecía importante el diálogo entre la arquitectura y las obras de arte. Que fuera una aventura, que la gente fuera con una expectativa del lugar. Desde la primera exposición se despertó una curiosidad distinta por la ciudad, frente a espacios que existían, estaban ahí, pero no los veías.

El mundo de las galerías estaba en problemas cuando ustedes salieron. ¿Cuál fue el concepto de ustedes que irrumpió con tanta fuerza?

Internacionalizar el arte. Empezar otra vez en el circuito internacional de arte colombiano que ya sabes que no es ni internacional ni colombiano, es arte universal. En los cánones de arte internacional ¿de dónde es la obra? Es lo último que un coleccionista de arte pregunta.

Después de 6 años ¿se acaba Alcuadrado?

No, yo digo que se deja ahí en la “repisita”, se deja expuesto, yo lo quiero dejar como lo dejó Juan. Uno cae mucho en ciclos, de decir voy a pasar la página y voy a cerrar capítulos, pero ya me he dado cuenta de que uno no puede cerrar capítulos ni cosas, mi vida no se puede dividir en capítulos, no se puede dividir, se estira. Se me estiró la vida, entonces con la galería no estoy cerrando un ciclo, ni pasando la página. La quiero dejar ahí como parte de mi vida.

¿Son unos puntos suspensivos?

Puede ser, yo digo que estoy renunciando a Alcuadrado pero no estoy renunciando a mis pasiones. Renuncio al hecho de tener una galería que se formó con un socio, esposo, amigo, de todo. Renuncio a eso pero no a mis pasiones ni a mis curiosidades, así que por el momento no tengo ni idea de qué voy a hacer.

¿Cuál es su pasión actual?

Tengo tantas pasiones pero una, como la que ahora estoy descubriendo con mi curiosidad, es que me estoy conociendo como individuo, porque cuando uno está en pareja es muy raro, porque no es que uno cambie la esencia ni que uno sea distinto pero uno se olvida de esta soledad, de esta reflexión interior, entonces me estoy conociendo y estoy tragadísima de mí.

¿Qué fue lo primero que los unió?

Yo creo que la estética y la creatividad, porque Juan era publicista y yo soy diseñadora gráfica y nos unió esta manera de ver la vida con otros ojos. Nos fascina la estética, las cosas bonitas, el arte, curiosidad por todo.

Desde el principio. ¿Se conocieron siendo estudiantes?

No, ya profesionales, ya grandes.

¿En Medellín?

No, acá en Cartagena.

¿Alrededor de algún evento?

No, pasando vacaciones. Pero imagínate eso hace 17 años cuando uno venía al Hotel Caribe.

¿Qué lugar les faltó por llenar de obras?

Infinidad, no se agotan. Pero un espacio especial, de pronto el Seminario Mayor, que queda en la séptima.

Definitivamente, el proyecto Alcuadrado estaba muy unido a la relación de pareja.

Claro, era un proyecto en pareja, era un proyecto profesional, obviamente, pero de pareja.

¿Tuvieron hijos?

No. Los hijos eran las obras y los artistas. Es que lo bonito de esta galería es que su portafolio no era muy grande, eran 10 artistas solamente, entonces era una relación constante con el artista, nos involucrábamos mucho en el proyecto. Artistas como Óscar Muñoz, como Miguel Ángel Rojas, Jaime Ávila, Alberto Baraya, María Elvira Escallón. Era un proyecto muy bonito porque era estar ahí pendiente de ellos.

En ese mundo del arte, ¿en qué nunca pudieron ponerse de acuerdo?

No, nos poníamos de acuerdo de una manera impresionante, con solo una mirada ya sabíamos si era bueno o no. No sé si a uno se le pega el gusto del otro o qué, pero éramos un complemento.

¿A qué se va a dedicar?

No tengo ni idea. Ese es el estado ideal.

Ni sospecha, que algún día se levante y pueda decir ya sé lo que voy a hacer…

Es que es muy raro cuando uno dice, bueno, voy a hacer esto, pero ¿por qué tiene que decidir uno ahí mismo qué va a ponerse a hacer? Es como una tragedia. ¿Cómo así? ¿Que qué me voy a poner a hacer? A vivir, a respirar, a conocerme.

