Tras las rejas con la vendedora de rosas

Lunes 24 de agosto de 2009

Hace 11 años Leidy Tabares salió de la miseria y del anonimato en Medellín directo al lujo y la fama en Cannes. Esa fue su gran proeza de la mano de una película de Víctor Gaviria. Sin embargo, en su regreso a la realidad dejó la ficción del cine para consagrarse tristemente como estrella de su destino en la cárcel.

Foto:Inaldo Pérez, Guillermo Torres
Tras las rejas con la vendedora de rosas

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No es la primera vez que la veo. Para ser sincero, es mi tercer encuentro con ella. Todos iguales de dramáticos y cargados de una gran tensión. Esta vez tuve que atravesar seis rejas hasta llegar al corazón de la penitenciaria de alta y mediana seguridad, a 15 minutos de Valledupar. Un ritual rudo como todos mis encuentros con Leidy Tabares, “la vendedora de rosas”. Una mujer de las entrañas de Medellín que vivió el sueño efímero de una actriz en Cannes y muy pronto regresó al decorado de su propia pesadilla. Lugar donde todo comenzó hace 11 años, cuando esta niña de la calle se convertía en estrella. Verla ahora en este horno, con un guardia que no nos despinta el ojo, de overol caqui, con esposas en sus muñecas y con la incertidumbre de unos quistes en sus senos y a la espera de una biopsia, me obligan a recordar cómo la encontré la primera vez que la vi.

Tras su rastro en Barrio Triste

Era 1998 y tocaba viajar cuanto antes a Medellín y dar con ella, poco importaba que en su nerviosismo Víctor Gaviria no supiera de su paradero. Su película había sido invitada al Festival de Cannes y también entraba en competencia. Mejor dicho, “la vendedora de rosas”, su protagonista, de la noche a la mañana vivía el final feliz de la cenicienta. Un príncipe había encontrado su zapatilla y como en un sueño dejaría la calle para codearse con la crema y nata del cine mundial. Eso ameritaba dar con su paradero esa mañana de abril de 1998. Pero todo indicaba que no quería que la encontraran. En su casa, en Ni Quitao, bajo un cielo negro de humo, su mamá me informó desde la ventana –y a grito herido– que hacía un mes no la veía y todo por culpa de la calle. Cambié de rumbo y de pista y fui a parar a Barrio Triste con su dura escenografía de buses destartalados, rines, carritos esferados, groserías como chulos y hombres engrasados por el abandono o por su oficio de mecánicos.

Ya estaba cerca, faltaba esperar, sentado en una mesa sucia frente a un tinto tibio, a que un mar de ojos malevos me escanearan y pasara la prueba. Alguien, en su medio guerrero, amenazaba por esos días a “la vendedora de rosas” por alguna “mala vuelta” y yo podría ser –¿por qué no?– la amenaza en persona. Aclarada mi situación de periodista y, sobre todo, de amigo de Víctor Gaviria, ‘Papá Giovanni’, el duro y protector de muchos tanto en la película como en la vida real, me llevó finalmente al segundo piso de aquella cafetería para encontrarme con ella. Ahí estaba, en el piso, tumbada sobre una ruana roja. Ese era su lecho de rosas, después de pasar la noche en vela, vendiendo papeletas a la vuelta en la olla La Cueva, el infierno en esencia. Parecía una geisha por la cara muy pálida y la noche todavía pegada a los párpados, llevaba el pelo revuelto hasta la cintura y un cuerpo demasiado ligero con apenas 40 kilos de alimentarse de humo, frijolitos y “roches”, unas pastillas para espantar el sueño.

De la noche a la mañana ella era la portada de CROMOS, con maquillador, peinador y sesión privada de fotos. Entonces no paró de hablar de que veía la película como su vida, llena de peleas, solles y mucha tristeza. ¡Ah! Pero, eso sí, ella no aspiraba sacol (pegante) ni tenía a su mamá muerta como Mónica, la niña de la película. En ese entonces ella, con su ser envalentonado, quería que cuando los de la alta sociedad vieran la película, supieran que “nosotros los de abajo nos jugamos el corazón cada día y somos más que mugre y groserías”.

