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El festín de los sentidos

*“Todo el que nace en noviembre es hecho en los carnavales”, canta, en una picante estrofa, Dolcey Gutiérrez, prolífico autor de canciones de  carnaval.*

 Razón no le falta: el carnaval, además de irreverente burla del orden y las jerarquías, es la más impúdica incitación al desenfreno de la carne. Carne de carnaval somos todos en cuanto abandonamos la segura, regulada vida de nuestro hogar para sumergirnos en el turbión de esta fiesta pantagruélica  y comportarnos como si de repente se nos hubieran olvidado todas las prohibiciones que a diario se interponen entre nuestra piel y la piel de los otros.

Se lo comento a mi vecino Georg Bernecker, alemán del norte, y a Rocío Neira, su esposa bogotana, mientras nos dirigimos hacia la Vía 40, centro planetario de la fiesta. Como todavía  faltan tres horas para el comienzo de la Batalla de Flores, llevo a mis amigos al cercano Barrio Abajo, el lugar donde nació el carnaval barranquillero, probablemente  en los años treinta del siglo XIX.

Los estrechos callejones están llenos de hombres y mujeres de rostros proletarios y amistosos que más que caminar van bailando y tarareando por las aceras las canciones de Joe Arroyo. Los hombres van ensombrerados y visten camisas chillonas, cortejan a las muchachas que pasan luciendo polleras de cumbiambera, se hacen bromas pesadas, se pasan, unos a otros, una botella de ron blanco mezclado con jugo de limón. Uno de ellos le ofrece la botella a Georg. “Zámpate el trago, gringo güevón”, le dice confianzudo. Georg me mira desconfiado pero termina bebiendo, como los demás, a pico de botella.

En una esquina de la avenida La María, frente al estadio de béisbol, la gente rodea a un grupo de letanieros, nada menos que Los Lenguamocha del Barrio Abajo, que, como apertura de su acto callejero, improvisan una oración sacrílega: “Padre Momo, que estás en los suelos, bien borracho sea tu nombre, santificadas sean las parrandas y benditos los que vienen a ellas…”.  El grupo nació hace sesenta años y en estos carnavales sus temas centrales son el maltrato a la mujer y los carruseles bogotanos de la contratación.  El improvisado auditorio remata con sonoras carcajadas cada letanía.

Los letanieros son poetas callejeros: burlescos, satíricos, grotescos, obscenos, irreverentes, corrosivos, cínicos. En cada barrio hay dos o tres  cofradías de estos herederos de los juglares sicalípticos de los carnavales españoles, tanto los peninsulares como los de las islas Canarias. Cada grupo tiene su propio vestuario y su propia escenografía. Una de las tantas prácticas paganas de muy variada procedencia que encontraron un complaciente refugio profano en esta fiesta mestiza y enriquecieron su sorprendente oralidad.

Damos unas cuantas vueltas por los callejones del Barrio Abajo, con sus casitas de colores de puertas y ventanas eternamente abiertas y sus equipos de sonido sacados a la calle. De vuelta a la Vía 40, vamos dejando atrás los reguetones obscenos que disparan los gigantescos parlantes. Llegamos a tiempo para ocupar nuestros puestos en el palco y ver el comienzo del desfile. Lo abre, como manda la tradición, la carroza de la reina, Andrea Jaramillo Char.

Georg critica, en un español correcto aunque bastante accidentado en su fonética, la manía colombiana de elegir reinas en todas las fiestas populares, sean éstas urbanas o pueblerinas.  “Es que ustedes son demasiado machistas”, me dice. Y me recuerda que en su país los carnavales no tienen una reina sino un príncipe, que es escogido entre las familias pudientes de cada ciudad pues una de sus obligaciones es la de contribuir generosamente a la financiación de las fiestas. 

Yo contraataco y le digo que esa costumbre me parece tanto o más machista que la que él critica. Y le aclaro que aunque hay familias dinásticas como los Donado, que han aportado varias reinas al carnaval de Barranquilla, el único requisito que se le exige a la soberana elegida es ese dominio del baile en todas sus expresiones caribes y la inagotable energía de que hace gala Andrea Jaramillo Char. Rocío interviene con su irónica racionalidad andina y da por zanjado el asunto: “Es que en Colombia los hombres son muy feos.  En este país nosotras somos las de mostrar”.

Georg y Rocío están encantados con el desfile. Las comparsas, las cumbiambas, los grupos folclóricos, la polifonía de las voces y los instrumentos, la destreza clásica de los bailarines, la suntuosidad de los vestuarios y la originalidad de los disfraces hacen de la Batalla de Flores el mayor espectáculo folclórico del país. Las danzas más tradicionales llegaron hace muchos años desde los pueblos de las riberas del Magdalena y del canal del Dique o de la lejana isla de Mompox.  Por eso abunda la evocación del caimán, de los coyongos, de los negros cazadores de tigres.

