Amparo Grisales sin adornos

Martes 21 de junio de 2011

La historia de Amparo Grisales antes de ser Amparo Grisales. Una verdadera novedad.

Amparo Grisales sin adornos

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16 de diciembre de 1991

Era una joven desgarbada, de marcado acento paisa, que llegó a Bogotá a los 15 años tras una oportunidad para actuar. ¡Y se la dieron! Así, a base de esfuerzo y permanencia es hoy una de las máximas estrellas de la pantalla en Colombia.

LA HISTORIA DE AMPARO GRISALES ANTES DE SER AMPARO GRISALES. UNA VERDADERA NOVEDAD

mediados de la década de los sesenta, para ver actuar a Amparo Grisales sólo había que pagar un centavo. Cuando ella tenía diez años, eso costaba la boleta para entrar en la parroquia Cristo Rey, de Manizales, donde las Grisales hacían los papeles estelares de La bruja del Colombo. Omaira, la mayor, era la bruja. Y Amparo y Luz Marina, las gemelas que debían salvar a una pequeña (rol desempeñado por Patricia). Los demás personajes, los secundarios, corrían por cuenta de los amigos del barrio –finalmente, ellas organizaban las presentaciones–.

Fernando, el único hermano de las Grisales, era la excepción. A él no le gustaba actuar. Sin embargo, cumplía un papel importante durante las funciones: dado su temperamento indomable, servía como guardián en la puerta de entrada. Impedía que alguien se colara y sacaba como fuera a quienes pretendían ponerse de ruana el espectáculo.

Estas presentaciones hicieron que el contacto con el público se volviera algo cotidiano para las Grisales. Si no presentaban una obra, desfilaban en vestido de baño. Improvisaban las pasarelas con camas y tablas, y se desenvolvían entre los aplausos del público, compuesto por los compañeros del colegio y los vecinos de la cuadra. También participaban en los coros y en las obras de teatro de la parroquia, y realizaban sus propias funciones teatrales en el patio de la casa. Eran famosas por sus habilidades histriónicas.

Amparo era la más tímida. Siempre iba a la sombra de Luz Marina, inquieta y entradora. La acompañaba adonde fuera. Estaban en la misma clase y las vestían igual, como a hermanas gemelas. Hicieron la primaria en Santa Inés, un colegio que quedaba a cuatro cuadras de las casa. Después pasaron a la Normal de Señoritas, para hacer el bachillerato.

Los domingos, a las diez de la mañana, todos los Grisales se alistaban para ir a cine. Entrar a matinal era el plan del día. Sobre todo si Marisol protagonizaba la película. Las niñas iban con trajes muy blancos y coposos. A Amparo –y a Luz Marina– la vestían con medias tejidas a mano por la mamá, pasacintas, guantes y pavas de crochet.

La ropa era confeccionada por doña Ismenia, una costurera vecina que cosía por encargo. Las faldas eran bombachas y entiesadas con almidón, y por lo general tenían un moño en la parte de atrás.

Otra de las rutinas domingueras, antes de ir al teatro, era el peinado. Y como Amparo no era bonita, Delia, su madre, le aprovechaba el pelo largo y ondulado para hacerle 120 crespos (contados uno a uno), con la intención de hacerla lucir mejor. A veces eran menos. Todo dependía de que Delia tuviera ganas de peinarla o no. Cuando le daba pereza, sólo le hacia 60. En cualquier caso, le untaba una mezcla de agua y leche para que el pelo quedara tieso y el peinado le durara todo el día.

¿Actuar? Siempre supo hacerlo

Cuando niña, otra de las obras famosas que escenificaba Amparo era Caperucita Roja. La presentaba por la noche, después de las tareas. Para hacerlo, se ponía las vestimentas que encontraba en el clóset de Delia. Entonces hacía representaciones de los cuentos infantiles, que tenía por montones. Porque su madre, con el fin de ocuparla –y a todos los hermanos–, le compraba revistas y libros de narraciones para niños.

Delia patrocinaba todas las actuaciones de sus hijas, que se llevaban a cabo cada ocho días en el patio de la casa del barrio Cristo Rey, donde vivían.

Las Grisales ensayaban toda la semana. Y a veces hacían desfiles con unas muñecas que medían más de cincuenta centímetros. Eran tan aficionadas a éstas, que les cocinaban tortas para celebrarles los cumpleaños.