De regreso a la realidad

Ya han pasado once años y vuelvo tras el rastro ya no de la niña de 16 años sino de la mujer de 27. Como siempre, dar con ella tiene su grado de dificultad. Esta vez me espera la Penitenciaria de alta y mediana seguridad de Valledupar. Hay frente a mí una fachada de ladrillos muy pálidos y puertas azules como piscinas sucias. Soy el último de la fila de ingreso, frente a una procesión de bultos de papa y cebolla que obligatoriamente tienen también que pasar por el detector de metales antes de llegar a las gigantescas ollas de la cocina.

Me esperan seis controles más y una frase reiterativa, obsesiva, tatuada en las paredes del presidio, como un aviso sacado de la película La naranja mecánica, “Lo que se controla funciona”, antes de llegar a la celda de Leidy en la torre 9. El guardia que me acompaña me hace las cuentas del presidio, 1.489 reos sin novedad, de los cuales 107 son del pabellón de mujeres. Me habla muy cerca al oído para recalcar a modo de confidencia: “Estamos hablando de la crema y nata de la delincuencia”.

 Me tienen preparada la sala de visitas conyugales para la entrevista, pero hace mucho calor y prefiero la enfermería que tiene ventilador. Aparece entonces Leidy en medio del revuelo de un trío de tipleros afinando y de unos presos disfrazados de mujeres que se preparan para celebrarles algo a las reclusas. Nos sentamos. No está permitido quitarle las esposas durante la entrevista ni que el guardia nos deje solos. Mide metro y medio pero tiene la presencia y la fortaleza de una ceiba. Aquí ella ya no es “la vendedora de rosas”, para sus compañeras es apenas Rose y para la guardia, simplemente, la 3852.

Sin embargo, a Leidy todavía la persigue Cannes como una sombra fresca en ese calor terrible encerrada en su nueva cárcel con racionamiento de agua incluido. Los flashes del fotógrafo le recuerdan su vanidad y quitarse el mechón de la cara se vuelve toda una proeza con sus manos amarradas. “Lo que más recuerdo es mi paseo por la alfombra roja. También todavía me veo caminando y hasta corriendo por las calles de Cannes, para escapar de unos fotógrafos paparazis”.

¿Cuándo se le acaba la fama? “Hay que rescatar que a mí Caracol me dio la oportunidad de trabajar en una novela. Fue una experiencia fenomenal. Pero, igual, las puertas se cierran para el que no tiene estudio ni experiencia. Se acabaron las posibilidades y volví a vender rosas en la calle”. Para Angie, su hermana, el problema de Leidy fue que “lo tuvo todo y en un segundo todo lo perdió. Su vida fue ser ‘la vendedora de rosas’ y no más”. Una triste conclusión que su hermano menor, Brayan de 11 años, se la cree a pie juntillas a tal punto que cuando la llama le dice, ingenuo y convencido: “Mire, Leidy, es imposible que usted esté en la cárcel, eso no es posible porque a usted, tan linda, la mataron en la película”.

Leidy apenas sonríe, su nostalgia de estrella fugaz flota como una hoja sobre el extenso mar de su condena: 26 años privada de la libertad. “Ya llevo encerrada siete largos y cortos años. Largos, porque al mirar el pasado es mucho lo que he perdido. Y cortos, porque de cierta forma no los he sentido. Al principio, del 2002 al 2005, pensaba mucho en eso, en ir restándole días a mi condena, al punto de querer suicidarme. Pasé una crisis muy fuerte. Tuve citas con psicólogos que me mandaban un montón de pepas. Me mantenía como zombie hasta que un día dije: no más. Llevo más de dos años tomándolo más suave”. Otra cosa piensan sus carceleros que la trasladaron de Medellín a Valledupar. El que me acompaña me susurra que ella es “un fosforito” y que ya se ha envalentonado con más de un guardia. “Sé que no me trajeron aquí porque sí. De pronto ya estaban cansados conmigo. Yo sé que no soy una perita en dulce”.

Y es que así es Leidy, la de Ni Quitao y Barrio Triste, la niña que creció y sobrevivió entre los peligros de la calle. Valiente y pendenciera. “Desde que nací el peligro ha sido la insignia de mi vida, voy con la muerte siempre muy cerca, de muchas maneras”. Después de la película se apagaron los reflectores para ella y su existencia cayó en las sombras.