Por el color de su piel y los movimientos de sus caderas  es fácil identificar a los danzantes como descendientes de los negros cimarrones y herederos de las culturas chimila, zenú, mocaná, kalamarí. Esas culturas, mucho más antiguas y profundas que la nuestra, nos trajeron la riqueza de sus danzas, la pureza de sus cantos, surgidos en diferentes períodos de las culturas negras e indígenas del Caribe colombiano. Prehispánicos unos, de la Colonia y de los tiempos de la esclavitud, los otros. Sus bailes reproducen escenas que hablan de esplendores fluviales, de combates por la libertad y el honor y sobre todo, de sexo, que fue para sus abuelos y sigue siendo para ellos, la más rotunda expresión de libertad.

El público está embriagado de color, música y alcohol. El olor a sexo alborotado se esparce por el cumbiódromo  y lo cubre como una segunda atmósfera. En las agrupaciones donde la influencia africana es más notoria,  la sensualidad de los movimientos alcanza niveles lúbricos. Las parejas parecen embestirse sexualmente, sin perder el paso, mientras un aguacero de cuero y baqueta eleva paulatinamente el ritmo de la percusión. Las flautas de millo jadean, imitando la respiración premiosa de los amantes. Los tambores acompañan, acompasan  los simulacros de cópula de los bailarines. Georg y Rocío no salen de su asombro. Se sienten atrapados gloriosa, gozosamente en esa jungla del amor carnal desaforado.

Pasa la Danza del Congo, que tiene cuatrocientos años de antigüedad y nos llegó de África a través de Cartagena hace 130 años y ya es un símbolo de nuestra ciudad. Le sigue la de los Coyongos, que nació hace 237 años en Guamal (Magdalena), pero ya es tan de aquí como los Cabezones de la Almendra. O como los vendavales de maicena que se desatan al calor de la música y el ron, herencia de los carnavales andaluces, donde lo que se arrojaba era harina y almidón. Los diablos arlequines con la boca llena de kerosene, arrojan lenguas de fuego hacia los cuatro puntos cardinales.

Pasa la Danza del Garabato, a la que han pertenecido varios alcaldes, gobernadores, ministros, senadores y hombres de empresa, que nos llegó también de España hace 120 años y aquí se transformó en un ceremonial que mezcla lo popular con lo aristocrático. Los niños bonitos de la jai danzan una trepidante alegoría de la muerte, acompañados por los lamentos de las flautas de millo y el reiterativo, telúrico golpe de unos tambores que vienen repitiendo lo mismo desde los tiempos de los palenques. Música hecha por la gente pobre de Soledad, que encierra toda la alegría y toda la tristeza de que es capaz el pueblo caribe en carnaval.

Pasan cientos, miles de disfrazados. La total inversión de las jerarquías sociales. Personajes bíblicos mezclados con miembros de la mafia. Shakira gambeteando a  Piqué.  Pablo Escobar y Raúl Reyes redivivos amenazando a la concurrencia. Los bomberos de Puerto Colombia con mangueras muy parecidas a penes. Bin Laden persiguiendo con una granada a la Chilindrina. Uribito arrinconado por monocucos recocheros mamadores de gallo y de ron. A Hugo Chávez lo ponen en ridículo unas mujeres velludas que visten ropas de señores y lo abrazan y lo besan hombres de aspecto mujeril. Generales sin cara y sin ejército,  odaliscas libidinosas, monstruos mitológicos.  Un policía impone multas a un hombre por pendejo y por cachón y a otro por haberse casado de nuevo. También los fracasos conyugales ocurridos en la ciudad son objeto de burlas.

Amparo Grisales saluda desde su carroza, con el brazo erizado y el mínimo bikini de fantasía irisado  de lentejuelas y piedras brillantes. La gente comprueba que lo de sus carnes prietas no es simple propaganda de elíxires. “No joda, cipote hembra, viejo men”, grita un bacán en una bocacalle. Rocío, la bogotana, rezonga en el palco. A Georg se le van los ojos.

Pero el cumbiódromo, con sus palcos pagos y su bouquet de whisky caro no es el único escenario de los desfiles. El de la 44, con reina propia, y el de la 17, más al sur, en donde la figura central es el humilde Rey Momo, son maravillosos espectáculos gratuitos, con grupos folclóricos, cumbiambas y comparsas que no tienen nada que envidiarles a los que desfilan en el cumbiómetro. El carnaval se ha descentralizado, se ha vuelto más incluyente. Quienes no pueden costearse un palco, acuden a gozar gratuitamente de estos desfiles donde, como dice la voz del pueblo, se vive y se goza el carnaval “desde el andén”.

El Miércoles de Ceniza, con Joselito Carnaval ya bajo tierra, vamos a sacarnos el guayabo a Puerto Velero. El camarero, un hombre maduro, con las arrugas y las canas bien llevadas, nos pone en la mesa un refajo tan helado que la jarra quema los dedos al tocarla. Una chica, embutida en una camiseta a punto de estallar por el empuje de unos senos potentes, pasa junto a la mesa. A Georg se le van los ojos. El camarero le dedica un guiño de viejo celestino. Rocío mira divertida para otro lado.  

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