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«Yo sí quisiera saber la verdad sobre la muerte de mi hija» Angelino Garzón

A pesar de haber sido ministro, gobernador, embajador y vicepresidente, esa muerte sigue impune. Si eso ha pasado con Angelino, ¿qué pasará con miles de colombianos?.

Jairo Dueñas

Todas sus palabras se decantan en un solo tema muy personal. Así el Vicepresidente hable de su origen humilde, de «Conchita», su mamá, vendedora de gallinas en la plaza de Buga, de sus quebrantos de salud, de la izquierda, de su vida acomodada en esta casa detrás del palacio de Nariño, todo se acumula en un torbellino que hace equilibrio en un único hilo. Hilo muy doloroso y muy íntimo: la muerte violenta de su hija Jenny Varinia, en febrero de 2000, con apenas 27 años. Ya han transcurrido catorce años y el caso sigue sin resolverse y Angelino sigue sin saber la verdad. Al Vice todavía le duele hablar en tiempo pasado de Jenny, pero igual su orgullo por ella sigue intacto. Cuenta que era muy hábil con las manos, que era fanática de Shakira, que era arquitecta egresada de la Universidad Nacional y que trabajó con Simón Vélez.

Llamo a Simón por teléfono y no es sino nombrar a Jenny para que se desborde en virtudes y piropos para ella. Era una mujer, según él, estudiosa de la guadua y el bambú, diligente, conciliadora, con un gran futuro en su carrera y muy pero muy hermosa. Recalca que su tesis fue laureada y sirvió de referencia para la construcción del pabellón de Hannover en Alemania. Para él su muerte,  en las circunstancias escabrosas en que se dio, es un sinsentido que aún falta por esclarecer.

Luego de cruzar varios corredores y patios hechos con solo ladrillos, no hay duda de que estamos en otro laberinto inmaculado de Rogelio Salmona, pero esta vez en medio de una ciudad vieja, pobre y desvencijada, justo en la esquina de la calle séptima con carrera octava, en pleno centro de Bogotá.

Después de un tapiz de Olga de Amaral, por fin desembocamos en el corazón de la casa, un gran rellano de techo cóncavo con más ladrillos, rodeado de ventanales con un bosque de persianas de madera. Antes de subir los cuatro peldaños de escaleras que luego se esparcen en un piso lustroso, una ráfaga de ladridos y una gran sombra con hocico nos dan la vuelta y nos husmean: es Orión, su mascota, un inmenso pastor alemán. 

La voz de Angelino llamando a su perro nos hace girar a la derecha para encontrarnos con él y su esposa, Montserrat Muñoz, sentados en un sofá ocre. Luego de los saludos protocolarios, nos esperan dos sillones amarillos de espaldar alto con una gran flor estampada que parece más bien una fogata. En el piso, junto al Vice, reposa su bastón con empuñadura de raíz de guadua y chonta. Al frente, sobre un sofá mostaza, tres de sus asistentes nos observan.

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«Como vicepresidente me aguantan, porque como  no fui nombrado sino fui elegido por voto popular, yo digo que me aguantan.»

 

¿Cómo le gusta que le digan más: vicepresidente, Angelino, doctor?

Angelino, si usted me dice Angelino le agradezco mucho.

¿Y lo de Vicepresidente?

Pues vicepresidente porque es el cargo que me dio la votación popular, pero ese título me dura hasta el 7 de agosto de 2014. Es una camiseta que uno tiene prestada...

... Porque su camiseta de toda la vida es la del América

Claro, porque yo soy del Valle del Cauca. La salsa y el América los llevo en la sangre y en el alma. Lo que más quiero es que el América este año pueda salir de la B y pasar a la A. Cuando puedo, veo al América, en Cali, aunque esté en la B.

Angelino, ¿usted es zurdo o derecho?

Yo soy derecho.

¿Y para qué le sirve la derecha?

