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Fernando Montaño, el bailarín colombiano que los ingleses aplauden

Su padre quería que fuera futbolista. Sin embargo, lo suyo era la danza. Contra todos los pronósticos este hijo de Buenaventura hoy es una celebridad en Londres.

por: Juan Pablo García/@DaddyWells

Se ha vuelto una escena recurrente. En uno de los teatros más importantes del mundo, el Royal Opera House, en Londres, los espectadores enfocan su atención en la oscuridad del escenario. De la sombra emerge un hombre congelado en una pose perfecta. La música empieza y le inyecta vida a Fernando Montaño. Con cada paso largo que toma el bailarín, sus brazos se mueven dramáticamente, como si fueran impulsados por las notas largas del violín. Se pasea por el escenario con garbo y elegancia, rotando con velocidad, pero siempre compuesto. Su cara expresa tranquilidad, como si estuviera solo, como si no estuviera bailando para el Royal Ballet.

De cerca, el cuerpo de Fernando Montaño es digno del cincel de Miguel Ángel, parece haber sido esculpido en un mármol moreno. La manera como estira y retuerce el cuerpo desafía las leyes de la física. Se mueve como si estuviera hecho de caucho.

Desde que llegó al Royal Ballet a principios del 2006, el bonaverense ha tenido la oportunidad de hacer dos papeles destacados. En La cenicienta, de Frederick Ashton, hizo de bufón; y en Alicia en el país de las maravillas, de Christopher Wheeldon, fue la oruga. Hace apenas unos días le tocó el honor de bailar para el coreógrafo Alexei Ratmansky en una función de 24 Preludios, la versión orquestada de la obra de piano de Chopin. El montaje, para cuatro parejas y en cartelera hasta el 14 de marzo, estaba compuesta por bailarines más experimentados, pero cuando Ratmansky necesitó un reemplazo, el primero en la lista fue Fernando.
Al otro lado del teléfono, en Londres, la voz de Fernando se escucha suave y delicada, y cuando menciona sus logros, no se agranda, mantiene un tono humilde y sobrio. El colombiano es primer artista de la compañía; es decir, está quinto en una escala de seis categorías: bailarines principales, artistas de personajes principales, primeros solistas, solistas, primeros artistas y artistas. Son unos 100 bailarines que luchan cada año por progresar en esa pirámide en la que él apenas ha llegado al segundo piso.

Fernando, sin embargo, ha obtenido papeles cada vez más importantes. Su meta la lleva marcada entre ceja y ceja. Sin perder el tono dócil, pero con convicción, lo deja muy claro: “En dos años creo que puedo llegar a ser bailarín principal”. No es un deseo cualquiera si se tiene en cuenta que en el Royal Ballet se han consagrado artistas tan importantes como la inglesa Margot Fonteyn, considerada la mejor bailarina de su tiempo, y Rudolf Nureyev, quizá el mejor bailarín de la historia.

Como Billy Elliot

El papá de Fernando, Juan Rodríguez, es un hombre cercano a los 70 años, curtido por la vida a fuerza de cargar bultos en el puerto de Buenaventura. Ya jubilado, vive en una humilde casa, a 20 minutos del lugar donde vio nacer a su hijo. Con orgullo, muestra un recorte de periódico en el que aparece Fernando bailando. Pero no siempre fue así. En realidad, su padre quería que fuera futbolista. Tal vez por ese antecedente, Fernando Montaño ha sido apodado en varias ocasiones con el mote de “el Billy Elliot colombiano”.

Billy Elliot es una famosa película del año 2000, dirigida por Stephen Daldry y protagonizada por Jamie Bell, que narra la historia de un niño de 11 años cuyo sueño es volverse bailarín, contra los deseos de su padre, un minero londinense que quiere que su hijo aprenda a boxear. Pero la vida no es tan simple como en las películas. “Honestamente –dice Fernando con serenidad y sin melodrama– creo que me tocó más difícil que a Billy Elliot”.  

Su papá cuenta que desde niño Fernando ha sido un gran soñador. “Él me decía: papá, yo voy hacer alguien en la vida”, añade. Para Juan solo existía una manera de que su hijo lograra lo que quería: estudiar y graduarse. El diploma le daría la mejor oportunidad de ser alguien. Pero a los tres años, Fernando tenía otra idea de lo que iba hacer con su vida.

Los recuerdos más remotos son con su mamá, Gloria Montaño, sus dos hermanas y su hermano. Jugaban en la casa, en la calle y en la carrilera frente a la casa. Fernando tenía cuatro años cuando vio por primera vez un ballet, en el programa de televisión Nube Luz. Dos parejas bailaban como él no lo había visto en Buenaventura, y desde ese día decidió que quería ser bailarín de ballet. Su segunda opción era ser pintor, y la tercera, abogado, porque le gustaba la idea de ponerse corbata y vestido.