Un factor que contribuyó en la formación de Amparo como actriz fue, además de la influencia materna, un profesor de arte amigo de Omaira. Él iba con frecuencia a la casa de las Grisales y les montaba cualquier obra.

Un día llego el papá con un gran regalo: un televisor. Era el primero que entraba en la casa. Lo instalaron en la sala y a partir de entonces ninguno, en especial Amparo, se despegó de la pantalla. “Cuando sea grande –decía ella mientras miraba el aparato–, allá voy a estar yo”.

Con la llegada del televisor, los juegos con las muñecas fueron desapareciendo. En cambio, los de modas nunca se dejaron desbancar. Por el contrario, ya tenían animadora: Amparo.

Para cumplir con su nuevo papel, ella tomó una caja de cartón y le abrió un hueco en el que metía la cabeza de manera que, desde afuera, parecía un televisor. Desde allí le hablaba al “público” con mucha propiedad. Anunciaba todas las funciones que se efectuaban, explicaba todo y presentaba a cada uno de los personajes. Le encantaba imitar a las estrellas de la farándula internacional que promocionaban en la televisión los jabones Lux.

Las novenas en la parroquia

Luz Marina y Amparo conformaban el grupo de la parroquia al que invitaban las emisoras de Manizales para cantar villancicos en vivo.

En diciembre, el plan estrella era hacer el pesebre. El primer domingo del mes empacaban el fiambre en un canasto y salían para el Morro de San Cancio a las ocho de la mañana. Duraban hasta las cinco de la tarde recogiendo musgo, palos, bejucos y cardos. Traían costales llenos, porque el pesebre que armaban era tan grande que ocupaba un cuarto completo. En ocasiones tenía niveles, en el más alto de los cuales se ponía la choza donde nacía Jesús.

La familia se conmovía con las novenas. Las Grisales se disfrazaban con vestidos largos y se ponían colgandejos en la cabeza para rezar. Además, unos días antes recogían tapas de cerveza para clavarlas en un alambre y hacer las panderetas que acompañaban el canto de los villancicos.

El 24 de diciembre las mandaban a la cama temprano para que el Niño Dios las encontrara dormidas. Nunca les faltó “una cosita bien buena y chiquita, a la que le sonara el empaque debajo de la almohada” para que se despertaran con el ruido del papel al rozar la funda. Tampoco algo grande (bicicleta, patines, muñecas), a los pies de la cama.

Con el correr de los años, la costumbre varió. Ahora la Navidad en casa de los Grisales se festeja con Papá Noel. Gustavo Adolfo Grisales, sobrino de Amparo, es quien se pone la barba blanca, el gorro enorme y el traje rojo, y quien reparte los regalos.

Amante de los animales

Copo es el famoso perro french poodle que acompaña permanentemente a Amparo. Es tan mimado que no hay una entrevista, una reunión o una cita para medirse el vestuario de una novela adonde no lo lleve. Cuando maneja su flamante Mercedes beige, lo lleva adelante junto a ella.

Esta afición por los animales es de toda su vida. Cuando estaba chiquita vivía enamorada de los gatos y los perros. A los callejeros les hallaba un encanto especial. Si veía alguno por la calle, lo recogía y se lo llevaba para la casa. No faltaba el gato chillón que por la noche se ponía en evidencia y los despertaba a todos. El papá salía de su cuarto, entraba en el de Amparo y le preguntaba: “¿Dónde lo tiene escondido?”. Cuando lo encontraba –debía buscarlo a medianoche porque ella no decía nada–, lo sacaba a la calle. Ella salía detrás a buscarlo a la hora que fuera.

En la Navidad de hace cinco años le regalaron una gata siamés punto azul. En año nuevo, el gato compañero. Amparo les mandó a hacer una casa con techo rojo en el patio de la casa de la mamá. Las mascotas vivieron tan felices que se reprodujeron con tremenda velocidad. Llegaron a tener 38 crías. Amparo le regaló dos a la actriz Margalida Castro, pero al poco tiempo le dio pesar y le dijo que se los devolviera. Los gatos enloquecieron a Delia, quien no tenía más remedio que abrir la puerta y soportar la invasión de tres docenas de gatitos hasta en la alacena. Por esta razón los mandó a la casa de un vecino, propietario de una carnicería. Así, pues, los gatos hoy son felices comiéndose los sobrados del negocio de su dueño.