La derecha me sirve para comer y me sirve para escribir. Ahora tengo un problema con la izquierda. No con la izquierda políticamente hablando (amaga con reírse), sino con mi brazo izquierdo y mi pierna izquierda. Es que a raíz del accidente cerebrovascular que yo sufrí en junio del año 2012, se me afectó esa parte del cuerpo.

¿Qué añora de su izquierda?

Pues hacía muchas cosas, la mano izquierda para mí era un gran complemento de la mano derecha, y yo creo que así debe ser también la política. En la política, la izquierda es un gran complemento de la derecha. A veces la derecha no entiende eso y pretende aniquilar a la izquierda, y ese es un error. En la democracia se necesitan los pesos y contrapesos, pasa como con el cuerpo humano.

¿Cómo le parece a usted el Angelino que sale a menudo en Blu Radio y en La luciérnaga?

Pues, el mismo.

¿Le divierte oírse?

No, no.

¿Le molesta?

No, ni mucho menos. Yo soy un hombre que defiende la libertad de expresión, como principio fundamental de los derechos humanos.

¿Y el derecho al humor?

Creo que era Francisco Quevedo, ese famoso escritor español, que decía: «Cuando la gente pierde el sentido del humor, lo pierde todo».

Angelino, ¿cuál es su frase de toda la vida, la que más repite?

«La democracia tiene sentido y gobernar tiene sentido si primero son las personas, empezando por los niños y las niñas».

¿Qué tal el vecindario?

Pues es el vecindario no solo de la Vicepresidencia sino también de la casa de Nariño, de la Alcaldía de Bogotá, del Congreso de la República y del poder judicial, es muy pobre. Yo creo que es una deuda social que tiene el Estado colombiano con la población pobre de todo este sector del Bronx y de las Cruces. El vecindario, de verdad, es muy pobre.

¿Desde cuándo vive usted aquí?

Nosotros vivimos aquí desde septiembre del año 2010, desde que fui elegido y asumí el cargo de vicepresidente de la República.

¿Qué es lo que más le gusta de esta casa?

Lo que más nos gusta de la casa es que es una casa amplia, pero a la vez es fría. ¡Muy fría! Es porque esta casa es más para clima caliente que para el clima de aquí.

¿Qué va a extrañar de esta casa?

Pues vamos a extrañar fundamentalmente a las empleadas de la casa porque son gente muy leal, gente muy noble y muy trabajadora. María, Clemencia y Maritza.

¿Y se queda en Bogotá o se va para Cali?

Pues yo vivo hace más de 38 años en Bogotá, claro que también tenemos vivienda en Cali. Pero aquí estudiaron mis hijas, aquí se hicieron profesionales, aquí hemos vivido con «Monse», y aquí yo me formé, y aquí crecí social y políticamente, por lo tanto no tengo sino palabras de agradecimiento para con Bogotá, y siento que tengo una gran deuda social con la ciudad.

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«El último Angelino que he conocido es el muñeco Angelino. Era hasta bonito. Juan Manuel Santos, cuando era ministro de Hacienda, me regaló uno con el criterio de que yo lloraba por todo como ministro de Trabajo.»

Cuando salga de acá, ¿para qué barrio se va?

Vamos a donde hemos tenido siempre la casa, que es en el límite del barrio Nuevo Country con Cedritos.

Un dolor en el corazón

A usted le mataron una hija, ¿se puede hablar de ese tema?

Se puede hablar, claro. Jenny tenía, cuando murió, 27 años. Ella fue muy buena estudiante, en la primaria, en la secundaria y en la universidad. Era la mayor, y era muy hábil con las manos. Ella se hizo arquitecta en la Universidad Nacional, luego trabajó de asistente de Simón Vélez y rápidamente se especializó en los temas de la guadua. Simón Vélez ha querido rendirle un homenaje a Jenny, y el puente, aquí a la entrada de Bogotá por la calle 80, lleva el nombre de Jenny Garzón. El Concejo de Bogotá y Antanas Mockus y Lucho Garzón, cuando fueron alcaldes en sus periodos, ratificaron que ese puente se llama Jenny Garzón.