A los seis años, Juan Rodríguez se mudó con su familia a Cali en busca de un mejor porvenir para sus hijos. Fernando fue matriculado en un colegio industrial, pero a los seis meses se retiró. Juan se preocupaba de que las aspiraciones de su hijo se estuvieran diluyendo y, para darle otra oportunidad, lo metió a una escuela de fútbol. Al mismo tiempo, su mamá había identificado una sensibilidad especial en su hijo, una intuición artística, y lo metió a una escuela de tango. Unos meses después, la escuela de tango becó a Fernando y el niño resolvió abandonar el fútbol. Juan apoyó su decisión. “Se le pegó el tango. Yo siempre le dije que era bueno tener aspiraciones, pero que tocaba prepararse bien, que eso era lo importante”, cuenta.

Los profesores notaron en Fernando una habilidad natural para el baile y le recomendaron presentarse a Incolballet. Juan tenía sus dudas, pero cuando Fernando llegó victorioso a la casa a contar que lo habían aceptado, entendió que una fuerza más grande que él estaba guiando el destino de su hijo. “No le dé miedo –lo tranquilizaba Fernando– cuando yo le digo una cosa, así va a ser”.

 Eso fue suficiente para que Juan y Gloria se entregaran ciegamente a las aspiraciones del joven. Despejaron la sala de la casa, sacaron los muebles, compraron unos espejos grandes y los colgaron en las paredes. Este fue el primer santuario del bailarín. Se la pasaba todo el día practicando, buscando la perfección. Era una obsesión que no lo dejaba dormir, se despertaba en plena noche a practicar los pasos y a aprender el lenguaje del ballet.

Precisamente bailando con Incolballet, Fernando tuvo la oportunidad de viajar a Cuba a competir contra los mejores bailarines de otros países. Alcanzó la final y, aunque perdió, la medalla de plata fue suficiente para que lo becaran a la Escuela Nacional de Ballet de Cuba.

Fernando llamó a su papá y le contó las noticias. Juan le dio permiso de estudiar en Cuba, pero también expresó su preocupación:
—Dígame una cosa: el día que usted pierda una competencia, ¿qué va a pasar?
—Olvídese de eso –respondió Fernando–, Dios me ha destinado así.

Con el agua en el estómago

En Cuba, Fernando Montaño pulió lo que había aprendido en Colombia y mejoró su nivel. No fue nada fácil. Aunque estaba becado en la escuela, no tenía ingresos para alimentarse. Sus padres hacían lo que podían desde Cali, pero no era suficiente.

La vida en Cuba era tan penosa que pensó varias veces en devolverse. Le tocaba esperar el bus hasta tres horas para ir a casa después de un día largo de entrenamiento y, a veces, entrenaba sin haber comido. “Bailaba apenas con agua en el estómago”, recuerda. Juan se sentía inútil, no podía hacer nada para ayudar a su hijo.

Al año su suerte cambió. La abuela de Venus, una bailarina con la que había entablado amistad, le cogió mucho cariño y lo adoptó. Lo mantenía confeccionando y vendiendo trajes de ballet, y lo hacía porque creía en él. Ella también sabía que Juan vivía agobiado de pensar que Fernando estaba sufriendo y pasando hambre. Un día lo llamó y le dijo: “Usted duerma tranquilo porque le está dando futuro a su hijo”.

Irónicamente, Juan casi se muere de la tristeza cuando Fernando se graduó. Quería estar presente para ver a su hijo recibir tan merecido diploma, pero el presupuesto no le daba para viajar a Cuba.

Escondido en un convento

Ya graduado, Fernando se enfocó en llegar a Europa. Venus había encontrado trabajo en Italia y le insistió en que la siguiera. Necesitaba visa, y para eso el Ministerio de Cultura tenía que otorgarle un permiso especial para artistas. Juan y Gloria viajaron a Bogotá, pero en el Ministerio nadie les ayudó. Se les ocurrió ir al Instituto Italiano de Cultura, donde Juan se hizo amigo del portero del edificio quien, después de conocer la historia de Fernando, los conectó con la persona indicada. Un trámite que generalmente dura 15 días tardó apenas 20 minutos. Sin verlo bailar, solo a fuerza de escucharlo, el funcionario del Instituto Italiano de Cultura quedó convencido del talento de Fernando.

Los primeros meses en Italia vivió a escondidas en un convento de Turín. Venus le había arrendado un apartamento a las monjas de clausura con una condición irrevocable: estaba terminantemente prohibido el ingreso de hombres. Todas las mañanas, Venus hacía guardia en los pasillos para que Fernando pudiera salir corriendo sin que lo vieran. Por las noches volvía tarde, cuando ya las hermanas se habían ido a dormir.

El plan funcionó hasta el día que la mamá de Venus llegó de visita. Invitaron a algunos amigos e hicieron una comida en el apartamento. Fernando entró como siempre, sin que lo vieran. Pero después de la comida, cuando ya era tarde, alguien tocó a la puerta. Debido al ambiente de fiesta, Fernando se descuidó, abrió y se encontró con la mirada austera de la madre superiora. Fernando tuvo que salir disparado a buscar con urgencia un hogar improvisado que, finalmente, le ofreció un amigo de Venus.

