Se encuentra usted aquí

Las voces del silencio

En cada espacio de radio de la emisora de la cárcel distrital, de Bogotá, surge una historia de amor. Entre el rock, el reguetón, el hip hop y el rap que los mismos reclusos programan, los amantes furtivos esperan un nuevo mensaje que los haga revivir las esperanzas de un mejor futuro allende las rejas, en compañía.

“Este es un mensaje para Lucía: te he pensado mucho… la última vez que te vi estabas muy linda, recuerdo tus ojos y tu bella sonrisa. Saludos de Germán”. Édgar trata de vocalizar, de ponerle un tono serio a este simple recado de amor. Acomoda el micrófono, mientras su mirada se concentra en su cuaderno cuadriculado de niño de primaria. Sus manos toscas y de piel gruesa buscan entre tachones y remiendos el siguiente mensaje para leer. Es parecido al anterior, casi idéntico. Un remitente que se cambia el nombre, envía un piropo a una mujer que nunca le podrá responder.

Las destinatarias, ubicadas en un patio distinto, esperan ansiosas la siguiente emisión del programa para volver a soñar con que alguien, al otro lado del muro, piensa en ellas. La emisora se llama Voces del silencio. La escuchan todos los días de nueve a once de la mañana y de dos a cuatro de la tarde, mientras dejan pasar las horas que les falta para volver a la libertad. No podrán responder los mensajes de amor a sus furtivos enamorados aunque están detenidas, como ellos, en la misma cárcel: la cárcel Distrital de Bogotá. Tienen que conformarse con un fugaz cruce de miradas a través de los barrotes cuando la rutina de la cárcel les permita cruzarse aunque sea de lejos en algún momento de su cotidianidad. La única vez que todos los reclusos –570 hombres y 40 mujeres– se mezclan es una vez al año, el 24 de septiembre, cuando celebran el Día de la Virgen de las Mercedes, patrona de los reclusos.

El resto del tiempo lo pasan en dos reclusorios totalmente separados. De manera esporádica pueden coincidir en algunos de los oscuros y fríos pasillos a la entrada o salida de uno de los 22 talleres que tienen la opción de elegir para redimir parte de su pena. Y sólo unos pocos pueden participar en los ensayos del grupo mixto de danzas. Para lograr comunicación tendrán que arriesgarse a pasar una nota clandestina de un pabellón a otro sin ser detectados, porque estas actuaciones son consideradas como falta grave en el reglamento de los internos y son severamente castigadas.

Por eso desde marzo de este año, cuando volvió a emitir la emisora (estuvo fuera del aire durante más de dos años por un daño en los equipos), la esperanza para estos enamorados platónicos ha vuelto a sus corazones. Entre las noticias, la música, el horóscopo, los chistes y los testimonios de vida que ofrecen los reclusos encargados de la producción, los furtivos amantes esperan un mensaje que los nombre, un nuevo recado que les permita saber que han sido escuchados, un piropo y una promesa de amor que los haga vivir hasta alcanzar la libertad, todo un bálsamo para soportar la espera.

Los 10 jóvenes que hacen la programación de la emisora saben que la sección de mensajes es la más escuchada y por eso los recogen con esmero, se preocupan por entonar bien y vocalizar. Sus compañeros de patio los esperan después de cada emisión con la esperanza de poder alimentar, mensaje tras mensaje, aquel amor imaginario que como un espejismo en medio del desierto los empuja a seguir adelante.

El trabajo de estos reporteros hace parte de uno de los talleres que tiene la institución para redimir pena y sólo pueden estar allí dos meses porque es obligatoria la rotación. Por cada día que trabajen en la emisora, rebajan seis horas de su condena. De manera similar funcionan los demás talleres: ebanistería, lavandería, peluquería, artes, panadería, estuco, lectura, música, manualidades. Los jóvenes que acaban de iniciar el taller de radio pertenecen al pabellón Básico, en el que se encuentran los internos reincidentes con un nivel bajo de estudios.

Ellos, como los otros 600 reclusos, pagan penas no superiores a 60 meses, por delitos “menores” como hurto agravado y calificado, violencia intrafamiliar e inasistencia alimentaria. La mayoría de la población carcelaria es muy joven, no mayor de 35 años, y eso se nota en la programación de la emisora. Todos los días, cuando realizan la reunión de producción, entre las propuestas de los internos sobresalen las noticias de deportes, novedades tecnológicas, entretenimiento y géneros musicales como el rock, el hip hop, el reguetón y el rap.