¿Cómo murió?

Ella apareció muerta violentamente en la casa del novio, Alberto Duque,  en Chía, en Altos de Yerbabuena. Y no he podido lograr que la Fiscalía me diga qué fue lo que realmente pasó. Es que Jenny no sabía manejar ni un arma, ella le tenía mucho miedo a las armas. Ella era una persona, por principios, pacifista y era enemiga de las armas. Nunca en su vida manipuló un arma y apareció con un tiro en la cabeza.

¿El novio estaba con ella en ese momento?

Yo no sé nada, nada de lo que pasó esa noche.

¿Y usted qué cree?

Que la indujeron a un hecho violento o la mataron. Pero eso lo tiene que decir la Fiscalía, no yo.

Cuando usted dice que pudo ser «Inducida a un acto violento», ¿habla usted de suicidio?

Yo no puedo descartar absolutamente nada, el hecho fue que ahí ella murió violentamente. Pero ella no tenía personalidad suicida, yo conocía muy bien a mi hija. Mi hija le tenía mucho temor a las armas, era incapaz de manipular un arma, absolutamente, contra nadie ni contra ella.

Y el arma que manipuló, ¿de quién era?

No, es que no sé, dicen que fue un tiro de revólver, pero no más. Eso es lo que dijeron los médicos forenses.

¿Nunca hubo un arma ni un dueño de esa arma?

Pues, eso es lo que yo quiero que se averigüe, que se investigue. Es que yo no puedo hacerlo, porque yo no soy ni fiscal ni juez. Yo lo que digo es que la Fiscalía nos diga la verdad. Que la Fiscalía pueda decir «Vea, nosotros investigamos y cerramos este caso y concluimos lo siguiente». Obviamente, yo estoy dispuesto a aceptar la conclusión final de la Fiscalía, y vuelvo y le repito, lo que me interesa es la verdad, nunca restauraciones ni que haya sanciones  absolutamente para nadie, ni que nadie vaya pa’ la cárcel. Yo lo que quiero es conocer la verdad.

¿Hay una investigación abierta por la muerte de su hija?

Pues, nosotros hemos solicitado que se abra una investigación, que se indague a fondo.

¿Pero hay una investigación?

No, no ha habido investigación, propiamente dicha, no, no.

Pero en su momento, cuando ocurrió su muerte, ¿qué concluyeron las autoridades?

Nada, yo no conozco ninguna conclusión.

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«No me interesa que haya sanciones  absolutamente para nadie, ni que nadie vaya pa’ la cárcel. Yo lo que quiero es conocer la verdad sobre la muerte de mi hija en el 2000.»

 

¿Lleva catorce años sin saber por qué murió su hija?

Es que es inaudito que, a pesar de que he sido ministro del trabajo, gobernador del Valle, embajador y hoy vicepresidente de la República, esa muerte siga en la impunidad. Si eso ha pasado con Angelino a pesar de los cargos que ha tenido, qué pasará con miles de personas que en Colombia les han asesinado o les han desaparecido sus familias. Espiritualmente estoy preparado para perdonar, porque sé que no me puedo llenar de odios ni de venganzas, porque con el odio y la venganza no voy a resucitar a mi hija, y yo lo que quiero es mantener intacta la figura de mi hija. Simón Vélez dice que Jenny era una mujer demasiado linda para ser hija de un papá tan feo. (Su risa se desvanece y los ojos le brillan) Puede ser, sí, puede ser. Ella era bonita, claro. Era bonita. Yo creo que Simón Vélez exagera la nota.

Una frase que le recuerde a su hija.

A ella le gustaba mucho la figura de: «Todo cambia, nada cambia».

¿Perder una hija de forma violenta cómo cambia la manera de ver la vida?