Un buen día, la ex directora de la escuela del English National Ballet, Jane Hacker, vio a Montaño bailar en un festival. Impresionada con su talento, le sugirió presentarse en alguna compañía de ballet en Inglaterra. Ella misma se ofreció a organizar las audiciones. Los primeros que lo vieron bailar fueron los del Royal Ballet. La siguiente audición era en el English National, pero Fernando no alcanzó a cumplir la cita. El Royal Ballet lo recibió de inmediato. “En ese momento supe que todo mi esfuerzo no había sido en vano”.

De oruga a príncipe

Londres fue para Fernando como una revelación. Gente de todas las razas y de diferentes orígenes hablaba en idiomas que nunca había oído. Al principio, se sintió perdido. El inglés se le dificultaba y en el Royal Ballet solo era un bailarín entre muchos. Sin embargo, cuando le llegó el primer cheque, por primera vez pudo expresarles gratitud a sus padres. No era mucho, pero era un gesto de retribución a quienes lo habían apoyado desde el principio.

A pesar del orgullo que sintió al recibir el cheque, que confirmaba que Fernando por fin había triunfado, su madre no alcanzó a verlo bailar. Unos días después, falleció de cáncer. Su primer respaldo, la persona que mejor lo conocía, la mujer que le había dado la vida cuando pensaba que ya no podía tener más hijos, se había ido para siempre justo cuando él empezaba su carrera.

Fernando gritó, lloró, se dejó desolar por la noticia. Pero no se amilanó. A pesar de tener un permiso de 20 días para ir al sepelio y atender el luto con su familia, solo estuvo cinco días en Cali. Luego regresó a Londres. Tal era su obstinación: el mejor homenaje que le podía rendir a su mamá era trabajar aún más duro.
Llegar a Londres solo era el comienzo. Le faltaba desplegar las alas y darse a conocer. Y entonces se le apareció la virgen en la figura de Vivienne Westwood, la famosa diseñadora de modas. Un día, caminando por las calles de Covent Garden, un hombre se le acercó y le preguntó si era modelo. Era el productor musical Mark Stephenson quien, al saber que Fernando bailaba con el Royal Ballet, prometió ir a verlo algún día. Tres meses después llegó a una función acompañado de Westwood, y fue amor a primera vista.

Fernando estaba en el camerino quitándose el vestuario y limpiándose el maquillaje cuando recibió la carta. Vivienne Westwood lo invitaba personalmente a colaborar para ella en una pasarela que estaba organizando. Quería que Montaño hiciera la coreografía del ballet contemporáneo que haría parte de Alchemy, un desfile de moda.

Vivienne Westwood, una de las personalidades más respetadas en el mundo de la moda, diseñó el traje que Fernando usó para la pasarela y, mientras tanto, ambos fueron alimentando una relación que cada día es más estrecha. Guardadas las proporciones, Westwood para Fernando ha sido como Elizabeth Taylor para Michael Jackson: una mujer bienvenida en los círculos más glamurosos del jet set internacional que ha relacionado al bailarín colombiano con un ambiente exquisito y exclusivo, al que es imposible entrar sin credenciales.

Ella es, además, su consejera, su asesora de imagen, quien permanentemente le recuerda que el escenario no solo queda en el teatro, sino en cualquier lugar adonde vaya. Y es a ella a la que Fernando le ha confesado su mayor ambición: “Ya fui el bufón en La cenicienta; ahora quiero ser el príncipe”. Y Westwood no ha hecho sino estimularlo, tanto que ya le regaló la chaqueta de príncipe, como símbolo de la fe que ha depositado en él.  

Fernando entra y sale de la casa de Westwood como si fuera su hijo. Gracias a ella se le han abierto las puertas en el mundo del modelaje. Y aunque por proteger su cuerpo no puede hacer pasarelas, posa frente a la cámara con naturalidad. “Este mundo todavía me asombra –admite–, es un poco surreal pensar en la gente que he conocido y las cosas que he logrado hacer”.

Juan no ha podido viajar a Londres a verlo en el escenario. No se puede imaginar la escala de prestigio y glamour que le llueve a su hijo, pero lo intenta. Una cosa sí tiene clara: Fernando logró su sueño de llegar a ser alguien. “Me siento orgulloso no solo porque es mi hijo, sino porque también está sacando la cara por Colombia”.

Y sí. Su hijo ha bailado para famosos como Michelle Obama, Jude Law, Claudia Schiffer, Naomi Campbell y Madonna, entre otros, pero no solo es admirado por gente influyente. También por los fanáticos comunes, los que votan en los premios LUKAS para homenajear a los hispanoamericanos más destacados del año en Londres y que, cautivados por su talento, acaban de elegirlo como el mejor de 2012.

Westwood le entregó personalmente el galardón. Y él, en agradecimiento por el premio, bailó sobre un papel especial con los pies entintados, técnica del artista peruano Luis Casanova llamada Signapura, una obra de arte que ratifica, literalmente, un hecho cumplido: Fernando Montaño, a sus 28 años, está dejando huella.

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