Dandy, el predecesor de Copo, posee una historia tragicómica. Cuando Amparo filmaba Tuyo es mi corazón con Carlos Vives, tuvo que viajar en enero a las islas del Rosario. Por esa época, Dandy se salió de la casa y lo atropelló un camión. Nadie sabía cómo avisarle a ella. Al fin, Patricia se fue a Cartagena y encontró a Vives. Le contó lo del perro y le dijo que no sabía si decirle ahora a Amparo o esperar a que volviera a Bogotá. Carlos se dirigió entonces a las islas y en la travesía se cruzó con el yate en que venía Amparo. De una embarcación a otra le gritó: “Te tengo una mala noticia, pero te la voy a dar con música”. Y al ritmo vallenato entonó esta estrofa: “A tu perro lo mató un camión, a tu perro lo mató un camión…”.

Y se vino a Bogotá

Una de las cosas más difíciles para Amparo es levantarse temprano. Pero eso no es de ahora. Cuando estaba en el colegio llegaba tarde a clase. Delia, quien la despertaba, tenía que quedarse al lado de la cama llamándola largo rato. Debía esperar a que Amparo sacara un pie de la cama porque, de lo contrario, se volvía a dormir.

Sus ausencias en el colegio contribuyeron a que perdiera sexto de bachillerato. Y por ello se radicó en Bogotá. Todo empezó en las vacaciones durante la visita de sus tíos a Manizales. El día en que regresaban en taxi a la capital, sobraban dos puestos. Les dijeron a Luz Marina y a Amparo que si querían pasar unos días en Bogotá. Ellas arreglaron una maleta con rapidez y viajaron. Cuando faltaban quince días para entrar al colegio, Amparo, que no tenía la más mínima intención de regresar para repetir sexto, decidió quedarse y Luz Marina dijo que si Amparo no se devolvía, ella tampoco. Delia viajó a recogerlas, pero la convencieron para que se quedara en “esta ciudad tan grande”. De esta manera, comenzó la historia de Amparo Grisales en la farándula.

Un día ella tocó a la puerta del director Eduardo Gutiérrez en RTI. Le dijo que quería actuar; que ya tenía cierta experiencia. Y él le contestó: “Llévese este libreto de María, de Jorge Isaacs, y venga mañana, para hacer una prueba”. Al día siguiente, Amparo consiguió su primer papel en la televisión colombiana: el de Eloísa, pariente de Efraín.

De inmediato llamó por teléfono a su casa en Manizales y contó que la habían contratado para hacer un “papelito”. Cuando se emitía el programa, la familia entera, hasta la abuela, se sentaba a la hora indicada frente al televisor para verla actuar.

Para entonces, Amparo había debutado como bailarina en Estudio 15, espacio musical que dirigía Alfonso Lizarazo, quien le presentó a mucha gente de la televisión. Allí compartió el escenario con Luz Marina y otra muchacha. Se llamaban Las Zanahorias; después Las Vitaminas. El trabajo consistía en danzar detrás de los cantantes que se presentaban en el programa.

Mil novecientos setenta y seis es quizás el año que más recuerda Amparo por lo que significó en su vida profesional. Su representación de Manuela, de Eugenio Díaz Castro, le valió casi todos los premios como la mejor actriz nacional.

En seguida actuó, entre otras, en La mala hora, El gallo de oro, Gracias por el fuego, Los elegidos, Tuyo es mi corazón, Los pecados de Inés de Hinojosa, Maten al león y el musical Doña Flor y sus dos maridos, que se mantuvo varios meses en escena.

Ahora sus proyectos son diversos. A partir del 2 de enero aparecerá una vez más en la televisión encarnando a Isabel Arroyo en la novela En cuerpo ajeno, de RTI. Se trata de una Dinastía a la colombiana.

Además, prepara un larga duración con temas que ha guardado por 18 años. Compuestos por un español, inicialmente para ser interpretados por María Jiménez, jamás se difundieron debido a la censura franquista. Serán baladas con arreglos modernos a las que Amparo dará un toque sensual con su voz ronca.

Pero eso no es todo. Pronto lanzará al mercado en Venezuela, y después al internacional, una muñeca: Amparito. Llevará su mismo pelo lacio, su cuerpo escultural y sus característicos ojos rasgados. Y de seguro tendrá el mismo éxito de Amparo Grisales. De esa mujer que sigue vigente en el mundo del espectáculo, gracias a su talento y su trabajo.

Por redacción Cromos bajo la edición de María Elvira Bonilla | Cromos.com.co
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