Es que allí se presenta un absurdo, el hecho que no fue mi hija enterrándome, ni enterrando a su mamá, ni enterrando a «Monse», sino que el absurdo fue que «Monse», Marina –la mamá de ella– y yo como papá enterramos a Jenny, eso es un absurdo, y duele mucho.

¿Dolió más lo de su hija que su dolencia del corazón?

Claro, lo más duro que nosotros hemos vivido en la vida es la muerte de Jenny, sobre todo porque el día antes de su muerte «Monse» y yo habíamos estado hablando con ella, y esa niña no nos dejó hablar, estaba llena de sueños y de proyectos, y eso nos parecía muy lindo, y entonces al otro día verla muerta dolió mucho. Y porque al final mi operación a corazón abierto y mi accidente cerebrovascular son cosas de la vida. Hay un dicho popular y mi mamá me lo recordaba mucho: «Vea, mijo, no se olvide de que para estar enfermo o para morirse, se necesita estar vivo».

¿La muerte de su hija cambió alguna prioridad en su vida?

Recuerdo que cuando ella murió, yo estaba estudiando Comunicación Social, me faltaba un semestre, estaba muy triste y no quería seguir estudiando, y «Monse» y Angelita, la hermana de Jenny, me insistieron mucho que el mejor homenaje que yo podía hacerle a Jenny era terminar mis estudios, y tenían la razón. Recuerdo que ella siempre me decía: «Vea, papá, si usted algún día llega a tener un cargo de responsabilidad pública, haga bien la tarea». Y, obviamente, yo soy consciente de que una gran responsabilidad que tengo con la memoria de mi hija Jenny es hacer bien la tarea como servidor público y no cambiar.

¿Se rehúsa a cambiar?

Es que me queda muy feo cambiar. Yo por eso he dicho, por mi historia, que viví en las empresas, por mi historia como dirigente sindical, como servidor público, yo me le arrodillo a mi mamá si volviera a vivir, me le arrodillo al Señor de los cielos y al Señor de los Milagros de Buga, pero yo a un poderoso no me le arrodillo. Puede resucitar mi mamá, que fue el ser humano que yo más he querido en la vida, con el perdón de «Monse»,  y decirme: «Vea, cambie», ¡y yo no voy a cambiar! Por eso yo he dicho públicamente que defiendo, dentro de la política de derechos humanos, la dignidad.

El trompo ponedor

Angelino es un nombre muy particular. ¿A quién se le ocurrió?

El nombre es original de mi mamá, que era una vendedora de plaza de mercado. Vendía gallinas, frutas y verduras. Doña Concepción. Sí, «Conchita», como se le conocía popularmente en la galería Alameda de Cali. Ella era una persona casi analfabeta pero llena de sabiduría popular. Ella me puso Angelino en homenaje a su papá que se llamaba así. Y yo le decía al principio: «Mamá, vos de dónde te inventaste ese nombre tan feo. Nadie se llama Angelino, mamá». Luego, cuando comencé a participar en la vida estudiantil, comencé a verle las bondades del nombre porque no tenía homónimos, ni tocayos, y por lo tanto Angelino se iba volviendo como una marca.

¿Ha vuelto a conocer otro Angelino?

El último Angelino que he conocido es el muñeco Angelino. «Póngale el chupo y verá que deja de llorar», decía el eslogan. Era hasta bonito. Juan Manuel Santos Calderón, cuando era ministro de Hacienda, me regaló uno con el criterio de que yo lloraba por todo como ministro de Trabajo. Y yo le regalé una estampita del Señor de los Milagros de Buga, para que se sensibilizara por la gente, empezando por los niños y las niñas.

Sindicalista, ministro, embajador, gobernador, vicepresidente, ¿con cuál se queda de todos esos títulos?

Con Angelino ciudadano, que es el más importante.

 

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Antes de todos esos títulos, hubo unos más humildes, el de vendedor de periódicos, el cuidador de carros o el  cargador de mercados. De esos tres ¿cuál prefería de joven?