¿La gente se mete mucho en el tema?

Claro, es que hay muchos cánones en los que uno cae, como el de la cortesía, aunque uno no lo siente así cuando se está del otro lado, porque entonces todo es como una tragedia: “¡Vas a cerrar la galería!, ¿cómo? ¡Ay, no, qué pesar!” y yo pienso: “Bueno, cuántas veces fue a una exposición mía, nunca, pero le da pesar que la voy a cerrar. Nunca me compró un cuadro pero le da pesar”. Son cánones de cortesía muy extraños.

¿La vida tiende a consolarlo a uno?

No, la vida no, es uno, la vida no te hace nada. Uno como individuo, como persona, es el que se consuela.

Hay parejas que se funden como en un solo cuerpo. Con la muerte de Juan ¿cómo es esa sensación de pérdida?

Al principio digo que es como a las personas que les amputan algún miembro, sintiendo el mismo dolor del miembro fantasma, pero después la vida sigue y te acomodas a tu prótesis. Se fue una parte importantísima de mí pero ahí estoy poniéndome mi prótesis. Uno se va acomodando, y para eso se necesita mucha higiene mental. Yo no soy esotérica, soy práctica, con la vida y con las tragedias.

¿La primera decisión práctica después de la tragedia de Juan cuál fue?

Comprar un televisor.

¿Por qué?

A Juan le aterraba el televisor, le parecía el aparato de peor gusto del mundo entero. Entonces eso fue lo primero que hice, es mi nuevo compañero.

¿Qué ha descubierto con esta ausencia?

La fortaleza que uno nunca se imagina que tiene.

¿Se creía más frágil?

Horrible, yo era apocalíptica, para mí todo era una tragedia, era muy consentida. He descubierto que uno tiene la fortaleza del bambú, que no es la fortaleza del roble. Dios le manda a uno lo que uno puede aguantar. Ya estoy preparada para todo.

Son 17 años, 10 de novios, ¿cuánto tiempo realmente estuvieron juntos?

Siempre fue una relación de despedidas y de llegadas. Siempre viajaba, ya fuera por arte, o por su empresa de consultoría de imagen corporativa, o por amigos, y siempre lo recogía en el aeropuerto.

¿Guarda las cosas de Juan?

No, para nada. Él se murió un lunes y el sábado desocupé su clóset, los recuerdos no están en unas camisas.

Un recuerdo para enmarcar.

Las risas, porque yo le celebraba absolutamente todo.

¿Era de chistes?

No, odiaba los chistes, no los entendía pero su forma de ser era chistosa. Era simpático como se movía, como hablaba, las ocurrencias.

¿Por qué peleaban?

De pronto a mí, como buena paisa, me fascina el chicharrón y el era supercuidadoso con las comidas y me decía, “¿te vas a comer ese veneno?”. Y discutíamos mucho por eso.

¿Juan se cuidaba mucho?

Tenía un problema en la rodilla y le tocaba hacer fisioterapia todos los días para poder caminar, pero sí le gustaba cuidarse, no la parte estética sino la parte de alimentarse bien y hacer ejercicio.

¿Juan se fue cuando quiso irse?

Sí, y va quedar como una persona memorable, porque la muerte de personas jóvenes se vuelven memorables, yo me acuerdo que tuve una conversación con él cuando se murió Michael Jackson y le dije “increíble estas personas que mueren jóvenes y trágicamente se vuelven memorables”.

¿Y él qué dijo?

Nada.

¿A Juan le aterraba la vejez?

No creo, nunca comentábamos de este tema porque éramos superprácticos, nada trascendentales. Éramos del día a día.

¿Se preparó para irse?

Yo no sé si se preparó porque la personalidad de él siempre fue de tener todo impecable, así que no sé si es preparación o era su personalidad. Pero se fue y no he tenido ningún contratiempo con nada.

¿A Juan le gustaban los adioses?

No, de pronto no.

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