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Juan Carlos Bayona, con el bastón y sin el mando

El exrector del Gimnasio Moderno nos abrió las puertas de su casa para hablar de poesía, de fútbol, de su vida en España y de lo que para él significa la educación.

La casa de Juan Carlos Bayona, exrector del Gimnasio Moderno, es así: una sala grande rodeada de ventanales que dan hacia un jardín muy verde; un piano antiguo recostado contra una pared cerca a la entrada y, encima, la figura en metal de un Don Quijote que sostiene la bandera de España; cuadros de pop-art que se mezclan con pinturas clásicas y, al fondo, el pasillo que conduce a las habitaciones. A la derecha de la sala, una biblioteca en la que sobresalen libros de Cortázar, Julio Verne, Bertolt Bretch y Gonzalo Arango; en la parte de arriba de los libros, en un lugar visible y notorio, está el bastón que hasta hace unos meses perteneció a la banda del Gimnasio Moderno. Su trofeo. “Me lo regalaron los chinos, hermano. El día que me fui del colegio me lo entregaron y yo lo puse ahí porque es una cosa tan bonita… jueputa: una vaina de los afectos. A mí me hicieron llorar. No sé cómo explicarlo… ¡es que esto lo cuidan más que el pipí!”Va hasta la biblioteca y lo baja; lo agarra con las manos, marcha, le da la vuelta. “¿Sabe qué? Con todo esto de mi salida yo pienso que los estudiantes actuaron de la manera en que querían actuar, y como sentían que debían hacerlo. Y eso es lo que uno le pide a una persona: que exprese lo que tiene por dentro, lo que es. En una sociedad donde todo el mundo es estratégico, eso es bueno. Ellos se negaron a volver a clase, se manifestaron; yo les dije que pararan, pero ellos me dijeron: “No, Juan Carlos: te desobedecemos”. Me sentí feliz. Sabían que no podía aprobar su conducta pero que en el fondo me sentía orgulloso. Es que yo conozco mucha gente que lo único que ha hecho en la vida es obedecer y no obedecerse. Y esa es mi gran lucha con la educación”. Se sienta en el sofá de la sala. Se apasiona cuando habla. “Todo eso que pasó fue genial porque el estrato seis nunca protesta, entre otras vainas porque no vive en este país. ¿El estrato 6 coge Transmilenio? No. Yo sí, soy de la clase media, pero me eduqué allá. Esa era mi pelea”.

***Durante 14 años Bayona fue rector del Gimnasio Moderno, uno de los colegios más ilustres de la sociedad bogotana. “El Ovejo”, como se le conoce popularmente, abandonó su puesto a principios de febrero en medio de una polémica de varios meses entre padres, directivos y profesores. Mientras bajaba la tormenta, viajó unos días a Nueva York con su esposa Cristina y ahora es un desempleado más. Pero se lo toma con calma y, sobre todo, con humor: “Ahora me llaman ‘el aviador’ porque se la pasan diciéndome: usted que tiene tiempo, vuélese por una bolsita de leche”. Se ríe. “Estoy tranquilo; voy a retomar mis columnas en Portafolio y quisiera seguir vinculado con la educación, pero desde el sector público”. No es para menos: durante toda su vida ha estado ligado a ella, incluso durante casi la totalidad de los ocho años que vivió en España. A Madrid llegó para hacer un doctorado en Ciencias de la educación después de haber estudiado Filosofía en la Universidad del Rosario. Entonces era un joven que andaba por los veintitantos y España un país que vivía días de esplendor luego de décadas de dictadura. “Fue una época maravillosa –recuerda–. A mí me tocó una España en su máxima expresión; había una cultura tremenda, una vida llena de fuerza. Recuerdo que durante mis primeros días en la Universidad Complutense veía gente que salía y salía de un sótano, y yo pensaba: “¡Carajo, ese salón no lo conozco!”. Después me di cuenta de que era un bar. Entonces pensé: este sí es un país serio”. Pero no fue fácil. Por un lado, logró acceder a un mundo intelectual privilegiado gracias al libro de poemas Los lagos del deshielo, que publicó en Madrid, en 1992, pero por el otro vivió días difíciles en los que no tenía dinero para comprar un almuerzo. Cuando acabó sus estudios vivió en Sevilla, donde, durante un año y medio, abandonó la educación y decidió dar un giro a su vida. “Allá conocí una mujer maravillosa llamada Charo García Lucero, que tenía una compañía de producción de cine y espectáculos. Entré a trabajar con ella manejando los camiones de la empresa y así empecé. Después me volví ‘cablero’ y acabé como jefe de producción. Para entonces ya había abandonado la Filosofía y las Ciencias de la educación y me había dedicado a las cosas de las que a uno no lo gradúan, pero que lo divierten más”, dice. Volvió a Colombia para darle vuelta al bar que tenía junto a su hermano en el norte de Bogotá (que se llama, precisamente, El Ovejo), y por pura casualidad conoció a su esposa Cristina. Regresó a España, pero no aguantó más. Desde allá la llamó y le dijo: “¿Y tú qué piensas hacer en los próximos 50 años de vida?”. Entonces volvió para quedarse.

***Cuando le hablan de Antonio Machado, el gran poeta español, Bayona se levanta de la silla y luego se arrodilla. “Mi padre”, dice mientras se persigna. Luego habla de poesía y educación con una pasión sincera: “Mire: yo creo que la educación es un oficio poético porque en ella, como en la poesía, se trata de buscar identidad. La poesía y la educación son formas de luchar contra el fin, contra lo inevitable, y pensar un mundo donde quepamos todos. ¿Por qué no? Es utópico, lo sé… ¿y qué?”. Se levanta y va hasta la biblioteca; saca un libro de poesía y comienza a recitar Advertencia, del también español Felipe Benítez: Si alguna vez sufres –y lo harás–/ por alguien que te amó y que te abandona,/ no le guardes rencor ni le perdones…La poesía, dice, le gusta tanto como el fútbol (“cuando jugaba, me decían ‘la poesía del medio campo’: un juego inútil, pero bello”) y más que su adorado Millonarios. Se sabe de memoria las formaciones que ha tenido el equipo y casi nunca se pierde un partido. De afuera le gusta el Rayo Vallecano, de Madrid, porque vivió mucho tiempo en el barrio de Vallecas; sobre jugadores dice que Messi es bueno, pero que prefiere a Pelé o a Jairzinho.Al final suelta una sentencia que va más allá del fútbol: “Creo que hay es que divertirse. No pasa nada, nunca pasa nada. Y, la verdad, me parece que siempre somos muy dramáticos”.

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