Estudiar. Yo trabajaba cuando niño porque las necesidades me obligaban a ayudarle a mi mamá y quería tener algunos recursos en el bolsillo, no era que me gustara. Trabajar significaba a veces quitarle horas al estudio, o significaba no poder hacer cosas que debían estar haciendo los niños y las niñas, como descansar en un centro deportivo, en un centro cultural.

¿Sus hermanos estudiaron?

Mis hermanos y mis hermanas casi no estudiaron, querían que yo fuera en la casa como el trompo ponedor. Querían que yo hiciera todos los oficios de la casa, y yo descubrí que estudiando me liberaba de esa pretensión de mis hermanos. Yo no tuve una relación con ellos muy fuerte. Igual, para ellos no tengo sino palabras de cariño. A mí me hubiera gustado que mis hermanos y mis hermanas hubieran logrado un título profesional. Me duele que ellos no hayan podido estudiar.

¿Viven todavía?

De mis cuatro hermanos, solamente vive una hermana, en Cali, y yo, claro, le ayudo económicamente porque es mi hermana y quiero que ella pueda tener una vejez tranquila.

Usted fue administrador del tablero mecánico del estadio Pascual Guerrero, los domingos en las tardes. No me lo imagino en esas.

Colombina, la fábrica de dulces, era la empresa responsable de la administración del tablero mecánico y, entonces, por eso me pagaban diez pesos los domingos, y si había partido internacional me pagaban quince. Eso duré haciéndolo casi un año, hasta que en 1971, con los Juegos Panamericanos, el tablero mecánico fue reemplazado por uno electrónico.

¿Nunca tuvo problemas con los marcadores de los partidos?

En un partido América-Cali, el partido iba 0-0 y ya al final, como a los cuarenta minutos del segundo tiempo, penalti a favor del América, mi equipo, y yo me precipité, y puse en el tablero: América 1-0 Cali, y ¡América botó el penalti! Y claro, usted se puede imaginar la chiflatina, con toda razón, que me pegó la hinchada del Deportivo Cali, me recordaron la mamá y todas esas cosas. Y entonces ahí recordé tarde lo que me decía mi mamá: «No pretenda ensillar un caballo que no ha comprado, no se precipite, tenga los  pies sobre la tierra». Perdí de vista ese consejo y el partido quedó 0-0.

¿Llegó a pensar en estudiar medicina como quería su mamá?

Pues no, porque yo, cuando terminé la secundaria en el colegio Académico de Buga, consideré que por las razones estrictamente económicas lo mejor era ingresar a una fábrica. De pronto no hice los esfuerzos suficientes, no sé, el hecho fue que entré a trabajar a Empresa Siderúrgica del Pacífico en Cali y mantengo esa nostalgia y esa frustración. Yo hubiera querido estudiar medicina o hubiera querido estudiar para maestro, porque considero que tanto la medicina como la enseñanza son dos profesiones muy nobles que tienen que ver con el presente y el futuro de la gente.

¿Sus estudios, entonces, llegaron hasta el colegio?

Terminé la secundaria y luego ingresé a Siderúrgica del Pacífico. Recuerdo que allí era el mejor trabajador en control de calidad, y a pesar de eso me despidieron porque me había afiliado al sindicato y porque me negué a firmar una convención colectiva que consideraba muy negativa para los derechos de los trabajadores.

La primera vez que lo «echaron del trabajo», ¿qué edad tenía?

Tenía 19 años. Y obviamente que hasta hoy me preocupa mucho que alguna gente considera que son un delito mis opiniones, y claro, yo no voy a cambiar después de viejo, yo sigo opinando que hay que proteger a la gente humilde, a la gente trabajadora. Si lo hice cuando tenía 19 años, por qué no lo voy a hacer ahora que tengo 68.

¿Como vicepresidente lo escuchan más?

Pues como vicepresidente me aguantan, porque como no fui nombrado sino elegido por voto popular, yo digo que me aguantan, claro.

