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Una nueva vida de los nukak

Martes 7 de diciembre de 2010

Los 500 indígenas que sobreviven ya no son nómadas, quieren sembrar yuca pero tienen que raspar coca. Ocultan su desnudez con ropa ajena y tienen que acudir a los centros médicos porque su medicina ancestral ya no funciona. 

Foto:Juan Pablo Gutiérrez
Una nueva vida de los nukak
La ropa se volvió indispensable para ellos, pero no les dura mucho porque la humedad de la selva la deteriora con rapidez.

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Wembe tiene 38 años y es uno de los pocos miembros de la comunidad nukak makú que todavía sale en las madrugadas a cazar churucos (micos) con cerbatanas y puyos. Cada vez tiene que caminar más lejos para encontrar monos porque los ciervos y los cerdos de monte desaparecieron cuando empezaron a tumbar la selva. En sus caminatas cada tanto se topa con las cercas que protegen los cultivos de coca de los blancos o con las fincas de los colonos que sí tienen animales y comida en sus potreros. Ya no los dejan pescar porque lo hacían con un veneno natural que es prohibido y sus mujeres ya casi no pueden salir a buscar las pepas con las que hacen la chicha. Cada vez más, él y su familia dependen de las ayudas alimentarias que entrega el Gobierno.

Este grupo es el que más cerca está del resguardo de 956.000 hectáreas que les entregó el Gobierno en 1993 y que no ocupan hace más de siete años. Salieron expulsados poco a poco por el conflicto entre guerrillas y paramilitares por los cultivos de coca y por las enfermedades transmitidas por los blancos que los obligaron a buscar ayuda médica del Estado.

“Hasta hace algunos años, los nukak –abuelos, niños y mujeres– no usábamos pantalonetas ni ropa para vestirnos. Sólo guayucos de corteza de árbol. Fueron los colonos los que nos dieron ropa para quitarnos las tierras”, le dice Wembe a Juan Pablo Gutiérrez, un fotógrafo colombiano que se internó en el Guaviare para fotografiarlos y dejar un testimonio vivo de la que fue, hasta hace una década, la última tribu nómada de América.

Su carácter de cazadores y recolectores que recorrían la extensa selva amazónica se empezó a perder a medida que la frontera agrícola se ampliaba y se daba el inevitable contacto con los blancos. Quedaron acorralados en un pequeño espacio que después fue invadido por los grupos armados, hasta que en 2003 se vieron forzados a salir en grupos grandes hacia San José del Guaviare. El Estado se vio obligado a atenderlos, a darles comida, ropa y medicinas. Ese fue el sello de su exterminio.

Aunque encontraron alivio para sus enfermedades, su cultura y sus costumbres desaparecieron en la ciudad. Se quedaron varios años hacinados en fincas cerca al pueblo. No volvieron a cazar ni a pescar. Conocieron el dinero. Le encontraron el gusto a la gaseosa y el cigarrillo, a los corridos y a los vallenatos. Empezaron a necesitar jabón y crema de dientes. Ya no querían mico y semillas: pedían pollo y huevos. Dejaron de fabricar la chicha, preferían el aguardiente y la cerveza.

Por eso, cuando intentaron retornar a la selva hacer cuatro años, el plan fracasó. Se adentraron en la manigua vestidos, cargando con ollas de aluminio y grabadoras al hombro, pero con la intención de no alejarse de los médicos blancos: temían volver a enfermar. “Mis hermanos o los niños comienzan a vomitar cuando los aviones pasan botando agua (fumigación de cultivos de coca) y se mueren por problemas de respiración. Así, de una. Y los rezos de mis hermanos ya no sirven para esas enfermedades nuevas que nos trajeron los blancos”, se queja Wembe, mientras a su lado un anciano, el líder de la familia, reposa en una hamaca atormentado por los dolores.

Varios grupos familiares se devolvieron a la civilización y a pesar de múltiples intentos por regresar a su antigua forma de vida no pudieron ser los mismos de antes. Algunos están otra vez en el pueblo y buscan a “papá Ramón” (Rodríguez), el funcionario de Acción Social encargado de encausar la ayuda estatal a los nukak. Le piden sal y aceite y una volqueta que los lleve a cazar y recolectar. Quieren toallas higiénicas para sus mujeres y cuchillas de afeitar para ellos.

Algunos están en la selva sembrando yuca, piña y chontaduro y otros, como Wembe y su familia, hacen el último intento por sobrevivir solos: “Nosotros tenemos que trabajar en la coca para poder tener nuestra maloca aquí por unos meses, pero las mujeres y los niños tienen mucha hambre porque los hombres ya no cazamos tanto como antes porque también tenemos que trabajar en la coca. Tenemos que dejar solos a nuestras mujeres y a nuestros hijos. Las cosas no son como antes, ¡qué se le va a hacer!”. 

Cromos.com.co
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