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¿La caballerosidad es afrodisíaca?

Por: 
Martín Tournier
Una buena dosis de miradas y sonrisas, no es suficiente para encontrar el amor.

Hay de cierto en este dicho popular, que flota hace años de boca en boca y que, en una de sus versiones menos normativa, presume que para las mujeres la caballerosidad irreflexiva no es del todo afrodisiaca.

En otras palabras: a las chicas les gustan las cochinadas; que les hablen, las aborden y las miren como putas, en su justa dosis y en el momento adecuado. Ya hemos discurrido en este espacio acerca de la incuestionable ventaja que, a la hora de seducir, tienen los hombres de comportamientos dominantes, machos alfa que no se arrodillan y que, al contrario, se aprovechan de esa extraña y paradójica condición femenina según la cual entre mejor las traten menos atención prestan.

Yo intuyo que son esos mismos mecanismos los que se disparan cada vez que les digo a ustedes cochinadas –en la cama, por supuesto, aunque esto es lo más obvio, y en la calle–. Decirle cochinadas a una mujer es un arte tan complejo como el del banderillero o el francotirador. Se necesita agudeza para identificar el momento oportuno, rapidez para ejecutar y recursividad en el procedimiento. Una mínima falla en alguna de estas dimensiones y una sonrisa se convertirá al instante en un bofetón.

Ser cochino tiene su ciencia. No se puede caer en el lugar común ni en la grosería descarnada. La cochinada perfecta se suelta una y solo una vez, es irrepetible, como una flor que se arranca y se entrega. Y debe ocurrir frente a unos pocos que entiendan el gesto de sucio galanteo.

¿Cómo sabe un seductor si maneja el arte de hablar cochinamente? Basta con mirarlas de reojo y disfrutar, si es el caso, ese delicioso sonrojar que no pueden contener cuando les dices eso que, en otro contexto, te hubiera costado un doloroso moretón.

 

Foto: Istock.

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