El 8 de agosto es otro día

¿Cuándo decide ir a la Universidad?

Ya después de viejo. A los cincuenta fui a la Universidad Jorge Tadeo Lozano a estudiar Comunicación Social. Lo hice porque mi esposa Montserrat Muñoz y mi hija Jenny Garzón, que en paz descanse, y mi hija Ángela Sofía Garzón, me estimularon mucho a estudiar. Cuando yo fui a la Universidad ya no era dirigente sindical. En ese momento era asesor de la Corporación Viva la Ciudadanía, que es una ONG  de derechos humanos. Y, cuando terminé los estudios universitarios, el presidente Andrés Pastrana me invitó a que fuera ministro del Trabajo.

Y se posesionó de ministro, ¿con diploma o sin diploma?

Recuerdo que yo me posesioné como ministro del Trabajo el 18 de julio, y me gradué como comunicador social el 27 de julio del año 2000, o sea, nueve días después de estar como ministro.

¿Cómo fue su nombramiento como ministro del Trabajo?

Para el doctor Andrés Pastrana no tengo sino palabras de agradecimiento y de reconocimiento, porque se fijó en mí y yo no había votado por él, yo había votado por Ernesto Samper. Recuerdo que le dije en vivo y en directo: «Vea, Presidente, es que yo no voté por usted», y me dijo «Yo sé que usted no votó por mí, pero va a haber otro ministro del despacho que tampoco votó por mí”. Luego me di cuenta de que había sido Juan Manuel Santos, que fue ministro de Hacienda de Andrés Pastrana.

¿Lo primero que hizo como ministro?

Lo primero que dije fue: «Mientras yo sea ministro del Trabajo no ilegalizaré ninguna huelga o paro», no porque quisiera estar a la moda, sino porque no quería causar el daño que había vivido cuando fui dirigente sindical, cuando una huelga o un paro nos lo declaraban ilegal.

Y por Álvaro Uribe, que lo nombra embajador, ¿sí votó por él?

Yo tampoco voté por Álvaro Uribe, yo voté, en la primera elección cuando Álvaro Uribe fue presidente, por Luis Eduardo Garzón, el candidato del Polo Democrático, y en la segunda elección, en el año 2006, yo era gobernador del Valle del Cauca, y voté por Carlos Gaviria. Como gobernador del Valle del Cauca le decía al presidente Álvaro Uribe: «Yo no voy a votar por usted, Presidente. Voy a votar por Carlos Gaviria», y él se reía. Y una vez terminé mi gobernación en el Valle del Cauca, en diciembre de 2007, él tomó la decisión en octubre de 2008 de nombrarme embajador de Colombia ante el sistema de Naciones Unidas y la OIT en Ginebra, Suiza, que fue de enero de 2009 a marzo de 2010.

Y para la Vicepresidencia, ¿qué pasó?

Yo vine a conversar con Juan Manuel Santos el 7 de marzo de 2010, para convencerlo de que su mejor fórmula vicepresidencial no era yo, sino Carlos Rodado Noriega, que en ese momento era embajador de Colombia en España, era un destacado líder del partido Conservador. No me hizo caso. Las elecciones fueron el 30 de mayo, sacamos 6 880 000 votos, o sea el 48,8 % en la primera vuelta. No ganamos, pero sacamos 6 880 000 votos. El 30 de mayo y el 20 de junio yo voté por Juan Manuel Santos y voté por Angelino Garzó, ¡ni loco que estuviera iba a votar en contra!

¡Tan diferentes ustedes dos!

Somos diferentes, tenemos orígenes políticos y sociales diferentes. Pero es que en Colombia a veces no respetamos en la democracia el ser diferentes, quieren que seamos iguales, pero ni Santos me pidió a mí que yo fuera igual a Santos, ni yo le pedí a Santos que fuera igual a Angelino, ni mucho menos.

¿Hay algo en que coincidan?