Su vida a espaldas de la Catedral

“La vendedora de rosas” ya volvió de su sueño en Francia. Ya se desinflaron los grandes titulares de prensa. Es 1999 y Leidy Tabares ya no es noticia. Y sin embargo, ella sigue prolongando su fiesta privada. Vive con unas amigas en una pensión, en el día alrededor de una inmensa grabadora plateada que grita canciones de Cristian Castro, y en las noches por las aceras untadas de vicio y luces de neón. Esta vez no quiso hablarme. Algo le molestaba. Al fin y al cabo yo representaba al gremio que la había subido hasta el cielo de la fama y ahora la soltaban sin ninguna clase de red de protección. No sirvieron para nada las palabras de Víctor.

Al contrario, su indiferencia, con los minutos, se transformaba en desprecio. No había otra opción que salir de aquella pensión, detrás de la Catedral en Villanueva, a través del ruidoso grupo de inquilinos sin camisa, poco amigables, bebiendo whisky a las once de la mañana, sentados en una especie de sala junto a la única salida con candado y reja como si fuera una cárcel disfrazada de residencia. La situación y tanto encierro aumentan la urgencia de salir. Con Leidy siempre hay que remontar esos extraños círculos concéntricos que se forman a su alrededor.

Luego vendrían a cuentagotas las oportunidades para ella: primero, con sus pinitos como actriz en la telenovela de Caracol La guerra de las rosas, y luego la campaña exitosa de CM& para darle una casa en Bello. Y después de nuevo esa calma chicha que la saca de quicio, interrumpida por la noticia del nacimiento de su primer hijo, Fernando José, sacudida luego con la muerte violenta del papá de Fernando, Ferney, acribillado el 18 de agosto de 2001 frente a ella en la sala de su casa. La cadena vuelve y suena con su segundo hijo, Julián Esteban, concebido con Édison, su nuevo compañero que la llevaría de la mano hacia una condena de 26 años de cárcel por participación en el asesinato de un taxista. ¿Estaba en el lugar equivocado? “En el lugar equivocado no, sino con la persona equivocada”. Vuelve a ser noticia.

Ella todavía no sabe si es bueno o malo haber vivido tan rápido, ni le pesa todo lo que ha hecho desde muy niña cuando comenzó a vender rosas en los semáforos de Las Palmas y de El Poblado de nueve de la noche a tres de la mañana. “En realidad a mí lo único que me preocupa es de pronto la familia de la persona por la que me acusan, y mi mamá. A esas personas que piensan que soy culpable que me perdonen, que en realidad me están juzgando sin saber bien los detalles”.

Lo cierto es que su condena la ha llevado por tres cárceles: primero San Quintín, en Bello; luego la cárcel de mujeres en el barrio San Javier, de Medellín; y, finalmente, desde enero de este año, una cárcel para reos “difíciles” en la tierra de Rafael Escalona, muy lejos de su “Medallo” del alma.

Muy lejos de lo que es y seguirá siendo su cielo. La casita soñada de puerta y balcón café que le regalaron en Bello y en donde vive lo que más quiere: su mamá María Magdalena, su hermana Angie, su hermanito Brayan, y Julián Esteban, su hijo menor de 5 años. “Con Fernando José, mi hijo mayor, cometí el error de dejarlo con la abuela paterna y él se alejó de mí y de mi familia y eso me duele mucho. No sé cómo vaya a sonar esto pero en realidad creo que he creado una coraza dentro de mí que ya no me permite llorar tan fácilmente”.

De todas las Leidys, la de Ni Quitao y Barrio Triste, la actriz, la mamá, la de su casa, la viuda, sólo queda Leidy Tabares, la del overol caqui, la presa 3852. La que espera una biopsia en sus pechos para espantar la incertidumbre de un cáncer, la que el calor no la deja recordar sus canciones favoritas de Cristian Castro, la que espera que la visite su familia a pesar de las 18 horas en bus desde su casa y la que sabe que nunca la va a olvidar su Víctor del alma, la que todavía guarda la esperanza de que su mamá le diga algo sobre la película, la que se duerme a la una de la mañana en su celda, la que quiere que le manden libros de Paulo Coelho, la que no quiere que la olviden, porque ella no olvida, y la que no se acostumbra a tener esposas en las visitas.

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