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El matoneo empieza por casa

La intimidación sistemática entre alumnos tiene sus raíces en el propio hogar, pero se afianza en las aulas si los colegios no están atentos. ¿Cómo hacer para que nuestros hijos no sean víctimas?

Julián, de 9 años, ha engordado 10 kilos, no habla desde hace dos meses y a diario se inventa enfermedades para no ir al colegio. En el psicólogo, llorando desesperado, confiesa que le da miedo. Algunos compañeros se burlan de él, lo golpean, le quitan la plata y le gritan a todo pulmón: “¡noño! ¡lechona!”. Algunas amigas al principio lo apoyaban; ahora ni los profesores saben que existe.

María tiene agorafobia y sufre ataques de pánico. Por ningún motivo quiere volver al colegio. Ni siquiera sale de su casa desde que sus compañeras subieron una foto suya a la red, acusándola de haberse rumbeado a su mejor amiga. Pedro vomita después de comer, Carmen padece depresión infantil, Roberto se quedó sin juguetes tratando de comprar aprobación y de evitar burlas. Ahora lleva dinero robado de su papá para los matoneadores.

El matoneo (llamado bulling en Estados Unidos) es una intimidación persistente directa e indirecta sobre un niño, que rompe todas sus defensas o áreas de seguridad hasta llevarlo a un deterioro profundo de la autoestima. El matoneo es todo lo que otros niños hagan a sus compañeros con la intención de humillar, excluir, maltratar, vulnerar y dañar. Puede ser con participación activa, o de manera pasiva participativa; esto es, festejando los abusos y celebrando los descalabros.

Nuestros hijos pueden estar siendo víctimas o victimarios sin que nos percatemos. Y ambos casos son igual de graves. El matoneo ha dejado de verse como algo anecdótico y es analizado desde la psicología infantil como un fenómeno de maltrato con graves consecuencias en el desarrollo de la personalidad. En Colombia aún no tenemos porcentaje de alumnos hostigados, pero en los Estados Unidos la cifra es del 20%, con un incremento del 5% anual. Es probable que existan muchos más niños implicados, pues el mayor agravante de este fenómeno es el de no poder contarlo por miedo a ser de nuevo maltratado.

El entorno de quien acosa

El ‘malo del curso’ ha existido siempre. Es ese estudiante agresor que sólo se comunica con abuso y violencia; es aquel niño que sólo posee el maltrato como manera de relacionarse y que, por lo tanto, también es una víctima. Ese niño, que desconoce valores y habilidades nutritivas, también sufre, y es el fiel heredero de una cultura, de una familia, de un entorno de agresión en medio del cual pisar a los otros, ganar a cualquier costo, es un valor.

Para muchos niños, el maltrato es la única manera de hacerse escuchar. Generalmente, no hacen sino replicar comportamientos y actitudes negativas del papá y de la mamá, en un hogar donde la jerarquía se vive con desprecio y castigo, de manera violenta hacia “los inferiores, débiles y diferentes”. Casi sin darse cuenta, los padres motivan a los hijos a tener un lugar de poder a cualquier precio. Los hijos, así, se convierten en “arrasadores” que pasan por encima de los otros.

De otro lado, hay entornos mediados por la agresión para solucionar los conflictos (el caso de Colombia), y entornos en los que, pasivamente, la violencia se ha convertido en un valor, como en el caso de la televisión. Estos entornos condenan al niño a cargar con la rabia de su sistema, de su sociedad, y por ende, a buscar atención negativa, manipulación y liderazgo aplastante al expresar sin filtro la violencia que vive.

El silencio cómplice

En su libro Si todo es bulling, nada es bulling, el psiquiatra chileno Sergio Canals lo dice explícitamente: “El silencio de la comunidad escolar, incluidos los profesores y la familia, agrava el matoneo”.

Si bien es cierto que algunos colegios son pioneros en el trabajo contra el matoneo, aún hay muchísima desinformación y muchos profesores que no hacen nada para detener el maltrato, pues saben que no encontrarán apoyo institucional. Un profesor que hace una denuncia y evidencia el matoneo, puede dañar la imagen del colegio en el que trabaja y poner en peligro su fuente de trabajo. En ese sentido, hemos dejado solos a nuestros niños, observándolos desde la consciencia de la culpa y no desde la responsabilidad. Es así como el profesor cae en la dinámica, junto con el colegio y la comunidad, de una complicidad tácita.

¿Qué hacer?

Hay que levantar los tabúes y evidenciar el maltrato, no sólo el que ocurre entre pares, también el que sufren los profesores de parte del colegio y de sus propios alumnos, y el que sufren los padres de familia cada vez que sugieren correcciones al colegio.

Hay que romper con lo que llamamos “presencia ausente de la autoridad”, porque todos estamos involucrados. Todos hacemos parte y somos corresponsables de proteger a los niños, independientemente del lugar que ocupen en el conflicto. Más allá de víctima o victimario, son solo niños que buscan amor.

La acción coherente es más potente que el discurso. Los niños tienen los valores y su sentido de justicia y solidaridad intactos. Es la crianza y nuestra vivencia desde los antivalores, las que los contagia. Ellos repiten nuestros patrones y los modelos de relación.

Como padres, podemos despertarles de nuevo los valores y motivarlos a vivir desde ellos. Esto implica ser coherentes en nuestra vida, dejar los dobles mensajes, comenzando por nuestro propio entorno, para generar un liderazgo sano e integrativo y no uno basado en el poder de la violencia.

Son necesarias unas empresas que no atenten contra la familia ni la crianza, y unas familias que resuelvan las diferencias sin ser excluyentes; que vivan el sentido pleno de la libertad de cultos, de género, de raza y de extracción social; que respeten y honren la diversidad y el libre derecho a la personalidad y sus expresiones. Esto es anteponer el amor al control y la fuerza del cariño a la fuerza bruta.

Así orientaremos a nuestros niños hacia la convivencia y los bajaremos del bus de la competencia desalmada, de la felicidad vacía, esa que se gana sacrificando a otros. Porque el matoneo también aparece cuando uno surge pisando a otros, cuando uno se enriquece empobreciendo a otros. Si ese es el ejemplo en casa, es imposible esperar que nuestros hijos ofrezcan respuestas diferentes en los colegios.

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