Sí, yo creo que coincidimos mucho en el propósito de la paz, y yo creo que Juan Manuel Santos es un hombre valiente porque busca la paz. La paz es fundamental para un país mejor. Yo creo que aquí lo más revolucionario que puede hacer la guerrilla, tanto las FARC como el ELN, es firmar el acuerdo de paz.

En su discurso muy personal siempre ha dicho «No olvido de dónde vengo».  Descríbame el lugar humilde de donde viene.

No quisiera que ningún niño o niña de Colombia tuviera que vivir esa situación.

Pero, ¿qué ve?

¿Qué veo? Yo a veces quería tener un papá, que no tuve. Veía que teníamos muchas privaciones. Para ver un televisor en blanco y negro tenía que pasarme a la casa de los vecinos;  estoy hablando de la década de los cincuenta. Me gustaba ver las finales de las vueltas a Colombia en bicicleta, ver a Ramón Hoyos, cómo subía. En mi familia, creo que yo fui el primero que compró un televisor, una nevera y una estufa eléctrica.

¿Nunca conoció a su papá? ¿Nunca apareció?

No, es que mi mamá decía que mi papá había muerto cuando yo tenía seis meses, entonces claro, yo tenía que partir de lo que me decía mi mamá, y lo único que decía era: «¡Qué lastima no tener papá!».

Y esa versión de su mamá nunca cambió, siempre se mantuvo.

Nunca cambió, siempre se mantuvo.

¿Pero usted cree que era cierto?

Yo creo que ella me decía la verdad, a mi mamá no le gustaba decir mentiras, ella decía: «Uno siempre tiene que morir con la verdad en la boca». Decía: «Es de buen recibo, es de buen amigo decir la verdad».

Angelino Garzon,Jenny Garzon y Angela Garzon

Angelino junto a sus hijas Jenny y Ángela Garzón.

¿Pero había una tumba de su papá?

Ella nunca me mostró la tumba, decía que había muerto muy lejos de Cali, que por allá en el Tolima, y pues no estaba en mi agenda estar buscando la tumba de mi papá, porque uno no puede vivir en el pasado.

Ayer un muchacho humilde, hoy vicepresidente de Colombia.  

Mi mamá siempre decía: «Hay que evitar subir como palma y bajar como coco». En la vida es más difícil subir que bajar, por lo tanto, uno tiene que subir con metodología y bajar con cuidado para no caerse como los cocos.

¿Se va a bajar con cuidado de la vicepresidencia?

Pues es que el 7 de agosto del 2014 yo ya no seré Vicepresidente de la República, ni yo voy a vivir con ese título porque el título de exvicepresidente no da para vivir. Yo soy consciente de que el día 8 de agosto es otro día, como dice la canción de Chico Buarque. Soy plenamente consciente de que si el Dios de los cielos y el Señor de los Milagros de Buga me dan vida y salud, el 14 de mayo del año 2015, ni un día más ni un día menos, diré públicamente si soy candidato a la alcaldía de Cali, a la alcaldía de Bogotá o no soy candidato a nada, que es el anhelo de mi esposa. Ella lo que más quiere es que yo no sea candidato a nada.

Angelino, ¿a veces no añora la vida simple del niño de pueblo?

A mí me gustaba mucho Buga como era cuando yo fui estudiante. Pero son cosas del pasado, como le digo, si ahora me pongo a añorar el pasado pues de pronto quisiera tener quince años.

Un mal de su juventud que se curó con los años.

He ido aprendiendo que hay que dialogar más, que hay que escuchar más, que uno tiene que construir acuerdos, que uno tiene que evitar el «yo con yo». Con los años aprendí que uno tiene que estar rodeado de gente que sepa más que uno. Tiene que ver mucho con mi vida autodidacta y es que yo aprendí escuchando, y escuchando de gente que sabe más.