“Ellos proponen el tema del día, investigan las noticias, buscan historias de vida entre sus compañeros para llevar mensajes positivos a los demás”, explica Lady Ospina, funcionaria de la oficina de comunicaciones de la cárcel que dirige el taller. Para ser parte de la emisora, los reclusos deben tener buena conducta y no revestir peligrosidad. Un comité interdisciplinario estudia las hojas de vida y el perfil de los aspirantes que se deben inscribir previamente.

Elkin es uno de los más activos del grupo. Ha pagado cerca de la mitad de su condena a 33 meses por hurto agravado y calificado y sueña con ser comerciante independiente apenas recobre la libertad: “Yo estoy aquí porque me gusta exponer lo que pienso a las demás personas. Mi manera de pensar cambió, me sirvió el castigo de la justicia porque pienso y siento distinto y quiero contagiar a otras personas con mi forma de pensar”.

Y para comprobar que tiene alma de reportero, cuenta su experiencia buscando la historia de vida que leerá en la emisora y para la cual entrevistó a uno de sus compañeros que estaba sumido en la tristeza:

“Esta es la historia de un hombre que hubiera alcanzado muchas cosas en la vida si no se hubiera metido en las drogas y en la delincuencia, circunstancia que lo ha llevado a visitar muchas cárceles y a conocer mucha miseria. Tiene 37 años pero su aspecto es de una persona de 50. El sufrimiento que tiene se puede percibir en su mirada triste, cuerpo encorvado, manos marchitas y dentadura de bebé, pues apenas cuenta con dos dientes, con los que mastica un trozo de pan mientras me dice en voz baja que no mencione su nombre. Aunque nos quiere dar un consejo prefiere estar anónimo. No quiere que nos pase lo que pasó a él, que dejó que los sueños le pasaran por delante…”.

Cuando termina, sus colegas de la cabina aplauden. Achuri pide la palabra y dice que quiere “camellar” en su propio bar de rock, pero los demás lo interrumpen y lo corrigen: “No se dice camellar, se dice trabajar”. Se arma una discusión. Están luchando para dejar atrás la jerga de la cárcel. Por un par de horas intentan hablar como lo harían si fueran personas en libertad, con un trabajo formal y una vida familiar “normal”. Quieren olvidar que llevan el odioso uniforme café y caqui y aunque sea por un par de horas, anhelan sentirse diferentes.

Y lo logran. Cuando llegan al patio, sus compañeros los felicitan por la música que pusieron, hacen sus peticiones para la siguiente emisión y hasta sugieren crear un personaje cómico. Ya le pusieron nombre: “El amaña’o” y será el encargado de ponerle una carga de humor –negro, por supuesto– a su estancia allí. El personaje dirá que no quiere salir porque en la cárcel tiene ducha caliente, le dan buena comida y no le toca pagar arriendo.

Se ríen. Se saben afortunados en medio de la desgracia. En cárceles como La Picota y la Modelo, en Bogotá, el hacinamiento puede llegar al 300% (hay alrededor de 3.500 y 6.000 internos, respectivamente), mientras que en esta reclusión hay cupo para 1.028 recursos y sólo hay 610. El ambiente es distinto.

“En La Picota está la gente con condenas largas, 30 ó 40 años sin descuento, por secuestro, homicidio o extorsión. Esa gente no tiene moral, no le importa nada y si alguien le hace mala cara, pues saca un cuchillo, lo mata y le dice a la guardia: ‘anótemelo ahí’. Un muerto más no importa. Nosotros aquí todavía tenemos esperanza”, explica uno de los muchachos que ya conoce esas cárceles.

Aun así, se quejan de la dureza del reglamento que los obliga a estar uniformados y a salir de las celdas a las seis de la mañana y permanecer en el patio hasta las cinco de la tarde. Por eso están seguros de que la emisora cumple su objetivo: “Uno sabe que la gente se desestresa, se entretiene y ellos escuchan nuestras historias, por eso queremos darles ánimo, llevarles noticias positivas”, dice Édgar, otro de los líderes del grupo.

La mayoría quiere quedarse en ese taller. Sueñan con llevar a la cabina sus artistas preferidos –Natalia París, Robinson Díaz, Shakira, Flora Martínez– para entrevistarlos al aire. Algunos quieren que grupos de rock como El S7ete, Don Teto, Mago de Oz, Kraken, As de Corazones, vayan a la emisora, les den charlas y toquen en vivo.

En lo que todos coinciden, sin embargo, es en el deseo de llevar al estudio a “las niñas de Esperanza”, las reclusas que están al otro lado de la cárcel, aquellas que les roban miradas y suspiros a través de los barrotes, con las que fabrican sueños eternos de amor y de sexo que –ellos saben– nunca se harán realidad.

Publicidad

Publicidad

Publicidad