¿De qué le han servido los dichos populares con que lo educó su mamá? Claro que me sirven mucho. Uno puede gobernar bien con los dichos populares, con los diez mandamientos y con la doctrina social de la iglesia.  Por ejemplo, mi mamá siempre me enseñó a ser agradecido. Mi mama decía que el ser humano no puede ser malagradecido con todo el que le ha ayudado, porque el malagradecido, decía ella, es ante todo un desleal, un traidor. Hay un dicho popular español que dice: «Es de malnacido ser malagradecido».

En qué le ha ido mejor: ¿en la política o el amor?

Es que yo no soy buen político, no pertenezco a ningún partido político, y en el amor he tratado de ser constante, no soy picaflor, como se dice.

¿Cuántos matrimonios lleva?

Dos. Mi primera esposa, Luz Marina,  egresada de la Universidad del Valle, una profesora de física pura y pensionada de la Universidad Nacional. Ese matrimonio duró muy poco, como cuatro o cinco años. Con ella tuve las dos hijas: Jenny Varinia y Ángela Sofía, que está en la Dirección Nacional Liberal y que es filósofa de la Universidad Nacional.

Y con su actual esposa, ¿cuánto lleva?

Con «Monse», desde 1981, imagínese. Llevamos más de treinta años.

Su gran consejera es su esposa, Montserrat. Cuénteme la última consulta, la más reciente. ¿Sobre qué fue? ¿En qué campo?

Fue cuando tomé la decisión de no aceptar ser embajador en Brasil, y entonces ella respaldó que teníamos unas razones personales y familiares para no aceptar, esa fue la consulta más reciente. Yo pienso comentarlas en algún momento.

Sería bueno, para que no cargue con toda la culpa el pobre perro por no soportar el calor carioca.

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Lo de Orión es un chiste. Él es un animal, él no puede hablar. Por eso mi recomendación a los seres humanos es que uno nunca debe pelear con un animal, ni pelear con un muerto, ni pelear con una persona que está enferma, o pelear con una persona que está privada de la libertad, ni mucho menos.

¿Cuánto lleva Orión con usted?

Orión llegó a la casa en junio de 2011. Es pastor alemán, hijo de una pastora alemán belga de la línea del trabajo, y de un pastor alemán argentino de la línea de la belleza. Es una mezcla buena, es un perro muy leal, es un perro muy amigable y es un perro que protege mucho a los perros chiquitos y a los niños y a las niñas. Siempre hemos tenido perro.

¿Aún no ha decidido su voto para presidente?

Pues yo le puedo adelantar que el día 25 de mayo voy a votar en Colombia. Y si hay segunda vuelta, también voy a votar, pero tengo limitantes constitucionales. Es que por más vicepresidente que sea, tengo que respetar la ley y la Constitución. En el momento en que yo cante el voto, el Procurador me investiga y me sanciona y me puede sancionar por diez o quince años, y me puede inhabilitar por quince o veinte, y entonces estaría haciendo mal negocio.

Angelino, ¿dejó de ser pobre?

Recordando al Angelino de Buga, claro. Yo hoy tengo derecho a una pensión, el 8 de agosto vuelvo y la recupero, mi esposa tiene una pensión, o sea, tenemos un ingreso fijo, tenemos una vivienda, pero el problema es que hoy nosotros tenemos unas condiciones que no deberían ser un privilegio de Angelino ni de «Monse», sino el derecho de toda persona que tenga más de 65 años a vivir decentemente.

¿Cuál es el privilegio de su pensión?

El privilegio de mi pensión es que me permite un ingreso. Yo he trabajado por más de 35 años, he sido constituyente, ministro del Trabajo, gobernador, embajador y vicepresidente de la República, y mi pensión es de 6 500 000 pesos, o sea, no es una cosa del otro mundo.

Finalmente, ¿el poder para qué?

El poder es muy importante, siempre y cuando se haga para beneficiar a los seres humanos. Gobernar no tiene sentido si no es para eso.

 

Fotógrafo: Juan Arellano Asistente fotografía: Andrés Rodríguez Agradecimiento: Oficina de Prensa Vicepresidencia/Suliban Melo

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